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| 5/9/1994 12:00:00 AM

SABATO, EN EL TUNEL

Desde que el Nobel español Camilo José Cela denunció que Ernesto Sabato se estaba muriendo de hambre, muchas especulaciones se han tejido al respecto. El escritor argentino expuso a SEMANA su situación real.

SABATO, EN EL TUNEL SABATO, EN EL TUNEL
LA NOTICIA ESTABA LLEGANDO A EXtremos preocupantes. Desde principios de año, la prensa había empezado a llenar cuartillas acerca del precario estado económico de Ernesto Sabato. En resumen, todos concluían que el escritor argentino, uno de los grandes autores del continente, estaba muriéndose de hambre, junto con su esposa Matilde.
La alarma la dio el escritor espanol Camilo José Cela, desde una columna del diario ABC, de Madrid, de febrero de este año, en la que -entre otras cosas- reconocía que estaba profundamente indignado por la calamidad, y ofrecía públicamente a Sabato y a su mujer, "una cama, un plato de comida, una biblioteca, una buena paca de cuartillas y el respeto que se merece", en la Universidad de Santiago de Compostela. Los rumores sobre la crisis económica del autor de El Túnel se vieron acentuados por el enfrentamiento que desde hace años tiene con el presidente argentino, Carlos Menem, que alcanzó su punto máximo hace dos meses. Ante las fuertes críticas a su gobierno, efectuadas por Sabato a fines de 1993, Menem le dijo a la radio que no le admitía al escritor sus promoniciones sobre el apocalipsis de Argentina. "Tengo entendido que él es comunista -agregó-, cuando el comunismo es una historia triste y lamentable".
A partir de este episodio, las especulaciones crecieron hasta tal punto que se llegó a afirmar que el propio Menem le había negado a Sabato una pensión a la que tenía derecho gracias a un premio otorgado por la alcaldía de Buenos Aires. En distintos países suramericanos, entre ellos Colombia, no sólo se habló de su crisis económica sino también de su deterioro físico y mental. Algunos aseguraban que estaba ciego; otros, que casi no hablaba y que la novela que estaba por terminar, en realidad no existía.
Había algo de verdad en todo esto, pero con asomos de exageración, pues mientras el mundo debate su suerte, Ernesto Sabato continúa dialogando con los fantasmas que fueron la fuente de su creación, en su humilde casa de Santos Lugares, un pequeño suburbio de Buenos Aires. Ajeno a los afanes monetaristas, porque no escribe por dinero sino para sentirse vivo, el Sabato actual se dedica a pintar, a contestar la numerosa correspondencia que recibe diariamente y a cuidar a su esposa Matilde, agobiada por una penosa enfetmedad desde hace años. Todo puede decirse de él, menos que ha perdido su lucidez.
"Sobre mi ceguera puede que tengan razón -dice Sabato a SEMANA-. Desde que sufrí el derrame del humor vítreo, en 1979, mi visión ha disminuido mucho. Me cuesta mucho trabajo escribir. Mi memoria digital sólo me permite dar respuesta a las cartas y redondear ese testamento espiritual que han confundido con una novela, pero que en realidad son unas pequeñas memorias que no ocuparán más de 50 páginas".
Sabato escribe alrededor de 15 cartas diarias. "No pertenezco a esa raza de intelectuales que no recibe a nadie. Si un chico me pide ayuda, lo mínimo que puedo hacer es dársela". De resto, pinta. Pinta sobre todo visiones oníricas o, por lo menos, todo lo que intente diferenciarse del realismo, "tan horrible que no vale la pena imitarlo". Su obra ha sido expuesta en el museo Pompidour, de París, y recientemente en Madrid.
En verdad, Ernesto Sabato sigue siendo el mismo descorazonado por la creciente destrucción de la humanidad, aquel que no concibe que los niños se sigan muriendo de hambre, que lucha porque la injusticia social sea por lo menos inferior. Si bien su situación económica está muy por debajo de la de muchos colegas, su humildad y su férreo carácter moral hacen muy difícil que solicite ayuda. "Sólo por no someterse a trámites burocráticos -dice su editor en Argentina, Guillermo Chavelson-, Sabato se demoró 15 años en comenzar a cobrar la pensión vitalicia que le otorgó la municipalidad de Buenos Aires".
Sobrellevar la enfermedad de Matilde, quien lo ha acompañado por más de 60 años, le significa pagar diariamente el trabajo de cinco personas en casa, entre sicólogos, enfermeras y médicos. "Es un problema estrictamente personal -dice Sabato-. Ver a Matilde mal me pone mal. En la medida en que las circunstancias económicas me impiden ayudarla, pues se acrecienta mi agobio".
Mientras tanto, la idea de aceptar la invitación de Cela está lejana. "Cela es un buen tipo -afirma-, pero dice cada cosa... He sabido que está indignado porque no he ganado el premio Nobel; pero si no lo ganaron Kafka, Joyce ni Proust, me darìa hasta verguenza obtenerlo". No obstante su posición frente al premio, a los 82 años Sabato deja escapar con ironía algo de su situación actual, que de alguna manera reafirma lo que todos dicen: "... Claro, ese dinerillo no me caerìa nada mal". Una frase que hace 10 años no se le habría pasado por la mente.

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