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| 5/2/1988 12:00:00 AM

¡VIVA EL TEATRO!

Más de un millón de espectadores celebraron los 450 años de Bogotá, en el Primer Festival Iberoamericano de Teatro

¡VIVA EL TEATRO! ¡VIVA EL TEATRO!
Lo que hace dos años era un proyecto sobre el papel, una soñada utopía, se hizo milagrosamente realidad con la celebración, llena de éxito, del Primer Festival Iberoamericano de Teatro, realizado en Bogotá. Claro que el milagro tiene nombre propio, Fanny Mikey, quien dos años atrás soño con el proyecto. Todo comenzó en aquella época con la visita de Fanny Mikey al Festival Cervantino de Teatro, en Ciudad de México. Allí encontró un modelo de lo que podía realizarse en Colombia y cuando conoció al subdirector de aquel evento, Ramiro Osorio, comprendió que allí estaba el hombre clave con quien podía desarrollar el proyecto en el país. Y así fue como todo comenzó. Sólo faltaba la presencia auspiciosa de una persona que sin su apoyo nada de esto hubiera podido ocurrir: el alcalde de Bogotá, Julio César Sánchez, quien sin duda le cambió el rostro a la gestión oficial en el país.
Dos años de intenso trabajo de Fanny Mikey y su equipo, se convirtieron por fin en una hermosa realidad. El viernes 25 de marzo en una Plaza de Bolívar colmada por los cuatro costados, como cualquier político la hubiera querido para sí, el alcalde Julio César Sánchez -que le dio al Festival su apoyo institucional- le hizo el honor al evento, al presidir el gran acto de inauguración en el que un nutrido desfile de teatreros hizo de aquella, una tarde fantástica. A partir de entonces el festival se tomó la ciudad. Lo que pudo ser -como estamos acostumbrados a ver- un acto marginal, se convirtió en el hecho protagónico de estos días exhultantes, repletos de excelente teatro universal. Se estima que un millón doscientos mil espectadores asistieron a las 220 funciones programadas en plazas, calles y recintos cerrados durante los 10 maratónicos días que duró el Primer Festival Iberoamericano de Teatro. Pero esto ya es historia.
El éxito arrollador del festival de alguna manera cambia el aspecto cultural del país, pues demostró lo que parecia indemostrable: que la gente está viva y efectivamente, interesada por el arte y la cultura, que la gente ama el teatro. Y esto, si somos sensatos, debe llevar al replanteamiento de esquemas mentales estrechos con que se adelanta la política cultural del país. El éxito del Festival es un hecho que trasciende los propios límites de su experiencia, es un indicador inequívoco y vital, es un síntoma favorable para la convivencia con esta época dura por la que atraviesa el país. Y esto ya es bastante. Es que era necesario un evento asi, porque algo como esto modifica nuestra percepción cotidiana de la realidad.
Aunque es posible establecer las razones del éxito del Festival, queda una zona oscura, rica en sugerencias e interrogaciones. Se puede hablar del hecho de que esta vez, la organización general del evento no gozó de los permisos del tropicalismo, pues funcionó como una máquina perfectamente engranada. Puede hablarse de la mentalidad pluralista del Festival, que abrió la mirada de los espectadores a un panorama sobre el teatro universal. Se puede hacer una relación de los eventos teóricos, de la presencia de personalidades del teatro mundial, etc. Pero, ¿es suficiente para explicar la forma sin precedentes como el público se volcó literalmente sobre las taquillas de los teatros en busca de sus boletas? incluso, con angustia y desesperación como si se tratara de salvar su propia vida. Otro género de explicaciones es necesaria y la encontramos tanto en la necesidad que tiene el público de responder a propuestas dignas y exigentes, como las que le ofreció este Festival, como la necesidad de trascender lo cotidiano en un acto colectivo y social que lo pone en contacto con la magia gregaria y viva del teatro, que al parecer no ha perdido su capacidad de concertación, ni su eficacia frente al público. Aún, la respuesta masiva habla de un público sensible, que fatigado en su búsqueda para canalizar sus inquietudes culturales, ha elegido la mejor de las ofertas: el teatro, las artes escénicas. Estamos, y el Festival lo demostró cabalmente, ante un nuevo y genuino interés por el arte y la cultura. Es el reflujo de un público que se había ido retirando poco a poco del lugar de la escena, cuando comprendió que ésta se había convertido exclusivamente en un entarimado político.
