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| 7/11/1988 12:00:00 AM

MUERTE EN EL ESTADIO

La violencia en los estadios de fútbol, luego de causar estragos en Europa, amenaza con tomarse los campos argentinos.

MUERTE EN EL ESTADIO MUERTE EN EL ESTADIO
Desde hace más de un mes, los contactos entre las diversas policias europeas se estrecharon e incluso hubo reuniones entre los jefes de seguridad de varios paises del viejo continente. Lo que parecería el movimiento lógico para una batida antinarcóticos, o algo por el estilo, no era otra cosa que una fase importante dentro de la preparación a que estuvo sometida la policia alemana, que deberá enfrentar la arremetida de los hinchas de los diferentes paises que asisten a la Eurocopa de Naciones, torneo equivalente a la Copa América de fútbol que se juega en este continente. Tales medidas se han venido reforzando a partir del 29 de mayo de 1985, cuando 39 personas resultaron muertas y otras 400 heridas en el momento en que los tristemente famosos hooligans ingleses la emprendieron contra los tifosi italianos, minutos antes de que comenzara el partido entre el Liverpool y el Juventus, en el estadio Heysel de Bruselas, que definia el campeón de la Copa Europea de Clubes Campeones.
Pero, si en Europa llueve por América no escampa. Aunque un poco perdida en el tiempo, todavía se recuerda la suspensión a nivel internacional que recayó sobre el estadio del club limeño Alianza Lima, a finales de la década de los sesenta cuando una "bronca" generalizada terminó en tragedia. En Colombia, aunque no se han registrado hechos que lamentar por culpa de las diferentes hinchadas--fuera de las consabidas peleas en las tribunas--si son frecuentes las agresiones con objetos lanzados al campo de juego, que van dirigidos tanto a jugadores como a árbitros, y el apedreamiento a los buses de los equipos contrarios, como ocurre cada ocho días a la salida del estadio de Cúcuta. Claro está que, a comparación de lo que ocurre en Argentina los incidentes en los estadios colombianos son juegos de niños. Los "gauchos" se llevan todos los honores en este campo y, como ocurre en Europa, ir a los estadios argentinos se está convirtiendo en un asunto de vida o muerte.

El pasado 7 de mayo, el director técnico del club San Lorenzo de Almagro, el "bambino" Veira, dio las últimas instrucciones a sus muchachos minutos antes de que comenzara el partido contra su rival de turno Instituto de Córdoba. Una vez finalizada la charla técnica, todo el mundo abandonó el vestuario para dirigirse a la cancha, menos el jugador Claudio Zacarías que se quedó terminando su preparación para el choque. Dos minutos después, una bomba colocada por hinchas de Instituto destruyó el camerino y Zacarías fue llevado a una clinica de la ciudad en delicado estado de salud. Este hecho, no sólo desató una huelga de jugadores sino que descubrió una serie de irregularidades, que hablan muy mal del fútbol argentino. Las cosas empezaron a enturbiarse cuando el juzgado al que correspondió el caso declaró que tenía serios indicios que hacían pensar que Héctor Félix Morán--alias "Tótem"--, un gigantón de 2 metros de estatura y 150 kilos de peso, integran te de la barra de Instituto, había puesto la bomba. Fue entonces cuando el prestigioso penalista Carlos Sánchez Buteler, quien asumió la defensa de "Tótem", salió a decir que no había pruebas suficientes para condenar su cliente. La pregunta que quedó el el ambiente y que habría de levantar roncha, era la que indagaba por la procedencia del dinero para pagar la defensa, cuando se sabe que lo miembros de las "barras bravas", generalmente carecen de recursos económicos. La respuesta a tal inquietud provino de donde menos se esperaba Las diferentes entrevistas realizadas por los medios de comunicación, descubrieron que, tanto jugadores como técnicos, acostumbran dar dinero a los miembros de las "barras bravas", con el poco convincente argumento de que lo hacen "para que apoyen no para que promuevan incidentes".

