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| 2/26/2002 12:00:00 AM

Crisis de confianza

La quiebra de Enron pone en entredicho la credibilidad de los mercados de valores de Estados Unidos y desata una tormenta política para Bush que apenas comienza.

Crisis de confianza Crisis de confianza
Cual es la verdadera situación financiera de los cientos de empresas que cotizan en la Bolsa de Nueva York? ¿Conocen los acreedores de estas compañías los auténticos riesgos de sus préstamos? Estas y otras preguntas se las hacen ahora los cientos de inversionistas de Wall Street, quienes tras la quiebra de Enron han perdido la fe en el mercado de valores estadounidense y en las instituciones que hacen parte de él.

Las principales agencias de calificación (Moody’s, Standard & Poor’s y Fitch) han empezado a tomar cartas en el asunto y han decidido cambiar las reglas de juego. El resultado puede ser una rebaja en cadena de la calificación de los bonos de múltiples compañías, que se enfrentarían a mayores dificultades para recaudar fondos precisamente en el momento en que más los necesitan.

La suspensión de pagos de la cadena de distribución Kmart hace un par de semanas, aunque tiene sus raíces en la dura competencia que existe en el sector del retail, (al por menor) se precipitó en parte por el nuevo celo con el que las agencias inspeccionan los estados de cuentas de las empresas. A principios de enero la calificación de los bonos emitidos por Kmart fue rebajada de forma abrupta por Moody’s tras tener dudas sobre la viabilidad financiera de la misma.

Al parecer las agencias calificadoras no quieren que se repita lo de Enron. En esa ocasión llegaron tarde para apagar el fuego. Cuando bajaron la nota y castigaron los bonos de la firma con el peor de los grados, ‘basura‘, la insolvencia de la séptima empresa más grande de Estados Unidos era irremediable. Se les acusó —como a tantas otras entidades financieras involucradas en el colapso de la energética de Texas— de imprevisión al no advertir a tiempo la mayor quiebra en la historia de Estados Unidos.

La quiebra

Enron, el mayor comercializador de electricidad y gas del mundo con base en Houston, Texas, desarrolló una hábil técnica para que sus balances reflejaran continuamente números positivos. A fin de cuentas Wall Street siempre se fija más en el valor de la acciones que en la verdadera salud económica de las firmas. Además el salario de muchos de los ejecutivos de Enron dependía de la cotización que alcanzara la compañía en la bolsa.

El afán por hacer dinero llevó a los ejecutivos de Enron a crear empresas en paraísos fiscales que eran ideales para esconder las deudas de la matriz. Y así pasaron los pasivos de Enron a sus filiales, jugando con los balances de resultados, moviendo dinero y cargando de números rojos a unas firmas para salvar a otras. La acción de la empresa se mantenía en bolsa cerca de sus cifras récords de 90 dólares y era una de las estrellas de los fondos de pensiones.

El principio del fin comenzó el 16 de octubre de 2001 cuando Enron reconoció un agujero de más de 600 millones de dólares de ingresos inflados que nunca tuvo. El grupo energético dijo que había “recalculado” las utilidades de los cinco años previos y encontrado que en realidad eran inferiores en 618 millones de dólares a lo que se había anunciado antes. Pasado este incidente Enron se evaporó en tan sólo seis semanas. Sus acciones se vinieron a pique y el 2 de diciembre, cuando se cotizaban en 67 centavos de dólar, se declaró en bancarrota.

La quiebra llevó a que una gran cantidad de inversionistas y empleados (que tenían invertidos sus fondos de jubilación en acciones del grupo) perdieran 63.000 millones de dólares. También resultaron damnificados los acreedores. Enron le debía al Citigroup 1.000 millones de dólares; a J.P. Morgan 450 millones de dólares y a Bank of America unos 100 millones. Según estimaciones las pérdidas totales para la banca de Estados Unidos por la quiebra de esta corporación ascenderán a unos 20.000 millones de dólares.

