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| 11/10/2003 12:00:00 AM

Una amenaza sabrosa

Curupira lanza su tercer disco: un proyecto aventurado que mezcla instrumentos del Pacífico, el Atlántico y el Orinoco.

Una amenaza sabrosa La búsqueda de Curupira consiste en encontrar una música popular colombiana que englobe ritmos y sonidos de todas sus regiones.
A finales del siglo XIX el crítico Narciso Garay escribió que concebir una música enteramente colombiana era muy dificultoso. Según él, la variedad de nuestra geografía y nuestra raza hace casi imposible la mezcla; pero sugirió que la clave para lograrlo es una instrumentación múltiple. Se imaginaba una orquesta de instrumentos de todas las regiones del país.

Yo creo que el bisabuelo se escandalizaría si pudiera escuchar el nuevo disco de Curupira, pero su idea iba por ese lado. Lo que pasa es que en el siglo XIX no existían el bajo ni la guitarra eléctrica y, sobre todo, no había quién se decidiera a hacer una misma música utilizando las gaitas de Bolívar, la marimba del Chocó y el cuatro llanero.

El fruto, nuevo disco de Curupira, es el paso más aventurado que se ha dado en esa búsqueda de una música colombiana. No es definitivo, porque en el arte las cosas no son así. Pero uno lo empieza a escuchar y ya desde los primeros compases siente que estos muchachos están subvirtiéndolo todo sin dejar escapar la esencia.

El experimento no ha sido bien recibido por todas las personas: Curupira se presentó en el pasado Festival Petronio Alvarez de música del Pacífico para encontrarse con el furor del público y la frialdad del jurado. Seguramente a nuestros bisnietos esta música les sonará inofensiva, pero hoy todavía hay círculos donde se le oye como amenaza.

Una amenaza sabrosa, eso sí. Pasado el pasmo inicial de escuchar todos estos instrumentos juntos, los pies comienzan a llevar el compás de manera perfectamente natural. Juan Sebastián Monsalve, el bajista y alma del grupo, descubrió que si bien las melodías pueden variar de una región a otra, existen raíces comunes a toda Colombia, y esas raíces están en el ritmo.

Una sorpresa permanente para quienes hemos seguido la trayectoria de Curupira es comprobar lo bien que se llevan con maestros de la vieja guardia. En su disco anterior habían evocado a Encarnación Tovar, ese tamborero endiablado que les transmitió varios secretos musicales antes de abandonar el mundo. Ahora en El fruto interactúan a la perfección con otros tres veteranos (uno del Pacífico, otro del Atlántico y otro del Orinoco) y, lo que es mejor, entre todos intercambian ritmos: de repente en un currulao se escuchan tamboras y en una cumbia interviene la marimba.

De los tres álbumes que ya ha grabado Curupira éste es el que ostenta mejor sonido. Combina la inteligencia del primero (Palante patrá) con la espontaneidad del segundo (Puya que te coge) y agrega un novedoso esmero en la producción que lo vuelve más estético, por ejemplo, para las ondas radiales.

Al pedirle a Monsalve que describa el sonido del grupo replica sin miedo: "Lo menos purista posible". Ese espíritu de riesgo los lleva a ensayar cada vez nuevas maneras de entretejer melodías y ritmos. Incluso por instantes llegan ecos foráneos; el calipso, el rap y hasta el viejo rock and roll. De fondo, este disco que busca abarcarlo todo, es una lección de tolerancia.

El proyecto de Curupira no ha terminado, sigue en expansión y por instantes recuerda ese deseo que una vez expresó en voz alta nuestra querida Totó la Momposina: que la orquesta colombiana (esa que se imaginó Narciso Garay) sea algún día Colombia entera. Claro que a esta frase la complementa otra, muy prudente, de Juan Sebastián Monsalve: "No se trata sólo de hacer fusión, sino de hacerla con responsabilidad".

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