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| 12/2/1985 12:00:00 AM

AL FIN LIBRES

¿Qué opinaron los 5 soldados liberados por el M - 19?

AL FIN LIBRES AL FIN LIBRES
Nunca en Colombia se había dado la posibilidad de establecer lazos de familiaridad entre Ejército y guerrilla. Lo máximo que había pasado era la visita de oficiales retirados a campamentos en tregua. Pero en el reinicio de la guerra, la actitud había sido siempre de combate y destrucción.
Ahora, cinco miembros de las Fuerzas Armadas de Colombia vivieron, durmieron, comieron con los guerrilleros a los que hacen frente en las montañas. Pero no fueron convencidos ideológicamente por ellos. Según el Estado Mayor del M-19, "tampoco pretendíamos convencerlos". Los suboficiales quieren continuar su carrera militar, y los reclutas obtener su libreta, para volver a sus hogares, a trabajar o estudiar.
Lo que sí se pretendía -y lo lograron- era demostrar cómo al enemigo se le puede dar un tratamiento humano. Este sistema ya había sido utilizado anteriormente: Fidel Castro, en la Sierra Maestra, sorprendía a los soldados de Batista al entregarlos, sanos y salvos, luego de tenerlos por un período como "prisioneros de guerra".
El Ejército de Colombia siempre sostuvo que los soldados no eran "prisioneros de guerra", sino "secuestrados". Para los jóvenes retenidos, su carácter fue el de prisioneros, y para Alvaro Fayad, Comandante General del M-19, también lo eran: "El secuestro es tomar a alguien y pedir algo a cambio. Nosotros no tomamos a nadie, ellos fueron los que se rindieron después de las operaciones. Y para su liberación no hemos pedido contraprestación ".
Eugenio Armando Beltrán fue el primer retenido. Iba en un helicóptero militar, con tres oficiales de la Fuerza Aérea y otros siete soldados, cuando la guerrilla que comandaba "Oscar" en el Valle derribó el aparato. "Todos quedamos como muertos, todo fue en un segundo. Cuando recobré el sentido, ya estaba en manos de los guerrilleros". Para el soldado Beltrán, pues, no se trató de un caso de rendición, pero tampoco de secuestro. Esto ocurría el doce de mayo. Cuatro meses y medio después, caían cuatro compañeros más, en el Cañón de la Virgen. Estaban desnutridos y cansados, a un solo día de regresar al Batallón, cuando les ordenaron volver al páramo. El teniente Humberto Calderón, decidió que durmieran en una casita, pues el terreno para acampar estaba demasiado pantanoso.
Y todo parece indicar que el campesino dueño de la casa dio aviso a la guerrilla. Esa madrugada se produjo el ataque. El Teniente y once soldados escaparon. El resto quedó a la buena de Dios. Al final, el cabo segundo Iván Alarcón y los soldados Luis Mendoza, Saiver Sotelo y Blas Calderón, fueron recogidos por los guerrilleros y tomados presos. "Una bomba casera explotó en la quebrada en donde yo me había ubicado para dar la pelea. Ya estaba sin munición. Mi compañero de escondite murió y yo quedé sin sentido debido a la onda explosiva. Me sacaron, me cambiaron de ropa. Estaba más muerto que vivo. Duré tres días así, no podía ni doblar las manos. Los guerrilleros me hacían ejercicios para desentumecerme y yo no entendía por qué, en lugar de rematarme, trataban de revivirme", relata el cabo Alarcón.
Para los cinco, los primeros días fueron de intenso miedo: "Nos ofrecieron comida. Yo al principio no quería recibir porque creía que nos iban a dar veneno. Una guerrillera sacó misisicuí (una combinación de leche en polvo, panela rallada, harina de maíz y cacao). Se lo dio al soldado Calderón, quien lo comió temerosamente. Como no le pasó nada, todos seguimos comiendo", cuenta el soldado Mendoza. Después, se aferraron a las mujeres, especialmente a las esposas de los comandantes. Permanentemente les preguntaban si los iban a ajusticiar, si los esperaba un consejo revolucionario de guerra, si tendrían que "cantar". Los sorprendían las respuestas: "no se preocupen, les vamos a respetar la vida".
Luego venía la posibilidad de escaparse. Como no les hacían daño, pero siempre los vigilaban, se sentían confundidos frente a esa posibilidad. Y el cabo Alarcón hizo este análisis: "uno al volarse tendría a dos organizaciones en contra, el Ejército lo buscaría a uno por un lado y ese movimiento (el M-19) por el otro lado". Entonces decidió hablar con sus compañeros de infortunio, y los cinco soldados tomaron la decisión de aguantar hasta cuando fueran liberados, sin intentar escapar.
La vida de los soldados, entonces, no corrió peligro en relación con la guerrilla. Pero sí pasaron momentos de verdadera angustia, al estar ubicados en sitios que eran objeto del acoso de su propia institución, el Ejército. El soldado Beltrán, el primer prisionero, tuvo que ser testigo de ocho cercos e igual número de combates. También estuvo cerca a la toma de Génova, en el Quindío. Y fue víctima de la acción de compañeros suyos de arma, que impidieron el arribo de Antonio Navarro Wolf con una comisión de la Cruz Roja, el 22 de mayo, a las montañas cercanas a Buga, para liberarlo. Un día después de este intento fue el atentado a Navarro en Cali, y el rescate de Beltrán se frustró. Beltrán continuó marchando por las montañas de la Cordillera Central desde el centro del Valle hasta el Cauca. No se sentía preparado: "Era muy duro marchar de noche, me caía me golpeaba, no estaba acostumbrado a trasnochar y me fallaba la vista". El dos de octubre fueron detenidos los demás soldados y se produjo el encuentro: "Me dolía verlos en mi misma situación, pero me sentía acompañado por fin". Los días transcurrieron, hasta que, ya en la zona de El Placer, Cauca, se les avisó que serían liberados por una comisión de periodistas. Vino entonces la reflexión final. ¿Qué ocurriría entonces? ¿el Ejército les seguiría consejo de guerra?, ¿querían continuar la carrera militar?, ¿y si en el curso de ella tenían que enfrentarse a estos hombres que los trataron humanamente...?
Los menos decididos a continuar son los tres soldados. Sólo desean que termine esta pesadilla, para poder culminar el servicio militar y obtener la libreta para regresar a sus hogares. Los suboficiales sí quieren seguir.
Para Iván Alarcón, "uno se siente incómodo con ropa civil. Sabemos que los guerrilleros también tienen familia, igual que uno, tienen sentimientos igual que uno, son humanos. Pero si me tocara enfrentarlos de nuevo, con la experiencia vivida creo que no bajaría tanto la guardia, no me quedaría tan difícil combatirlos. Y no lo dude, si me tocara, los combatiría de nuevo".

EDICIÓN 1879

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