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| 4/1/2006 12:00:00 AM

Samuel Beckett

Una biografía que recuerda al gran dramaturgo irlandés en el centenario de su nacimiento.

Samuel Beckett, Edición 1248, Sección Cultura Esta biografía concisa, amena y rigurosa cae como anillo al dedo en el centenario del nacimiento de Beckett
Joe Broderick
Samuel Beckett
Panamericana, 2005
180 páginas

En enero de 1953, en un pequeño teatro de París, se estrenó Esperando a Godot. Era la primera obra de teatro de Samuel Beckett, un escritor irlandés de 47 años totalmente desconocido. Hasta ese día, el impacto de la presentación fue enorme y los críticos dijeron que no había ocurrido nada tan llamativo en el teatro desde el montaje en 1923 de Seis personajes en busca de autor, de Luigi Pirandello.

Esperando a Godot trata sobre dos hombres pobres y mal vestidos -Vladimir y Estragón- que en un desolado paraje nocturno esperan, aburridos, a un tal Godot. Como el señor Godot no llega, y parece que nunca va a llegar, ellos se dedican a conversar. Hacen juegos, recuerdan, cuentan viejos chistes. Y así, hablando, este par de personajes arman un espectáculo entretenido en el que no ocurre nada. No es una representación de la realidad: sólo dos actores que fingen una representación de la realidad. Su tema no es la esperanza sino la negación de la esperanza. Dice Joe Broderick: "¿Cómo explicar el éxito tan inmediato y general que tuvo 'Esperando a Godot'? Su impacto se debió, tal vez, al espíritu de incredulidad que se apoderó de la gente en todas partes después de haber pasado por dos guerras mundiales. Sus valores y sus expectativas se pusieron patas arriba. Ya nada era seguro".

Este era apenas el comienzo de una serie de piezas que cambiarían el rumbo del teatro en el siglo XX: Fin de partida, La última cinta de Krapp, Cómo es. Fin de partida es considerada por muchos su obra maestra. Para Harold Bloom, desde entonces no se ha producido nada en la literatura que rivalice con ella en originalidad. Durante la década de los 50, el nombre de Beckett se empezó a oír en todas partes y a asociar con las imágenes de viejas botas, tarros de basura, bicicletas desvencijadas, piernas amputadas y héroes decrépitos e inmovilizados. Se hicieron famosos el humor negro de sus diálogos y la austeridad de su prosa. Había creado un mundo propio en el que lo absurdo y la falta de sentido eran el fundamento. Godot no llega nunca, Hamm -el personaje de Fin de partida- se protege en su búnker contra la devastación total de afuera. La gente se ríe, pero el asunto es muy serio: "No hay nada tan cómico como la infelicidad". Su prestigio siguió en aumento y en 1969 empezó a correr el rumor de que la Academia Sueca estaba considerando su nombre para el Nobel. Entonces, junto con su esposa Suzanne, viajó a Túnez para escapar de lo que consideraba un infortunio que pondría fin a su tranquilidad para crear. Por eso, cuando un telegrama le confirmó la noticia, sólo atinó a decir: "¡Qué catástrofe!".

Esa frase, que no es provocadora ni soberbia, lo define muy bien. A Beckett la fama lo tenía sin cuidado. Le interesaba más perfeccionar su arte, llevar una vida austera y ayudar a los demás. Hasta su muerte, a los 86 años, siguió escribiendo y dirigiendo; no asistió a la ceremonia del Nobel y el dinero recibido lo repartió entre la biblioteca de Trinity Collage de Dublín y donaciones anónimas a actores en malas condiciones económicas. Durante la ocupación nazi en Francia, colaboró activamente en la resistencia. Quienes lo conocieron hablan de él como un hombre de una calidad humana excepcional, siempre dispuesto a hablar de su arte con los jóvenes y con la gente de su oficio. "En septiembre de 1989, recibió a Rolf Abderhalden, un joven colombiano de origen suizo, quien dirigía una incipiente compañía de teatro en Bogotá y estaba preparando un homenaje a Beckett a partir de pasajes tomados de sus obras". Con los periodistas, en cambio, fue huraño y receloso.

La evolución y la importancia de su obra, entrelazada con su vida y con su época, es lo que muestra esta biografía de Joe Broderick que no pretende ser original -él reconoce su deuda con sus grandes biógrafos, Deirdre Bair y James Knowlson-, pero que se ajusta perfectamente al espíritu de las biografías de esta colección: amenidad, brevedad y rigor. Viene muy bien recordar a Beckett en el centenario de su nacimiento.

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