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Santiago Parra, el artista que pinta por instinto

El artista, que pinta de forma automática e instintiva, inaugura su exposición en la galería Sextante. Sus obras empiezan a tener gran acogida el el mercado.


Descubrió a los surrealistas en el colegio, cuando tenía 15 años. Lo impresionó, sobre todo, la idea del automatismo, un concepto del escritor francés André Bretón según el cual cualquier tipo de arte puede surgir gracias a un proceso carente de control racional, retoque y planeación.

Durante esa misma época, y en medio de un problema personal, Santiago Parra hizo su primera pintura: agarró un papel en blanco y sin pensar en nada concreto (aparte de su frustración) dibujó algunos trazos con el pincel. La cosa, sin embargo, quedó ahí.

Años después, cuando estudiaba arte en la Universidad de los Andes, retomó el tema. Estaba algo cansado de la academia –tenía discrepancias conceptuales con el currículo del programa– y llegó a un acuerdo con sus papás, dueños de la galería Sextante y del Taller Arte Dos Gráfico, de Bogotá: se retiraría de la carrera, ellos le darían el dinero que hubieran gastado durante tres meses de matrícula para comprar materiales y él se dedicaría en ese mismo periodo a trabajar en sus propias obras, a ver si surgía algo que valiera la pena.

Volvió a utilizar el mismo método de su adolescencia y cuando se cumplió el plazo, le entregó a su papá, Luis Ángel Parra, una obra de su autoría. Este la colgó en la galería y una semana después la vendió.

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Nueve años más tarde, ya ha participado en ferias y exhibiciones grupales en Miami, Nueva York, Lima, Madrid, Londres, Bruselas, Ciudad de México, Buenos Aires y São Paulo, y ha tenido exposiciones individuales en Santiago de Chile, Lisboa y Bogotá. Su obra, además, se mueve muy bien entre los grandes coleccionistas del mercado. Desde el pasado jueves, de hecho, está presentando en la galería Sextante tres obras de gran tamaño comisionadas por Jorge M. Pérez, un multimillonario empresario estadounidense que también es el mayor coleccionista de arte en Miami. Tanto que su apellido le da nombre al museo de arte moderno y contemporáneo de esa ciudad: Perez Art Museum.

El trabajo de Parra, además, tiene identidad: grandes lienzos blancos, con un solo trazo negro, continuo y ancho, que deja una forma abstracta. Para pintarlos no solo fabrica sus propios pinceles –con cola de caballo y cabos largos–, sino que ha desarrollado un método que lo acerca al automatismo que le impresionó cuando pequeño: se para frente al lienzo y solo cuando vacía completamente su mente y siente la energía de pintar, lo hace. Siempre con un solo trazo, nunca levanta el pincel hasta que acaba la obra. Incluso muchas veces, luego de terminar, desecha trabajos porque siente que no logró comunicar o detiene el proceso a la mitad porque no está lo suficientemente concentrado o no tiene la mente en blanco.

“Es un momento muy intenso –cuenta–. Yo como que me salgo de mí, es un trance, algo muy impresionante que requiere mucha energía mental y física porque maniobrar el pincel en la tela es duro”. De hecho, antes de pintar una de las obras comisionadas por Pérez, que mide 2,86 metros de largo por 4 metros de ancho, el lienzo en blanco estuvo en su taller durante un año, pues no se atrevía a comenzar. “Eso no se puede falsear, usted no puede mentir. Lo que sale de ahí debe ser lo más puro y verdadero”, dice Parra, de 32 años.

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Lograr eso le ha costado momentos de sufrimiento. Muchas veces, sobre todo durante los primeros años de su carrera, intentó pintar bajo presión, para alcanzar a llegar a las ferias, pero no funcionó. Hoy sabe que no puede hacerlo por obligación ni forzar su proceso creativo. Para sacar adelante las tres obras comisionadas por Pérez, por ejemplo, tardó dos años. Además, desistió de usar colores diferentes al negro para los trazos porque siente que el resultado es una especie de lenguaje, un enunciado que el espectador va a interpretar a su manera, y que un color lo puede limitar. Por eso mismo, no titula sus obras, pues piensa que eso le daría una interpretación arbitraria a una pintura abstracta.

El resultado gusta. Las obras no solo se venden bien en el mercado y se mueven en las ferias, sino que han recibido elogios de artistas como Gustavo Zalamea Traba, uno de los grandes del siglo XX en Colombia. “Parece que el lienzo fuera, para Santiago Parra, un lugar de purificación y regeneración –escribió Zalamea antes de morir–. Un territorio fuerte y propicio para el gesto pictórico cargado de materia y lleno de energía, despojado de cualquier elemento distractor. Como si la pintura se concentrara en sí misma, ajena a preocupaciones externas, desprendiéndose libremente del fondo que la contiene”.

Sus tres últimas obras, que actualmente están en una exposición llamada Monumental –por el tamaño de los lienzos–, se podrán ver hasta el 13 de noviembre en la galería Sextante. Dos días después inaugurará una exposición en la galería JD Mallat, de Londres, con el nombre Raising actions (Acción en aumento, en español), y a los tres meses estará en Zona Maco, la feria de arte más importante de México. Actualmente, además, está en conversaciones para una exposición individual en Chicago a finales del próximo año.

Pero más allá del éxito que su obra puede llegar a tener en el mercado, Parra sigue usando sus lienzos como una forma de expresar lo que tiene guardado en lo más recóndito de su mente y de su corazón, muy metido en el subconsciente, eso que difícilmente puede expresar con palabras.