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| 10/8/1990 12:00:00 AM

FUERA DE LUGAR

La sanción impuesta al Atlético Nacional demuestra, una vez más, que nada se ha resuelto en el fútbol colombiano.

FUERA DE LUGAR, Sección Deportes, edición 436, Oct  8 1990 FUERA DE LUGAR
Cuando el Altético Nacional se preparaba para enfrentar su primer compromiso de la semifinal de la Copa Libertadores frente al Olimpia, del Paraguay, otro escándalo con dineros calientes y amenazas de muerte estalló en el fútbol colombiano. La historia comenzó el miércoles 29 de agosto en la ciudad de Medellín.
Ese día Nacional enfrentó al equipo brasileño Vasco da Gama por un cupo en la semifinal de la Libertadores. Para el compromiso la FIFA designó una terna de árbitros uruguayos, encabezados por el juez Daniel Cardellino. Los jueces arribaron a la capital paisa el martes 28 de agosto y se hospedaron en el hotel Veracruz a la espera de la iniciación del compromiso que estaba previsto para las 8 :30 de la noche del miércoles. Pero ese día ocurrió algo extraño. En las horas de la tarde hubo una llamada a la habitación de los árbitros uruguayos que fue contestada por Daniel Cardellino, quien tan pronto colgó el auricular, abandonó el hotel y se dirigió a una cafetería cercana a donde estaba hospedado. Según pudo establecer SEMANA, el árbitro regresó a su habitación una hora después visiblemente preocupado y de inmediato comenzó su preparación para el compromiso que se inició a la hora programada y que terminó con la victoria del Nacional dos a cero frente al Vasco da Gama.
Pero la fiesta de los paisas, que se preparaba en el Atanasio Girardot para el compromiso del miércoles 5 de septiembre cuando el Atlético Nacional enfrentaría al Olimpia, del Paraguay, en el primer partido de la semifinal, se aguó el domingo en la noche. Cuarenta y ocho horas después de que Cardellino arribara a Montevideo, entregó un informe a la Confederación Suramericana de Fútbol donde señaló que había pitado el partido bajo amenazas de muerte. Relató cómo fue intimidado por seis hombres en una cafetería de Medellín y cómo uno de ellos, que portaba un maletín negro, le había ofrecido 20 mil dólares para que "fuera imparcial en su arbitraje".
El informe de Cardellino fue como echarle gasolina a un incendio. Una vez más, el fútbol colombiano escribia otro oscuro capítulo en su historia. Se revivió el episodio de noviembre del año pasado, cuando el árbitro Alvaro Ortega fue asesinado en inmediaciones del estadio Atanasio Girardot, de Medellín, minutos después de haber arbitrado el partido entre Medellín y América.
Este hecho llevó a que la Federación Colombiana de Fútbol cancelara la final del campeonato y que el Gobierno, por primera vez, interviniera en los asuntos del fútbol para cancelar cualquier programación mientras los presidentes de los clubes y la Dimayor no pusieran la casa en orden. Pero el rancho siguió ardiendo. La muerte de Ortega sacó a luz pública que no sólo los dineros calientes del narcotráfico habían llegado al fútbol profesional colombiano, sino que otro mal, el de los apostadores, se había enquistado en los estadios del país y que cada domingo corria mucho dinero en los camerinos de los árbitros para arreglar partidos.
También se recordó que en noviembre de 1986, el árbitro chileno Gastón Castro, contratado por la Federación Colombiana de Fútbol para las finales del campeonato nacional, había sido amenazado de muerte en Medellín, minutos previos al encuentro entre Nacional y América. En esta ocasión el árbitro chileno no pitó el compromiso y se fue en el primer vuelo que hubo para su país. Y como Medellín no ha estado exento de estos episodios, la prensa nacional e internacional, también recordó que en noviembre de 1988, el árbitro antioqueño Armando Pérez había sido secuestrado durante 20 horas en Medellín y cuando fue dejado en libertad era portador de un mensaje en el que se anunciaba que "árbitro que pitara mal sería borrado". Y como si esto fuera poco para atizar el fuego, en mayo del año pasado, con motivo de la final de la Copa Libertadores de América entre los mismos equipos que iban a enfrentarse el miércoles pasado el árbitro argentino Juan Carlos Loustau, al regresar a su país, declaró que había sido amenazado de muerte en Bogotá si no beneficiaba con su arbitraje al Atlético Nacional.
Todos estos antecedentes fueron su ficientes para que una vez se conocieran las denuncias del arbitro Daniel Cardellino, el vicepresidente del Vasco da Gama, Eurico Miranda, famoso en su país por ganar partidos en el escritorio, se viniera lanza en ristre contra el fútbol colombiano y solicitara a la Confederación Suramericana de Fútbol la anulación del partido y la expulsión de Nacional de cualquier intervención futura en la Copa Libertadores.
Una vez se conoció la versión de Cardellino, comenzó a escribirse el libreto del segundo capítulo de un episodio oscuro en que se han enfrascado el fútbol colombiano con el paraguayo. Esa historia comenzó en las eliminatorias al mundial en Italia en aquel famoso partido en Asunción cuando Colombia empataba 1-1 con Paraguay y el árbitro Hernan Silva prolongó el partido hasta que los paraguayos lograron el gol del triunfo en el minuto 57 del segundo tiempo que originó un escandalo a nivel suramericano. Luego, en la final de la Libertadores del año pasado, los dirigentes del Olimpia vetaron la plaza de Medellín argumentando que allí no existían garantías para efectuar un partido internacional de esa talla y que sólo jugaría en Colombia si se cambiaba de sede. La final se disputó en el Campín. Detras de todos estos movimientos estaba la mano del paraguayo Nicolas Leoz, presidente de la Confederación Suramericana de Fútbol.
Pero más alla de las acusaciones mutuas entre los presidentes de los equipos de Nacional y Vasco da Gama, de las declaraciones juramentadas del comandante de la Policía de Antioquia, coronel Ferrero y del comandante de la IV Brigada del Ejército de Antioquia, general Bedoya, quienes afirmaron que los arbitros uruguayos habían sido protegidos desde su llegada a Colombia; del video del partido en el que se observa que no hubo ninguna irregularidad en el arbitraje y que los dos goles de Nacional fueron legítimos y de la buena voluntad del alcalde de Medellín, Omar Flórez quien viajó en la delegación que asistió a Asunción como representante del pueblo, el fútbol colombiano sigue por mal camino.
La intervención del gobierno anterior, a través de su ministro de Educación, fue apenas un paño de agua tibia porque a pesar de las exigencias hechas para reanudar el campeonato, éstas nunca se cumplieron. ¿Dónde esta el colegio de arbitros? ¿Dónde estan los paz y salvo de los accionistas de los equipos? Y así uno tras otro, los interrogantes siguen en el fútbol colombiano que otra vez está en la picota pública.
Por eso la decisión de la Confederación Suramericana de Fútbol no cogió por sorpresa a nadie. Por el contrario se esperaba que las sanciones fueran mucho más drásticas .
Por lo pronto, el partido entre Nacional y Vasco da Gama se repetirá en cancha neutral, en Chile, escenario de otro escándalo a nivel suramericano durante la eliminatoria al mundial.
Igualmente, se acordó prohibir la realización de partidos internacionales en Colombia hasta nueva orden. Y como si esto fuera poco, el gremio de los árbitros en Suramérica suscribieron un acuerdo en que no volverían a pitar en canchas colombianos porque no existen garantías para su trabajo.

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