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Un par de batallas

Por: Fernando Gómez

Jaime Franco expone su nueva serie de óleos en la Galería El Museo de Bogotá. Ana María Rueda hace lo propio en Diners.

Franco repite la historia. La batalla más constante en la historia del arte, siglo tras siglo, es la de los artistas contra sus materiales, contra las limitaciones de tal o cual técnica. Giotto batalló contra el fresco hasta convertirse en el primer gran artista que dominó la técnica. Miguel Angel lo hizo con el mármol y Rodin con el bronce. Jaime Franco pelea contra la pintura, contra los óleos, contra los lienzos, contra sus pinceles. Su batalla es evidente. Y heroica. Hace poco dijo que no le interesaba tener un fondo narrativo en su obra. ¿Su búsqueda? La pintura por la pintura. La exposición de sus últimos trabajos en la Galería El Museo es una prueba de dominio sobre sus palabras.

Sus lienzos son pintura pura. Y eso es lo que transmiten. Además del manejo del color, del control de la superficie, de la armonía de sus composiciones y de todo lo que se puede decir de sus cuadros como obras de arte, lo que más llama la atención es el rastro de la mano del artista. En cada cuadro queda en evidencia el millón de pinceladas que tiene cada uno. Franco pinta como poseso. La base visual de cada cuadro, salvo dos excepciones que tienen un par de curvas, es la suma de líneas horizontales y de líneas verticales.

Así de simple. Franco traza miles de líneas horizontales amarillas de punta a punta del lienzo, luego otras tantas verticales. Luego, cuando el fondo del cuadro es decididamente amarillo, repasa un par de zonas con negro, tal vez con un azul aguamarina en el centro o sacando líneas desde los mismísimos bordes. Lo hace con un rojo que parece sacado de un cuadro de Tamayo o vuelve al amarillo. Esas zonas se convierten en signos o en fisuras dentro del cuadro.

La batalla del pintor con su obra se vuelve apasionante. La superficie de sus cuadros es como un papel muy fino lleno de trazos de crayola. Lleno de unas cicatrices que dejan en evidencia una pelea excepcional, la misma evidencia que se halla en las soldaduras de las esculturas de hierro de Julio González. Perfecto. Pero hay otros desenlaces.

La exposición de Ana María Rueda en la Galería Diners es el resultado de otra batalla. En su caso, las cicatrices no son evidentes; no son necesarias. Rueda estuvo varios meses experimentando con gráficas en computador. Y necesitaba pasar lo que hacía en la pantalla a una tela. Y no podía. La impresión no era la adecuada. La tela que utilizaba dejaba manchas. No se podía imprimir de ambos lados. Una pesadilla. Al final lo logró y la pesadilla no quedó a la vista. La serie es impecable. Río es un conjunto de telas que, colgadas del techo de la sala, le dan al espectador la impresión de estar —en palabras de Ana María Rueda— en “un mundo flotante”. La unidad temática de la exposición gira en torno al agua. Hay barcos de vela, cascadas, fuentes, puentes sobre ríos. Y varias sorpresas.

Cada tela, cada malla microperforada, es transparente. El espectador, además del dibujo, ve lo que hay al otro lado de la tela, si alguien se para al otro lado, puede verlo, pero, lo que no puede ver, es el dibujo que hay al otro lado. La narración de cada obra se completa en su reverso. Por ejemplo, una de las obras más poéticas se llama Danza nupcial. De un lado está la panorámica de un río que atraviesa una ciudad, en la perspectiva queda un puente que une dos calles, en el fondo, en la parte baja de la pintura, hay dos peces. En el otro lado está la explicación del título, a través de líneas y de la figura de estos dos peces, queda dibujada la famosa danza nupcial que sale del fondo y llega a la altura del puente. Bellísimo.

La batalla, esta vez, no dejó heridas.