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| 4/24/1989 12:00:00 AM

SIN ALIENTO

Un paso en falso con el montaje de "La importancia de llamarse Ernesto" en el TPB.

SIN ALIENTO SIN ALIENTO
Aunque su tono ligero parezca desmentirlo, el de Oscar Wilde es un teatro de ideas. Sus comedias brillantes, bajo la apariencia de una exquisita frivolidad, encierran toda una filosofía de la vida. Wilde hizo de la paradoja la forma ideal de enunciar la verdad y le dio estilo al valor supremo del arte. Sus obras es tán repletas de verdades, pero también de artificio. Jamás intentó ser "realista" y mucho menos costumbrista. Y, sin embargo, su teatro se representa como si fuera puramente realista. Es un error. Porque los personajes de Wilde son tan improbables en la vida real como las situaciones en las cuales se ven comprometidos.
¿Cómo representar entonces a Wilde?, es una pregunta que el director que se arriesgue a hacerla deberá plantearse una y mil veces. Cómo no representarlo se sabe. Al menos se tiene un palpable y lamentable ejemplo en el atroz montaje perpetrado por el grupo Actores de Colombia en el TPB. Para decirlo en pocas palabras: aquello no es Oscar Wilde. El texto es el texto, no hay duda, línea por línea. Pero la obra no es la obra.
Y es que las obras poseen un espíritu -la letra mata, el espíritu vivifica, dicen-, y ese espíritu está completamente ausente en el montaje practicado en el TPB. Resulta tan lamentable ver representada allí la obra "La importancia de llamarse Ernesto", que al término de la función no se sabe si reír o llorar. Ahí se da la medida exacta del incurable provincianismo, la ignorancia absoluta, la aventura artístíca fracasada y la inconciencia con la cual se destruye una obra brillante, de un autor del que el director y sus actores parecen ignorarlo todo. Y es que el director William Márquez no ha comprendido ni una sola palabra de Oscar Wilde, ni de su época, ni mucho menos de su filosofía estética.
En la noche de estreno todo era entusíasmo y sonrisas. Y en esos minutos, siempre emocionantes, que preceden al momento en el cual se levanta el telón, reina en la sala una suerte de excitada expectación estética. Entonces se piensa en la audacia que significa poner en la escena en Colombia, una obra de Oscar Wilde, y se espera encontrar las dificultades inteligentemente superadas en semejante riesgo, suponiendo que allí la atmósfera rezumaría inteligencia, elegancia, esnobismos, buen gusto. Es que la atmósfera del teatro de Oscar Wilde había que comprenderla y recrearla a través de los medíos escénicos más adecuados, que no son precisamente los pobres elementos que se nos presenta en la escena del TPB. Los actores, es cierto, vísten sus disfraces, pero no pueden olvidar jamás que son puro disfraz; tienen a lo largo de la obra una actitud de marionetas verdaderamente lamentable. Se han aprendido precariamente sus diálogos y mecánicamente los repiten, casi sin comprender su sentido, de donde resulta esa voz sín alma y esa forma atropellada de pelele sobre la escena.

Con el cartón barato de la escenografía, el horrible mobiliario y la utilería fuera de toda consideración, se pretende recrear los elegantes salones y los bellos jardines wildeanos de fin de siglo, pero el resultado es la más lamentable estética de sainete. -

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