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| 2/14/2000 12:00:00 AM

¿Y dónde está el cartero?

El auge del correo electrónico pone en tela de juicio el destino del género epistolar. Las cartas tradicionales se resisten a desaparecer en medio de la actual avalancha tecnológica.

¿Y dónde está el cartero? ¿Y dónde está el cartero?
Luego de la muerte de Martha Marcovaldi, esposa del escritor austríaco Robert Musil, se conoció que el único abrigo que ella vestía a diario desde la desaparición de su amado tenía una particularidad: entre la piel y la tela del mismo existía algo extraño que lo hacía más pesado. Al romper el abrigo se descubrió que se trataba de las cartas de amor que Musil le había escrito. Durante los años que ella lo sobrevivió ya no las leía. Las sabía de memoria. Por eso las guardó allí, sólo para sentir más cerca a su esposo. Los más nostálgicos añoran este tipo de anécdotas que se han tejido en torno a la correspondencia de los grandes personajes. “Estas situaciones no las dará nunca la más moderna tecnología. Yo he escrito más de 1.200 cartas y la Internet nunca me guiñará el ojo para que yo le cuente mi vida privada”, afirma el escritor R.H. Moreno-Durán al referirse al creciente auge del e-mail o correo electrónico. Hacer un borrador para luego transcribirlo correctamente. Elegir un lápiz, una pluma o una máquina de escribir. Encontrar un sobre apropiado y escribir el nombre del remitente y del destinatario con la mejor letra del mundo. Ir a la droguería del barrio, comprar y pegar la estampilla, decidir si la manda por entrega inmediata o por correo normal —que es más romántico—, echarla en el buzón y vivir la ansiedad de una posible respuesta en un lapso imposible de determinar son apenas algunas de las tradiciones que muchos se resisten a dejar a un lado. “Seguiré escribiendo a mano, me gusta hacerlo en papeles antiguos, artesanales, con fragancias a naturaleza. Me gusta que las cartas envejezcan cogidas por las manos, que se arruguen, se marchiten, se manchen, como síntomas de que el corazón no tiene realidades virtuales. No me da pena declararme cursi”, afirma Juan Gustavo Cobo Borda. El uso que le dio Balzac a sus cartas es una costumbre que se defiende todavía. Como aquellas que escribía a madame Hanska antes de que se convirtiera en su esposa: “Hoy, mi flor celestial, le envío un mechón de cabellos míos; todavía son negros, pero me he apresurado para burlarme del tiempo. Me los he dejado crecer y todo el mundo me pregunta por qué. ¿Por qué? ¡Quisiera tener bastantes para hacerle a usted cadenas y brazaletes!”. José Saramago afirmó, hace algunos años, que la pantalla de un computador nunca le permitiría ver las lágrimas de amor ni sentir los olores de otra persona, tal como lo expresó Edgar Allan Poe en una carta a Elena Whitman, con quien intercambió poemas durante años sin que se llegaran a conocer personalmente: “Una y otra vez, dulce Elena, he llevado tu carta a mis labios, regándola con lágrimas de alegría y de divina desesperación...”. El arte de la carta “No necesitaba releer la carta de mamá para contestarla como debía. Empezó a escribir, querida mamá. Escribió: Querida mamá. Tiró el papel, escribió: Mamá. Sentía la casa como un puño que se fuese apretando. Todo era más estrecho, más sofocante”, relata Julio Cortázar en su cuento Cartas de mamá como un minúsculo ejemplo de la obsesión de los escritores por recurrir al género epistolar para consolidar novelas, cuentos, obras de teatro, sin contar las biografías que se han sustentado en la correspondencia. La amigdalitis de Tarzán, la más reciente novela del peruano Alfredo Bryce Echenique, publicada el año pasado, así lo demuestra: “Las cartas son capaces de rescatar la vitalidad invencible de una historia de amor”. Para Baltasar Gracián la mejor carta era la que estaba llena de todo lo que no era sustancia, la que no dejaba entrever afecto, alegría, secretos. El morbo en torno al tema ha permitido importantes revelaciones. Es conocida una sentencia de Diderot en carta a Voltaire fechada el 11 de junio de 1749: “El mundo, decía Montaigne, es una pelota que Dios ha dejado a los filósofos para que se diviertan. De Dios yo digo lo mismo”. O la confesión de Kafka a través de su Carta al padre: “Querido padre: no hace mucho me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestarte; en parte, precisamente, por el miedo que te tengo; en parte porque en la explicación de dicho miedo intervienen demasiados pormenores para poder exponerlos con mediana consistencia...”. Para las nuevas generaciones el correo electrónico no es el antónimo del género epistolar. Y, por el contrario, lo consideran la reivindicación del mismo. La posibilidad de escribir a diario es la muestra de que las cartas nunca van a morir y la calidad de la redacción no tiene porqué ser menor. Sin embargo la inmediatez del correo electrónico carece de la magia de los textos escritos a mano que aparecen el día menos pensado cuando timbra el cartero. Se irán extinguiendo los testimonios que dieron fe de relaciones inmortales como la de Schiller y Goethe, Bolívar y Manuelita Sáenz, Napoleón y Josefina, Joyce y Nora Barnacle, entre muchas otras. Algo parecido sucederá con el fetichismo que las rodea. Tal como el que vivió Fermina Daza guardando, una a una, las cartas de Florentino Ariza durante más de 30 años en la novela de García Márquez. O la obsesión por lo manuscrito: “Un tachón o una nota al margen es una maravilla. El proceso de escritura no se debe borrar, es igual de hermoso a lo que finalmente queda escrito. Con los métodos actuales se pierde el rastro de la personalidad”, dice Santiago Mutis. El debate no es nuevo pero todo indica que cada día será menos probable que, cuando timbre un cartero, traiga una carta y no cuentas por pagar y volantes publicitarios.

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