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| 10/31/1988 12:00:00 AM

IDOLO DE BARRO

Ben Johnson estafó al mundo al imponer récord mundial con la ayuda de esteroides.

IDOLO DE BARRO IDOLO DE BARRO
En algo más de 48 horas, pasó de ser el máximo héroe del deporte mundial a convertirse en el más grande embustero-que se recuerde. El sábado 24 de septiembre en Seúl (viernes en Colombia), tuvo lugar una de las hazañas más grandes del deporte en el siglo XX-sin temor a exagerar.
El mundo entero se deleitó viendo a Ben Johnson devorar los 100 metros de la pista atlética del Estadio Olimpico de Seúl, en el increíble tiempo de 9.79 segundos. La figura de ese negro silencioso, con la cabeza rapada, mirada desdeñosa y músculos de superman cautivó a la teleaudiencia mundial que, tal vez por su imagen de muchacho timido o por la vanidosa estampa de Carl Lewis-su gran rival-, se le entregó del todo.

A la hora de la carrera el vanidoso fue otro. Con una solvencia infinita Johnson devoró la distancia. Estaba tan sobrado que faltando pocos metros para llegar a la meta y luego de constatar que iba por lo menos un metro adelante de Lewis, levantó su mano derecha con el índice en álto para dejar en claro que era el número uno del mundo, y de esa manera se dio el lujo de sacrificar algunas centésimas de segundo-de no haber levantado la mano, posiblemente habría alcanzado un 9.77. Como ocurre siempre con los superhéroes, el mundo entero le perdonó ese arranque de arrogancia. También se le perdonó el que dejara plantados a los centenares de periodistas que lo esperaron en vano para una anunciada rueda de prensa, en la que el mismísimo viento hecho hombre debía hablar. Y se le perdonó porque, al fin y al cabo, así como las obras hablan por los artistas las marcas hablan por los atletas. Lo que había que decir, Johnson lo dijo en 9.79 segundos.
El 24 de septiembre de 1988 iba a pasar a la historia del deporte como una fecha cumbre. Quedaban para el recuerdo las imágenes de la televisión en las que se puede ver cómo, minutos antes de iniciarse la prueba, todas las demás actividades que se celebraban en el estadio se detuvieron. Los 75 mil asistentes se silenciaron. Sonó la señal de partida y todo el mundo quedó boquiabierto con la explosión del canadiense. Después, como si se tratara de algo normal, como si no hubiera pasado nada, Johnson se fue a los vestuarios para ponerse la sudadera de la premiación y para depositar en un frasco la muestra de su delito. El legendario atleta cubano Alberto Juantorena, uno de los privilegiados asistentes a la hazaña, sólo atinó a afirmar que "se trata de una marca del siglo XXI". Y tenía toda la razón.

Al medio día del lunes 26 (hora colombiana), todo terminó. El sueño de los amantes del deporte se convirtió en pesadilla cuando el resultado de la muestra de orina dio positivo. Johnson había consumido esteorides anabolizantes, le habia hecho trampa a las autoridades olimpicas, se hizo trampa a si mismo y a sus rivales pero, lo más importante, le hizo trampa a miles de millones de personas a las que le dio permiso de emocionarse con sus zancadas. Sin hablar de las implicaciones morales -que son muchas-, los esteroides anabolizantes de Johnson mancharon todo un evento, que dejó de tener el brillo que estaba alcanzando, y asaltaron la buena fe de todo el mundo.

Lo de Johnson se convirtió en desastre. En adelante, será poco probable que cualquier nuevo récord que se imponga esté libre de sospecha. El atleta, que hasta hace poco tiempo era el símbolo de la honestidad y el sacrificio-la persona que alcanza la gloria gracias a sus capacidades, solo y sin ayuda-a partir de ahora despertará la sospecha de todos. Si desde hace rato se sabia que en deportes como la natación y la alterofilia se echaba mano de la quimica para aumentar el rendimiento, el asunto nunca creó tanta polémica como ahora, seguramente por lo espectacular de la marca y, por tratarse del duelo que todo el mundo esperaba. No habrá maratonista, saltador, boxeador, nadador, pesista o equitador -como van las cosas la prueba de orina podría llegar hasta las cabalgaduras-que, contra rio a lo que dice la ley, no sea considerado culpable en el momento de ganar y deba probar su inocencia al orinar.

Las sanciones que se le impusieron al corredor canadiense son pocas para el tamaño de su trampa. Fue expulsado de los Juegos Olimpicos, fue expulsado del equipo canadiense, perdió cerca de un millón de dólares en publicidad y varias empresas que lo habian contratado como su simbolo le están exigiendo la devolución de los dineros que le habían adelantado. Sin embargo, no hay dinero que pague el esfuerzo mental que millones de televidentes tendrán que hacer para borrar de sus mentes lo que ocurrió por el carril en que corrió Johnson.
Para efectos prácticos, la carrera se demoró 13 centésimas de segundo más, cuando Carl Lewis pasó la linea y marcó un nuevo récord olimpico de 9.92 segundos para la distancia. El récord mundial sigue en poder de Johnson que marcó 9.83 el año pasado en Roma.

Lo ocurrido con Johnson es el escándalo más grande en la historia del olimpismo mundial. Antes de él, la sombra del escándalo había recaido injustamente sobre el norteamericano Jim Thorpe. Este hombre, de raza india, ganó en las olimpiadas de 1912, en Estocolmo, las medallas de oro en pentatlón-prueba que ya no se realiza-y en decatlón. Luego de ser premiado como el atleta más completo de su tiempo, el comité olímpico de su país lo acusó de profesional, cuando se supo que tres años antes de la olimpiada había cobrado la irrisoria suma de 12 dólares por jugar un partido de béisbol. Thorpe, al igual que Johnson, tuvo que devolver las medallas. Su caso pasó a los anales de la historia olimpica como una injusticia hasta que, en 1973, se reconsideró la medida y se le devolvieron las preseas. Para ese entonces, hacia 20 años que Jim Thorpe había muerto.

Lo que todo el mundo espera ahora es que no ocurra lo mismo con Johnson. Si bien es cierto que no se censura el que los atletas ganen dinero, lo que no se puede permitir es que por la piata-y el oro-se engañe a la gente. Todo parece indicar que el famoso lema que dice: "lo importante no es ganar sino competir", ha quedado atrás. Hoy en día, lo que importa es ganar-medallas y dinero-a toda costa, no importa que los récords que se alcancen sean increibles o, mejor dicho, fabricados en laboratorio.
Hasta el momento es imposible que alguien corra los 100 metros en 9.79 segundos y, lo más grave para Johnson, la mayoría duda que sea posible correrlos en 9.83. --

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