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| 11/25/2006 12:00:00 AM

Un hombre sin final

El insobornable autor de películas de la estatura de 'Short Cuts', 'M.A.S H.' y 'Nashville', Robert Altman, murió en Los Ángeles, California. Su legado es una obra que se resistió a los peores estereotipos de Hollywood.

Un hombre sin final Robert Altman murió a los 81 años en Los Angeles, California, el pasado 20 de noviembre
El cineasta estadounidense Robert Altman (1925-2006) murió a los 81 años en Los Ángeles, California, el pasado lunes 20 de noviembre, con la tranquilidad de que sus películas no dejaron personajes secundarios. Sus sátiras compasivas, desde M.A.S.H. hasta Short Cuts, desde Nashville hasta The Player, fueron siempre una rareza, una declaración de principios, mejor, en una industria acostumbrada a contar las grandes conquistas de un hombre inverosímil, una lección de dignidad en un negocio en el que cada relato parece ser un elogio descarado al individualismo. La obra de Altman es, si se revisa con calma, una suma de largometrajes críticos, dolorosos, de ninguna manera elogiosos con la "forma de vida americana", en los que no hay protagonistas (no hay héroes a la caza de ningún sueño) sino una multitud de sujetos que nadie, ni siquiera su autor, se atreve a dar por sentados.

Sus mejores películas (a las cuatro mencionadas habría que agregarles Tres mujeres, McCabe y Mrs. Miller, Gosford Park y Kansas City) comparten una serie de planos generales que obligan al espectador a ver las cosas con cuidado, una mirada despojada de sentimentalismos a grupos humanos interpretados por los mejores actores del mundo, y una estructura abierta, más cercana a la del documental que a la del drama, más parecida al paréntesis que al relato mismo, por la que las escenas se suceden como se suceden los solos en una sesión de jazz. "Llego al set en la mañana, y, si la escena no necesita más decorados de la cuenta, no le digo a nadie lo que voy a filmar, confesó Altman hace algunos años. Sé qué elementos necesito, claro, pero me gusta probar, improvisar, ver cómo se van dando las cosas, y, aunque ya me he dado cuenta de que el método alarga el proceso de edición (más aun en las películas corales que filmo), no quiero perderme el viaje que emprenden los actores".

Nacido el 20 de febrero de 1925 en Kansas City, Missouri, en un universo católico, Altman fue copiloto de la fuerza aérea, actor, guionista, compositor de canciones y realizador de series de televisión, antes de convertirse en un director del mismo Hollywood que lo rechazó cuando aún no había cumplido 30 años. En la década de los 40 aprendió "las reglas del juego de una película de Jean Renoir titulada 'Las reglas del juego'. En la de los 60 filmó un par de producciones por encargo. Pero fue M.A.S.H., en 1970, la inclemente comedia antiguerra que lo convirtió en un cineasta de culto feliz de ser un cineasta de culto ("toco el violín en la esquina en donde sólo tiran monedas: es ahí donde puedo hacer mi trabajo") y lo llevó a definir su relación con la gigantesca industria del cine norteamericano ("no estamos en contra el uno del otro: ellos hacen zapatos y yo hago guantes") que lo vería poner en marcha más de 30 producciones en menos de cuatro décadas.

Las películas que le salieron bien, las que los críticos llamaron obras maestras, las que le abrieron paso a un nuevo género llamado "película de Robert Altman", crearon una legión de directores conformada por personajes de la altura de Paul Thomas Anderson (Magnolia), Alan Rudolph (Los modernos), Paul Haggis (Crash), Stephen Gaghan (Syriana) y Don Roos (Lo opuesto al sexo). Pero no fue esa tropa de discípulos, sino su amor por el oficio, lo que lo animó a negarse al retiro. Prometió, alguna vez, trabajar hasta el último día de su vida. Y así lo hizo. Recibió el premio Oscar por toda su carrera ("prefiero recibirlo por todo lo que he hecho, a ganármelo por un par de cosas", dijo) en marzo de este mismo año. Y unas semanas después de estrenar A Prairie Home Companion, su obra final, un conmovedor homenaje a los antiguos programas de radio, se embarcó en un extraño relato sobre uno de esos concursos absurdos en los que gana quien permanezca más tiempo con las manos sobre un carro.

Jamás quiso darles un final contundente a sus largometrajes. Creía firmemente que la ficción no debía vender falsas esperanzas. "¿Qué es un final , se preguntaba, no existe nada como eso en la vida real: el único final es la muerte". Que en este caso ha permitido, eso sí, comenzar a contar las bendiciones que dejó al mundo su magnífica obra.

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