El teatro, que a partir de una época sufrió, a causa del auge del cine, una mengua grande en su poder de convocatoria, hoy da una leccion a considerar. Este público tan numeroso, tan entusiasta, tan asiduo, tan envuelto en una actitud vital hacia el teatro, enseña cómo ante el ofrecimiento de una cartelera de cine mediocre, el espectador de cine se ha convertido en un espectador aburrido. Y resignado. Y es que los distribuidores de películas, que han desdeñado por largo tiempo a este público, hoy deben plantearse tal cuestión, o resignarse al declinante fenómeno de las boletas. Pero, volviendo al Festival, ese milagro pudo hacer exclamar a tantos y tantos "¡Bogotá era una fiesta!"
Pocas veces se han equivocado tanto los pesimistas como esta vez. A ellos les ha tocado mirar asombrados desde un rincón el paso jubiloso y festivo de la gran caravana del teatro. Y pocas veces las predicciones del éxito rompen sus propias barreras con ese arrasar de boletería, función tras función, día tras día, por arte de un público que reconoció en esta ocasión su privilegio. Poco importaba que la obra fuese en polaco,-como "Crimen y Castigo"-, en ruso, en francés o en inglés, el interés por el arte escénico rompió también las barreras idiomáticas. Incluso las predicciones acerca del "perfil" del público fallaron. Se suponía que con boletas hasta de 4 mil pesos era difícil tener una respuesta masiva del público. Los antecedentes no disipaban ese temor. Pero la locura desatada en la taquilla echó por el suelo tales supuestos. Los avivatos revendedores al ver aquello, colaron a su gente en las largas filas, de cinco y siete horas, para ofrecer boletas de 2 mil pesos, que agotadas dispararon sus precios para ser vendidas, media hora antes de comenzar el espectáculo, en 8 y 10 mil pesos.
Si hay una característica destacada en este Festival fue la presencia de su gozosa pluralidad, ideológica, conceptual, artística, estética, estilística. De tal manera se puede decir que allí estuvieron presentes casi todas las facetas del teatro. Si exceptuamos la tragedia griega, en el festival se escenificó a partir del teatro clásico español, un repertorio universal, que satisface desde la curiosidad de los más entendidos hasta la de los neófitos en materia de exigencias teatrales. El calendario del Festival ofreció, en verdad, un panorama tan amplio como lo atestiguó la presencia de los 35 grupos de teatro que representaron a 21 países, 16 iberoamericanos y 5 del resto del mundo.
Pero es posible que el fruto más precioso del Festival esté en el hecho de que este evento cree el marco perfecto para que el teatro colombiano inicie su critica y su autocritica; veraz, honesta, amplia, como confrontación con su propia realidad y como contraste con los niveles teatrales vistos en los grupos visitantes. Sin duda, el Festival dio una voz de alerta acerca del estado actual de nuestras artes escénicas, ha servido de medio de confrontación, ha mostrado nuevas posibilidades, en él se ha catalizado un lenguaje universal que es sencillamente el de abrir las posibilidades de una discusión vivificante. Conferencias, seminarios, páneles, talleres, eventos teóricos y prácticos dan una idea clara de la buena salud, de la vitalidad que hoy el teatro encuentra en su propio quehacer. Es como un reencuentro, con el que comienza a superar la crisis, vivida, al menos, en los últimos años en el país. Los signos son tonificantes y esperanzadores, atacan los tres lados de esa crisis: la de la política cultural, pues quienes hoy la orientan, tras el Festival, tendrán que volver a aprender a ver el arte y la cultura; la del público, que ahora manifestó su más fuerte respaldo y entusiasmo; y la del propio arte teatral que con esta señal histórica ha de comprender su importancia, su vigencia y su nuevo compromiso. Es el clásico reto de las nuevas épocas. Este nuevo compromiso obliga a responder positivamente ante un público de que el teatro ha de cautivar con sus medios artísticos, con su técnica, con su visión particular del mundo, con su rigor, con su poesía, con su ideología, con lo que sea, pero que debe cautivar, pues tras tan jubiloso entusiasmo, este público ha demostrado estar ansioso por ver teatro y sería un error defraudarlo. La historia del teatro en Colombia habría que reescribirla a partir de este gran evento. Sin duda será una historia fantástica y sin embargo, verdadera.

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