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| 10/28/1996 12:00:00 AM

UN ROSTRO, UNA VIDA

El Instituto Goethe exhibe este mes las fotografías más notables sobre Klaus Kinski, protagonista esencial del nuevo cine alemán.

UN ROSTRO, UNA VIDA UN ROSTRO, UNA VIDA
Cuando Klaus Kinski era un joven actor de teatro atrapado en la miseria de la posguerra y Jean Cocteau un viejo con los pies en la tumba, este último le hizo un retrato donde lo pintaba "con boca de negro y ojos como estrellas". Cocteau no fue el único que se dejó sorprender por el fuerte rostro de Kinski, en el que imponentes rasgos teutónicos se mezclaban con una sensualidad primitiva y una mirada para partir diamantes. Tal vez fue ese rostro, su sensibilidad enfermiza o su capacidad de metamorfosis, el que lo marcó en las artes de la representación. El teatro y luego el cine fueron el ambiente natural para este alemán que creció en el Berlín hitleriano y sólo tuvo en su infancia las sobras de una sociedad opulenta que apenas podía recoger de las manos de un padre desempleado, una madre enfermiza y tres hermanos desnutridos.
Sin embargo el joven Nicolaus Günther Naksynski descubrió en el camino de los campos de concentración y en las calles en invierno los secretos de hipnotizar a los perros para que no lo mordieran. De ahí a hacer extensivo este arte a los humanos solo hubo un paso. Su carrera como actor ya nunca la abandonaría hasta el final de sus días, en 1991, cuando murió millonario en California. Sin poses intelectuales y obsesionado por el dinero repitió durante toda su vida que sólo actuaba por plata. Seguramente no mentía, a juzgar por las innumerables producciones de tercera categoría en las que participó. Si por un lado era buscado por directores como Rosellini o Zulawski y alternó con la crema y nata de los actores europeos, por el otro no tenía escrúpulos en filmar películas de vaqueros o de porno para una compañía de Japón. Pero sin duda fue su matrimonio con el cineasta alemán Werner Herzog el que lo hizo conocer en todo el mundo. Películas como Aguirre, la ira de Dios, Woyzeck o Nosferatu le dieron la vuelta al mundo y terminaron de confirmar su leyenda negra. El fotógrafo suizo Beat Presser estuvo presente en las producciones de estos dos alemanes que se odiaban a muerte y recogió de ellas un testimonio significativo. Esta antología de imágenes está por primera vez en Colombia y se exhibe en el Instituto Goethe durante todo el mes de octubre.

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