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| 7/9/1990 12:00:00 AM

TODA UNA FLOR

Luego del éxito de "Sugar", la obra de Jorge Amado promete cautivar al público.

TODA UNA FLOR TODA UNA FLOR
Tras el éxito de "Sugar", el Teatro Nacional y Caracol se asocian de nuevo para montar un espectáculo alegre y colorido, "Doña Flor y sus dos maridos", un musical basado en la novela del escritor brasileño Jorge Amado.
Lo que anteriormente propuso David Stivel con "Sugar", muy probablemente se confirmará con "Doña Flor" ya que la atracción que un espectáculo de este tipo ejerce sobre el público, que busca en el teatro diversión, es un hecho ya demostrado. El teatro de boulevard, que pertenece a una larga tradición no se había ensayado en Colombia antes de "Sugar": es el género de la comedia musical, frívola, variada, lujosa, alegre y divertida, al estilo de las creaciones de Broadway y que colma las salas en las principales capitales del mundo.

"Doña Flor y sus dos maridos" tiene todas las posibilidades para superar el éxito de "Sugar": el tema tropical que llega más al corazón del público que la comedia de equivocaciones norteamericana, puesto que la obra de Amado está más cerca de esa idiosincrasia; el humor local, matizado con expresiones que son conocidas y comunes en "Doña Flor" provoca rápidamenle una alegre respuesta del público; la coreografía esta vez se hace más audaz y el lucimiento de los cuerpos, sin demasiados pudores, hace parte de una nueva explosión de sensualidad, que la obra imprime y transmite con un vibrante ritmo musical.

La anécdota, ya conocida por el libro o por la película, no es como en aquellos casos, lo que sustenta el interés de la obra. Aquí la historia como narración pura es tan débil como episódica, ya que su función es más servir de soporte a un espectáculo, que, como un estallido de fuegos fatuos, ilumina la noche y hace brillar sus figuras sobre el escenario.
Sin duda, uno de los mayores atractivos de "Doña Flor y sus dos maridos" lo constituye la presencia de Amparo Grisales en el papel de "Doña Flor". Una actriz dueña de sí misma, de sus recursos expresivos manejados con precisión y vivacidad, una actriz que interpreta su papel sin demasiado esfuerzo aparente, porque ella en sí misma parece un volcán de sensualidad. Pero como en el verso de Bécquer, "sobre el volcán la flor", Amparo Grisales es también capaz de momentos delicados, de reserva, de astucia y de tímida espera. El público sabe que en el centro de la obra está Amparo Grisales; en consecuencia, la obra gira a su alrededor y en el personaje que encarna.
Y su manera de interpretarlo satisface completamente sus expectativas.
Amparo Grisales ya no necesita ese tonto exhibicionismo de antes para que las miradas se centren en ella. Es ya una actriz con suficientes dotes interpretativas, madurez y magnetismo, como para que una vez sobre las tablas no tenga que decir "aquí estoy yo", pues el público siente inmediatamente la fuerza de su presencia en la escena.
En el espectáculo todo, con su sensual romanticismo, trasluce la vitalidad de la obra original. Localizada en el corazón del trópico brasileño, en Bahía, con los personajes tipicos de un pueblo pobre y alegre, en donde Vadinho (Yuldor Gutiérrez), primer esposo de doña Flor, es un joven de buena vida, descarado, alegre y despreocupado, que de rumba en rumba llega a la casa a hacerle la corte a su mujer. No hay aquí lugar para el retrato de personajes, ni para cuadro social, tan apreciado por Amado en sus relatos con trasfondo crítico. Allí todo ha sido resuelto en el colage de la danza, la música y las canciones, las situaciones picarescas y el carnaval, bajo la dirección de Manuel José Alvarez. Es una dirección algo ingenua, que aunque le falta inspiración, sentido teatral, composición y ritmo, logra mantener a flote la obra durante las dos horas largas que dura el espectáculo.
Las situaciones picantes, las escenas audaces, el humor a flor de piel, se reúnen en un tema que no deja de ser estimulante para el público, pues todo ello está presentado de una manera festiva y pintoresca a ritmo de samba y con un final obviamente feliz: contra el púdico y limitado amor de Teo (Carlos Muñoz), el segundo esposo de doña Flor, la impúdica pasión arrolladora de Vadinho, símbolo del amor que nunca muere.-

EDICIÓN 1888

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