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| 5/18/2002 12:00:00 AM

Samsara

Esta puesta en escena de los sufrimientos de un hombre, nos acerca a los monjes tibetanos.

Director: Pan Nalin
Protagonistas: Shawn Ku, Christy Chung, Neelesha BaVora, Lhakpa Tsering, Tenzin Tashi, Jamayan Jinpa

Los primeros cuadros de Samsara nos ponen de pies sobre la tierra: nos advierten que esos paisajes intactos, que esperan y esperan en el silencio de los Himalaya, van a ser el escenario de una búsqueda amarga y dolorosa. La caravana de monjes tibetanos que cruza las montañas pretende avisarle a Tashi, el aprendiz de lama que protagoniza esta maravillosa fábula sin respuestas, que los tres años de meditación solitaria por fin han terminado y que ahora puede continuar su viaje hacia el presente. No, nadie habla más de la cuenta en aquellas secuencias iniciales: las palabras contradirían el sentido de este relato ejemplar y arruinarían la belleza de unas imágenes que al parecer han llegado hasta la cámara de Pan Nalin, el director, como la iluminación de los budistas llega a quien se encuentra dispuesto a recibirla.

La palabra que le da el título a la película, Samsara, designa al mundo que se experimenta y se habita a través del incesante deseo del ego. Y es útil saberlo de antemano porque, como todos los hombres que siguen al pie de la letra "las cuatro nobles verdades" que alguna vez pronunció Buda (y que podríamos resumir de la siguiente manera: "En el mundo del ego existe el sufrimiento", "la causa del sufrimiento son los propios deseos", "el sufrimiento se evita si se evitan los deseos" y "se debe percibir, aspirar, hablar, actuar, trabajar, luchar, pensar y meditar correctamente"), el personaje central del drama que ahora nos ocupa, Tashi, le dedicará todas sus energías de esta vida, sin mayor fortuna, a trascender el ciclo de los renacimientos y las muertes, a superar los obstáculos que le impiden escapar de la prisión sin fin de la existencia. Cuando la caravana de monjes lo conduzca de nuevo al monasterio, y él descubra en su soledad que su cuerpo necesita entrar en contacto con el de una mujer llamada Pema, comenzará a alejarse del pensamiento absoluto (que es vacuidad, tranquilidad, claridad, cotidianidad, inconsciencia y sabiduría a un mismo tiempo) y en cambio se dejará arrastrar por todas las pasiones conocidas.

Samsara llega a preguntarse, sin perder el respeto por la experiencia de Siddharta, el Buda, si es correcto dedicarle toda nuestra vida a trascender y si hay un lugar para los demás -los padres, la esposa, los hijos- en el esquema general de la renuncia, pero es, sobre todo, una inmejorable puesta en escena de los sufrimientos de Tashi. Las escenas de sexo, a diferencia de las que pueden verse en la gran mayoría de las películas, resultan completamente necesarias: son batallas perdidas en la conquista del silencio. Y nos recuerdan, de paso, que el mejor cine tiene algo de experiencia religiosa y no puede traducirse al lenguaje verbal. Confiar en las palabras, suponer que no son simples convenciones, es el comienzo de nuestras desgracias: eso responden, cuando se les pregunta por el sufrimiento, las caravanas de monjes tibetanos.

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