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| 10/23/1995 12:00:00 AM

UNA OBRA QUE SE AFIRMA

Como respuesta a la acogida que ha despertado la exposición de Darío Jiménez en el MAM de Bogotá, ésta se prolongará hasta octubre.

UNA OBRA QUE SE AFIRMA UNA OBRA QUE SE AFIRMA
HACE CERCA de dos décadas se ha visto crecer en el país el interés por la obra de un artista en su momento ignorado, y que al parecer, no obstante los esfuerzos que le han dedicado galerías e instituciones culturales, y de su evidente importancia, la historia escrita colombiana insiste en desconocer.
Se trata de Darío Jiménez, un pintor ibaguereño nacido en 1919, al que posiblemente la lucidez crítica hacia su entorno y la amplitud de sus fronteras artísticas y conceptuales, condujeron a un ensimismamiento profundo que lo hizo buscar en el alcohol un espacio para la liberación y el desenfreno de muchas de sus reflexiones.
El delirio expresivo en que vivió hizo de él un trabajador incansable. Su obra por este motivo es extensa y además compleja, pues el aislamiento en que la desarrolló, sumado a las inquietudes intelectuales que poseía, le permitieron la construcción de un universo en el que casi todos los elementos se autorreferencian.
Darío Jiménez, proveniente de una familia de prestigiosos y acaudalados hacendados, recibió su primera formación escolar en colegios religiosos de su ciudad natal y posteriormente en el San Bartolomé de la Merced, al cual asistió con las interrupciones que le impusieron las condiciones de su debilitada salud en aquel momento. Posteriormente, con la aquiescencia de su familia, a la que logró convencer con la obstinación de su vocación artística, cursó algunos cursos en la Escuela de Bellas Artes en Bogotá, y luego en la Escuela San Carlos de Ciudad de México, en donde conoció de cerca los principios y motivaciones de la que se había convertido en la principal influencia del arte americano: el muralismo mexicano.
Respecto de su aprendizaje en México, el cual recibió en el rico ambiente intelectual que en la década del 40 dominaba al círculo colombiano en ese país, fue tan crítico como con todas las experiencias que llegaron a su vida, lo que posiblemente hizo que le diera a los preceptos del muralismo rumbos inimaginados que se desenvolvieron en el campo de la lírica y la ensoñación.
La obra de Darío Jiménez, difícil de clasificar por períodos, a pesar de algunas características de estilo a veces enfatizadas, no correspondió nunca a lenguajes o tendencias dominantes, a lo que posiblemente se deba la indiferencia con que fue tratada por críticos e historiadores, sino que por el contrario fue una respuesta alternativa a todos ellos.
Los temas tradicionales como las escenas religiosas, el desnudo, el retrato, el bodegón o el paisaje encontraron en su obra originales tratamientos que se enlazaron con las más íntimas motivaciones. Por ello acercarse a su trabajo a pesar de su impactante presencia no resulta fácil, es necesario relacionarlo con su atormentado pero también entusiasmado mundo y con la actitud revisionista con que de antemano recibía cualquier argumento por inteligente que éste fuera.
De allí que aunque su punto de partida sean, en el arte los impresionistas y los simbolistas, y en la literatura los poetas malditos, no constituyan estos una presencia palpable, sino un eco que finalmente se encontrará en la indagación de su obra. Lo mismo sucederá como con la propuesta de grandes Cezanne, Gauguin o Picasso.
Por todo ello y por la imposibilidad que las condiciones y limitaciones de su vida marcaron a posibles influencias, se entiende el trabajo de Darío Jiménez como un caso particular, como una isla que merece reconocimiento, no por su especificidad sino por su importancia y grandeza.
Razón que ha hecho pensar que el inventario que se ha iniciado por la proximidad del fin de siglo deberá incluir en su haber la obra de Darío Jiménez, que aunque sin resonancias se encuentra allí como una edificación terminada, que señala en su insularidad la estrechez conceptual con que el país ha adoptado la introducción de otros modelos y la escasa valoración que ha tenido hacia los que él mismo ha desarrollado.-

EDICIÓN 1879

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