Además de los bancos, numerosas empresas también sufrirán las repercusiones de este descalabro. En los últimos años Enron no sólo se había convertido en el número uno del negocio de la energía sino también en un grupo de telecomunicaciones, inversiones, producción de papel, madera y seguros. Había firmado contratos con más de 28.000 clientes. Hoy esos clientes temen tener que arreglárselas solos en medio de este desastre. Esto afecta tanto a fábricas siderúrgicas y productores de vidrio como a centros comerciales y municipios.

Conflicto de intereses

Meses antes de que ocurriera la bancarrota, funcionarios de la firma Andersen (ex Arthur Andersen), la firma encargada de auditar las cuentas de Enron, sabían de las prácticas ilegales de la multinacional. Conocían cómo Enron escondía las pérdidas en sociedades mantenidas fuera del parámetro contable del grupo y nunca dijeron nada. Al parecer los ejecutivos de la firma auditora prefirieron quedarse callados y conservar un cliente que les aportaba decenas de millones de dólares al año.

Andersen ocupaba todo un piso de la sede de Enron en Houston. El año pasado la energética le pagó 25 millones de dólares por sus servicios de auditoría contable, pero también 27 millones de dólares por honorarios de consultoría. Este hecho ha puesto de nuevo sobre el tapete la discusión sobre si los auditores independientes son realmente autónomos y objetivos.

En los últimos años las cinco principales firmas del ramo —Kpmg, Andersen, Deloitte & Touche, PricewaterhouseCoopers y Ernst & Young— han empezado a depender más de su actividad como consultores que de sus tradicionales auditorías contables, lo cual suscita la pregunta de si ellos están en capacidad de ponerse firmes ante sus clientes.

Los críticos sostienen que los auditores pueden tener pocas ganas de enfrentarse con un cliente que puede aportar una parte importante de sus entradas y que por esa razón evitan presionar a los gerentes para que se ajusten a las normas contables. Por eso ahora se discutirá en Estados Unidos una norma que impide a las firmas auditoras prestar servicios de consultoría a los mismos clientes cuya contabilidad deben certificar. Esta disposición estuvo a punto de ser aprobada hace un año pero se cayó por el lobby que hicieron varias compañías (las de auditoría, entre ellas).

Durante décadas los contadores lograron convencer al público de que para la transparencia de la información financiera bastaba con que ellos bendijeran los libros de las corporaciones prácticamente sin ninguna supervisión. Pero ahora crece el escepticismo entre los inversionistas. Las artimañas de Enron y su auditor tampoco fueron advertidas a tiempo por la Supertintendencia de Valores Estadounidense (SEC por sus siglas en inglés), ni por las calificadoras de riesgo y los bancos de inversión. Por eso estos últimos también han quedado en el centro del debate.

El futuro

El colapso de Enron es el último y más estrepitoso de una serie de crisis relacionadas con la parte contable de empresas cotizantes en bolsa, como Waste Management, Cendant y Lucent Technologies. Muchas otras compañías, como Cisco Systems y AT&T, pasaron a pérdida miles de millones el año pasado, lo cual puso en duda sus previas declaraciones de ganancias.

Cada trimestre las firmas de Estados Unidos que cotizan en los mercados de valores informan sobre las ventas y las ganancias a los inversionistas. Una vez por año publican un informe más extenso que debe ser revisado por auditores independientes.

Durante dos generaciones la combinación de auditorías y control de la SEC fue considerada la mejor del mundo a la hora de darles a los accionistas un panorama de la salud financiera de las compañías. Pero el sistema está a punto de desmoronarse. Cada vez son más las quejas sobre empresas de la bolsa que manipulan sus resultados financieros. Esto, unido a la debacle de Enron y al papel que desempeñó su auditor en la estrepitosa caída, han abierto el debate sobre el futuro mismo de la actividad contable.

Tanto la SEC como los principales gremios de esta rama están de acuerdo en que deben realizarse profundas reformas a la manera en que se presentan los balances. Las normas actuales permiten hacer ‘conejo’ y no dejan ver la realidad financiera de las compañías.

También han comenzado a proponerse medidas que permitan disipar el temor de un nuevo Enron, como endurecer los controles sobre los auditores, separar las labores de consultoría y auditoría (para evitar futuros enfrentamientos de intereses) y rotar periódicamente las firmas externas que presten servicios de tipo contable a una empresa.

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