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| 4/18/1983 12:00:00 AM

UN ARQUITECTO EN SU CAMINO

El arquitecto, supeditado a intereses económicos y políticos, desempeña actualmente un papel más operativo que decisorio.

UN ARQUITECTO EN SU CAMINO UN ARQUITECTO EN SU CAMINO
Es probable que muchos lectores de esta revista pasen de largo al encontrar el encabezamiento "arquitectura" en un artículo o sección de la misma. Pensarán: "esto seguramente no me interesa, es asunto de especialistas". Tal vez las fotografías que ilustran ocasionalmente un texto llamen la atención por unos pocos segundos, y pare de contar. Esto muy seguramente refleja la idea común de que el arquitecto es un personaje semejante a los artistas, es decir, que produce cosas relativamente distantes de lo habitual o de lo cotidiano; cosas más bien extrañas y raras que se ven bien o que "adornan" la ciudad.
Muchos lectores se sorprenderían al comprobar que en su vida cotidiana se tropiezan (a veces en sentido literal), con decisiones tomadas por profesionales de la arquitectura, más aún, habitan en espacios diseñados y construidos por arquitectos, recorren ciudades en las que el ancho de las vías y la altura de los edificios han sido planeadas por arquitectos amén de que muchas de las edificaciones que observan son producto de estos profesionales. Sin temor a exagerar es fácil afirmar que cualquier ciudadano se encuentra cada día más rodeado de decisiones de arquitectos y que estas determinan en distintos grados su comportamiento habitual.
Es obvio que en Colombia hay grandes sectores de población a los que estas decisiones no afectan considerablemente, excepción hecha de las normas de planeación urbana, las que se hacen sentir hoy en día hasta en las urbanizaciones piratas que adoptan las 'normas mínimas'. Estos sectores se ven involucrados progresivamente en el espacio urbano y en los diversos planes que, de una forma u otra y en los campos de vivienda, educación, salud, recreación, trabajo, comercio, etc., emplean y aplican decisiones profesionales en las realizaciones físicas que los apoyan.
El panorama, desde el punto de vista del "mercado de trabajo", debería ser alentador, en cuanto sugiere la idea de una mayor participación, remunerada, de los profesionales que cada año aumentan su cantidad en el país. Pero la actual situación de desempleo y de parálisis profesional no suficientemente explicada, o explicable, parece negar esa expectativa. Dificilmente se puede decir que hay saturación profesional, en los comienzos de un gobierno que aspira o promete enfrentar el inmenso problema de la vivienda y que propone diversos esquemas de desarrollo urbano y rural, industrial, comercial, etc. ¿Por qué entonces los brazos caídos?
Aflora aquí una vez más un fenomeno particular y paradójico: a pesar de la extensión del campo decisorio del arquitecto, su presencia social es reducida, eventualmente nula. Como personaje que interviene en las decisiones más amplias, su papel es exiguo y está sujeto más bien a su capacidad política (o politiquera) que a su capacidad profesional. Y todos sabemos que para ser político activo no es condición indispensable el saber científico y técnico. La actitud expectante que hace que el arquitecto dependa de intereses agentes políticos y económicos, sumada a la poca atención que habitualmente se da en la formación profesional a los problemas de trascendencia, en aras de una habilidad de tipo práctico, ha conducido gradualmente al establecimiento de un gremio pasivo, en tanto carezca de los incentivos contractuales y económicos convencionales. Si éstos fallan, su participación se extingue.
De ahí que los agentes decisorios del espacio habitable sean los políticos y los inversionistas y que el rol profesional sea apenas operativo, una especie de aparato de traducción de intereses a hechos físicos. Aparato conformista en cuanto no intenta afectar esos intereses o transformarlos, sino simple y sencillamente vivir a su amparo y, si bien va, medrar con ellos.
Todo lo anterior indicaría la urgencia de transformar los mecanismos de participación del arquitecto profesional y de activar una actitud que reclame, con argumentos válidos, sustentados en conocimientos y propuestas concretas, una mayor atención de sus posibilidades y de sus realidades. Pero esta urgencia parece evidenciarse sólo en las aulas de clase, en las que se requiere más de un argumento para persuadir a las generaciones en formación de que su futuro papel sera algo más que el de traductores de intereses ajenos.
De todos modos, el arquitecto está lejos de desaparecer de la faz del país, más aún, su cantidad seguirá aumentando y por simple efecto de los mecanismos de adaptación, su intervención será cuantitativamente mayor en el futuro. Queda en manos de los defensores del estado actual, responder al interrogante de cómo se logrará que la participación de esa colectividad profesional sea más adecuada y, ojalá, menos costosa.-
Alberto Saldarriaga

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