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| 9/1/1986 12:00:00 AM

SPIELBERG PURPURA

En su última película, el creador de monstruos y fantasías se interesa en seres humanos

SPIELBERG PURPURA SPIELBERG PURPURA
Están todos sentados a la mesa. Celie (Whoppie Goldberg), su marido a quien llaman Mr., el suegro, Harpo (hijo del marido), su ex mujer Sophie, una cantante llamada Shug Avery y su amante, además de varios niños. Durante cerca de dos horas el espectador ha presenciada cómo esta mujer negra, fea, pequeña, insignificante y humillada, ha sido insultada y violada porque nunca había tenido la oportunidad de descubrirse a sí misma, de mirarse en el espejo y mirar más allá de los ojos saltones y los dientes grandes. Entonces se produce la escena que algunos consideran el más emocionante momento cinematográfico dentro de la irreversible emancipacion de la mujer en todo el mundo: Celie, apoyada por Shug, anuncia que se marcha, que se cansó de tantas humillaciones, que todo puede irse al infierno y cuando el marido intenta chantajearla, enfurecida, de un salto le coloca un cuchillo en la garganta, dispuesta a hundirselo y acabar con todo. Finalizan muchos años de verguenza, sadismo, violencia e intolerancia. Celie es libre.
Es "El color púrpura", una estupenda novela escrita por la norteamericana Alice Walker, también negra, ganadora del Pulitzer con esta saga de una familia que presencia la separación de dos hermanas durante más de treinta años, las tragedias cotidianas, los dramas sentimentales y sexuales que se van incubando mientras el personaje principal, esa muchacha a quien el presunto padre viola varias veces y le hace dos hijos que perderá enseguida, reconstruye todas sus penas, todas sus alegrías por medio de una serie de cartas que escribe a Dios en medio de golpes y lágrimas: las feministas norteamericanas han tomado esta novela (publicada en castellano por Plaza & Janés), como un símbolo de su lucha cotidiana y la misma Walker ha entendido que con este libro ha logrado algo más que la tragedia de una mujer esclavizada: ha resumido la situación de millones de Celies de todos los colores.
Steven Spielberg, el mismo mago que durante los últimos quince años se ha dedicado a la construcción de monstruos, fantasías, encantamientos y aventuras llenas de muñecos y recursos técnicos sofisticados, al descubrir esta novela se interesó por primera vez en una historia sobre seres humanos. Alentado por el compositor negro Quincy Jones (autor de la banda musical de la película, dentro de la cual se encuentra esa canción enervante llamada Sister, con la que Shug deciara su pasión por Celie), Spielberg aceptó el desafio y logró una película emocionante, que roza los sentimientos del espectador al contarle los golpes que Celie recibe, como su hermana Nettie es arrojada de su casa porque no se entrega al cuñado, cómo se marcha con dos misioneros y los dos hijos de Celie (recogidos por simple azar por los otros dos), cómo promete escribirle, cómo Mr. esconde todas las cartas, incomunicándolas, haciéndoles un daño enorme, y cómo la llegada de la cantante cambia del todo la vida oscura que llevaba Celie. En la novela, la relación de las dos mujeres es más explicita y hay un momento muy significativo que la película sabe tamizar, durante el cual Shug le muestra a Celie cómo está conformado su sexo, le explica lo que es un orgasmo y le analiza detalladamente su condición de mujer. La amistad de Shug será la salvación de Celie y la película así lo muestra, especialmente cuando la apoya en su rebelión contra el dominante marido.
Mirando con atención la película se descubre todo el vastísimo conocimiento que tiene Spielberg del cine. Los movimientos de la cámara que se desplaza por los espacios abiertos que, sin embargo, son sofocantes. Los escenarios rústicos y pobres. Los diálogos directos, cargados de humor y brutalidad. La música que no sólo destaca los momentos dramáticos y felices sino también la evolución anímica y espiritual de los personajes, como en esa escena contada en dos planos, en el campo y en el templo, cuando arranca el coro para hacerle competencia a los que están en un picnic. Shug lo entiende (su padre es el pastor evangélico y la ha repudiado) y retoma uno de los blues más nostálgicos de la película. Avanza hacia el templo, y los coros de la iglesia y los que están de farra, se confunden. La cámara sube y los toma avanzando como invasores hacia ese templo a donde entran y ella se abraza con el anciano y son rodeados por los músicos y los feligreses. Primeros planos de los rostros sudorosos y cansados, detalles de los muebles, las manos, las cortinas, la comida, la hierba, las flores de color púrpura, las escaleras, las cartas que no son entregadas, las tablas, los animales, los niños, el cielo encapotado, todos estos elementos van armando el mundo creado por Spielberg para reconstruir la historia de Alice Walker, la crónica angustiosa de esa mujer, Celie, ultrajada y aparentemente vencida, quien se defiende de la infamia escribiéndole a Dios todos los días.--

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