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| 12/16/2006 12:00:00 AM

Un Salón en proceso

El certamen plástico más importante del país se caracterizó este año por tener como protagonista principal a la cultura de siete regiones del país.

Un Salón en proceso Una intervención de María Teresa Hincapié en la Iglesia Santa Clara, en Bogotá
El Salón Nacional de Artistas, con 66 años de historia, tuvo como eje central 14 curadurías de siete regiones del país: investigaciones en las que profesores, artistas o gestores culturales proponían una interpretación de su entorno, de una problemática local o de una tendencia a través de obras, proyectos o expresiones populares locales. Durante cuatro meses, los curadores atravesaron sus regiones (Centro, Centro Occidente, Costa Caribe, Oriente, Orinoquia, Pacífico y Sur) en busca de artistas formales o empíricos que dieran sentido a sus proyectos.

A las regiones se les entregó la potestad de verse y representarse a sí mismas, lo que para curadores como Jaime Ruiz Solórzano, de la región Sur, hizo que el Salón Nacional de 2006 valiera la pena. "Nos permitió ver cómo estamos en la región: avances, retrocesos y problemáticas. Así mismo, se ampliaron los márgenes de participación porque anteriormente sólo eran visibles dos o tres artistas del Sur. Esta vez fueron 14".

En consonancia con darles voz a las regiones, los curadores incluyeron dentro de sus investigaciones expresiones populares que normalmente no eran consideradas para este evento. Los esgrimistas con machete de Puerto Tejada y las problemáticas comunitarias planteadas en la emisora Canalete Estéreo, de Chocó, encontraron su lugar dentro de la propuesta de los experimentados curadores de Helena Producciones, de la región Pacífico. Artistas con mucha o poca cancha, artistas formados en la academia, artistas empíricos, y creadores presentaron sus obras en un mismo escenario y con las mismas condiciones. La interpretación de esa conjunción corrió por cuenta de los curadores y de los espectadores.

"Había un vacío de cultura popular en los anteriores salones que se empezó a solucionar desde el Salón 39", dice Florencia Mora, que con el grupo de artistas del colectivo Des-carrilados, estudiantes del Instituto Popular de Cultura de Cali, trasladó al barrio Jorge Isaacs de esa ciudad tres vagones del antiguo Ferrocarril del Pacífico y realizó actividades para la comunidad, como la recolección de los recetarios del barrio donde, por ejemplo, se enseñaba a hacer arroz con lentejas. "El arte es también la lucha por el sustento cotidiano. Eso tiene que ver con la creatividad y es también una expresión cultural", agrega Mora.

Desde antes de que se abrieran las primeras exhibiciones del Salón Nacional en Bogotá, Javier Gil, asesor de Artes Visuales del Ministerio de Cultura, había advertido que este era un proceso que estaba en gestación y que las curadurías eran aún "incipientes". Hoy Gil considera que el balance es positivo: "Hay que mirarlo como una necesaria etapa de transición".

Para un alto porcentaje de los investigadores participantes (más o menos el 50 por ciento), esta fue su primera experiencia curatorial: pasaron de tomar un taller formativo al trabajo de campo. Por esa razón, dice Sergio Mosquera, curador de la Universidad Tecnológica del Chocó por la zona Pacífico, era necesario un mayor acompañamiento del Ministerio de Cultura, no sólo durante las investigaciones, sino en los montajes. "La presencia del Ministerio fue un poco lejana. Hubiéramos querido mayor asistencia en lo técnico y en la formación porque este era nuestro primer intento. Es que nosotros no sabíamos ni siquiera cómo montar una pieza al lado de otra para construir un relato", afirma Mosquera.

Cada curaduría recibió una beca de 15 millones de pesos que se debía destinar para todos los gastos de la investigación (la convocatoria del 2007 anuncia 25 millones). "Nuestros curadores eran inexpertos y cometieron muchos errores -dice Ana María Llano, artista de la Zona Centro Occidente-. Se desgastaron en su afán de ahorrar plata. Ellos mismos cortaban la madera para los paneles, resanaban las paredes, pegaban puntillas… Esa poca plata que les dieron era para viajar, para montar y para desmontar. A nosotros, los artistas, nos tocó asumir gastos de los viajes y los montajes, y hacer trabajos rasos como encerar el piso".

En cuatro meses, las 11 curadurías regionales debían estar listas. Ese punto desató inconformidad no sólo de quienes participaron en el Salón, sino en el medio artístico, porque se supone que una curaduría exige un período de investigación y otro de maduración. "Se necesita como mínimo un año porque hay que visitar muchos espacios y talleres, y después hay que armar las narrativas. Cuatro meses es un récord", dice Ruiz Solórzano, profesor de la Universidad Surcolombiana, que funciona en Neiva.

Esos tres factores, poco tiempo y dinero, y más apoyo para los más inexpertos, sumados al hecho de que el Salón no se presentara simultáneamente en Bogotá (se hizo separadamente en mayo, junio y agosto pasados), fueron de lo más criticado de la edición 40. La reflexión de fondo es que si el Salón se va a seguir fundamentando en las curadurías, es imprescindible la formación sostenida de los investigadores, sobre todo de los que pertenecen a las regiones más apartadas.

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