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| 7/10/1995 12:00:00 AM

SECRETOS DE ESTUDIO

La Biblioteca Luis Angel Arango, de Bogotá, reúne en una exposición 139 dibujos que el artista Luis Caballero guardaba desde hace años en París.

SECRETOS DE ESTUDIO SECRETOS DE ESTUDIO
HACE CUATRO AÑOS, DURANTED UN reportaje sobre la famosa obra de gran formato que en ese momento estaba dibujando Luis Caballero en la galería Garcés Velásquez, de Bogotá, el periodista Fernando Quirós le propuso al maestro: "Por qué no se deja tomar una foto desnudo, frente a su cuadro...". La pregunta no sorprendió a Caballero, a quien hace rato lo dejaron de sorprender muchas cosas. "No tengo el menor pudor en hacerlo -le dijo-. Lo que pasa es que no tiene sentido que yo, que me he pasado la vida intentando dibujar un cuerpo perfecto, ahora aparezca mostrando el mío".
Alrededor de 30 años de su vida los ha dedicado Caballero a lograr ese objetivo: más que acercarse a la forma física de los cuerpos, encontrarles su naturaleza, sus emociones, en últimas el espíritu que los hace vivir por sí solos en el lienzo o en el papel. Y así ha llegado a pintarlos con tanta energía y vitalidad, que no hace falta saber más de ellos para descubrir que llevan toda la carga emocional que puede ofrecer un ser humano. Sus cuerpos no tienen comparación con los de ningún otro artista colombiano.
Tal y como lo anota Camilo Calderón, en el ensayo que acompaña el catálogo de la exposición de Luis Caballero que se inaugura esta semana en la Biblioteca Luis Angel Arango, de Bogotá, la idea no fue nunca representar la figura humana. Tal vez para eso nació la fotografía. Su obsesión fue presentar un ser humano, "hacer esa persona que quisiera tener y no tengo", en palabras del artista bogotano. Esa obsesión lo ha acompañado desde los tiempos de su infancia, cuando veía que Antonio, su hermano era -por decirlo de alguna manera- más diestro en el dibujo. "Yo quería pintar mejor que él -opinó en una entrevista- y por eso terminé pintando toda la vida".
Y así lo a hecho, casi a manera de confesión íntima con el espectador, una confesión que quedó en evidencia hace cuatro años, en la retrospectiva que presentó en el mismo recinto del Banco de la República. En esa ocasión fueron 137 obras, ubicadas cronológicamente para que el espectador pudiera sentir los cambios de rumbo y sus caminos definitivos. En contraste, la exposición de este año es quizás más confidencial. Se trata de los dibujos que Luis Caballero guardaba en su estudio de París, ciudad donde decidió vivir hace un cuarto de siglo. Son 139 dibujos de pequeño, mediano y gran formato, la mayoría de ellos desconocidos en Colombia hasta el momento.
De esta manera, el público podrá tener en frente facetas poco frecuentadas por el artista en su obra general, como lo son, por ejemplo, sus retratos a lapiz o sus variaciones de actitudes de su modelo Pierre. algunas veces durmiendo, otras apoyado sobre el codo en la cama leyendo, otras con los brazos cruzados o en actitud de simple pereza. Muchos de estos dibujos son sencillos bocetos, trazos que anuncian un desarrollo posterior. Otros están enteramente terminados y dispuestos al ojo del espectador, luego de haber reposado en su estudio por años.
Singular atención merecen sus autorretratos, rostros descompuestos por la violencia del gesto, esa violencia que permanece en el límite impreciso entre un gesto de dolor o de placer y entre los cuales el único que puede encontrar la respuesta real es el espectador. Junto a ellos aparece, por supuesto, los contorneados cuerpos en plena efervescencia, dramatizados por la eternidad del momento emocional que representan y que no necesitan mostrar sus caras para hablar.
Caballero, en fin, ha desnudado la intimidad de su estudio y con ella toda la carga emocional que sus dibujos han ofrecido a lo largo de su trayectoria artística. Hace algún tiempo, el maestro confesó que deseaba llegar al día en que en vez de pintar héroes, pintara personas, que era lo que en realidad le interesaba, gran paradoja si se tiene en cuenta que sus cuerpos, mientras más próximos a la persona, son más héroes... como en la vida misma. Por lo menos eso es lo que ha hecho con sus dibujos, hablar del hombre desde sí mismo, desplegando en hojas de papel bien sea con lápiz, carboncillo, sanguina u óleo el drama eterno e inevitable que significa ser humano. Tal vez por eso no se dejó fotografiar desnudo, porque el hombre real no es el que se ve sino el que, luego de haber apartado todas las máscaras que ocultan su honestidad, se dibuja.-

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