El escándalo tocó al presidente de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA), Julio Grondona, quien, en enérgicas declaraciones en un programa de televisión dijo: "Yo jamás transé. En mis 30 años de fútbol jamás lo hice y a ustedes les consta".
Con lo que no contaba Grondona era con unas declaraciones hechas hace algún tiempo a la prensa por Carlos Alberto de Godoy--alias "el negro Thompson"--, ex líder de la barra del conjunto Quilmes, quien, gracias a los buenos oficios de directivos de peso, logró evitar durante un buen tiempo una larga condena que le esperaba por la muerte de un hincha del Boca Juniors, al que asesinó el 5 de febrero de 1983. "El negro Thompson" hizo un relato pormenorizado de una entrevista que sostuvo con Grondona meses antes del mundial España-82, en la que se programó el viaje de los jefes de hinchadas al campeonato mundial. El presidente de la AFA proporcionaba las entradas y ayudaba a conseguir el patrocinio de varias firmas nacionales y extranjeras, mientras el almirante Lacoste se encargaba de "blanquear" los pasaportes. En contraprestación, los miembros de las "barras bravas" se encargarían de detener a todos aquellos argentinos exiliados que quisieran entrar a los estadios españoles con el fin de hacer propaganda contra el régimen militar. La historia se repitió en el mundial México-86, al que viajaron varios miembros de las barras argentinas con el apoyo de entidades de peso. Y, si quedaba alguna duda sobre la alcahuetería oficial, para la Copa América del 87, los vándalos contaron con unas 200 entradas que les regaló la AFA.

UN BUEN NEGOCIO
Pero las "barras bravas", que fueron apoyadas por los dirigentes con el fin de acosar a los rivales, presionar a los jugadores reacios a firmar contratos y convencer a los técnicos que se negaban a abandonar los clubes, pasaron a ser parte importante de las comparsas políticas. En tiempos de elecciones, la misma barra que por la mañana se dedicó a hacer "pintas" para un determinado candidato, en la tarde pudo acompañar al partido contrario en una manifestación, todo por una buena suma de dinero. Las barras han pasado a formar parte del repertorio de los políticos, como ocurrió en las elecciones de 1983 cuando el dirigente Italo Luder y el candidato a intendente Pedro Lorenzo Albonatti, ante la arremetida de la barra del Chacarita que amenazaba con tumbar el estrado en el que pronunciaban sus discursos, le prometieron a la concurrencia que, de ganar el peronismo, el equipo sería ascendido a la primera división. Ni siquiera el presidente Raúl Alfonsín pudo sustraerse al escándalo y se recordó que, durante la campaña presidencial, uno de sus guardaespaldas, Raúl "Pistola" Gámez, había sido líder de la peligrosa barra de Velez Sarsfield.

El giro que han tomado estas barras en los últimos tiempos muestra un peligroso acercamiento a la derecha fascista. En este punto existe una gran similitud con los grupos organizados de hinchas europeos, que celebran reuniones en las que intercambian tácticas para evadir los controles militares a la entrada de los estadios y, más grave aún, rigen sus acciones por los dictados neo-nazis con los que se identifican grupos de aficionados de Inglaterra, Holanda, Francia y Bélgica, entre otros. En la Argentina ya son comunes los hostigamientos a directivos de origen judío o que profesen ideas de izquierda. Tales nexos se remontan a los tiempos de la dictadura y como prueba de ello está el caso de Froilán Ruiz--alias "Carpincho"--, quien acompañó al coronel Angel León en la toma del Regimiento 19, durante la sublevación de un grupo de militares en enero pasado. "Carpincho" es uno de los miembros más duros de la barra del Atlético Tucumán y durante la dictadura fue informante de la Policia tucumana y guardaespaldas del general Antonio Merlo.

Lo cierto es que, bien sea por causas políticas, por la desocupación y la miseria que acosa a una juventud cada vez más desesperanzada, o como un simple mecanismo de escape, la violencia en los estadios de fútbol se está convirtiendo en uno de los mayores enemigos del espectáculo. Aunque los dirigentes, en el caso argentino, le restan toda importancia al fenomeno, los aficionados no piensan lo mismo.
El promedio de asistencia a los estadios rioplatenses, que hace 40 años superaba los 15 mil aficionados, hoy en día difícilmente llega a los 5 mil.
Las autoridades no han podido ponerle freno al fenómeno y en los últimos tiempos son pocos los vándalos que han sido castigados. Todo parece indicar que, una modalidad que se creía netamente europea, está echando raíces en Suramérica. Y es posible que no esté lejano el día en el que, como lo hiciera el diario L'Equipe a raiz de la tragedia de Heysel, haya que afirmar que "si el fútbol se ha convertido en esto, dejemos que se muera". --

EDICIÓN 1888

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