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| 1/1/1996 12:00:00 AM

CUANDO ESCRIBIR CUESTA

La apertura de la Boutique Montblanc en Bogotá es otra prueba de que existe una Colombia solo para ricos.

CUANDO ESCRIBIR CUESTA CUANDO ESCRIBIR CUESTA
EN UN PAIS EN EL CUAL SE ven cada vez más signos de ostentación y de boato entre los pudientes, faltaba quien pusiera la firma. Pero ese requisito ya se cumplió hace unos días en Bogotá cuando se inauguró la Boutique Montblanc, que alberga a los instrumentos de escritura más finos del mundo. La apertura de las puertas del nuevo almacén confirma que muchas cosas han cambiado en un país cuya clase dirigente se caracterizaba hasta hace poco por su pudor y relativa austeridad.
Pero la llegada de esta década ha demostrado que la liberación del comercio exterior sirvió para liberar también pasiones por los artículos de lujo. Los almacenes con exclusiva ropa de marca, los costosos automóviles importados y los restaurantes cuyos precios equivalen a los que se cobran en Nueva York o París, se han venido multiplicando en las principales ciudades colombianas.
Quizás esa fue la razón por la cual el país fue, después de Brasil, el segundo de América Latina en el cual se abre una Boutique Montblanc. Y es que estos instrumentos de escritura que se comenzaron a producir en Alemania a comienzos del siglo, forman parte del uniforme profesional de miles de hombres y mujeres de negocios en todo el mundo. "Montblanc es en escritura el equivalente a Hermes en corbatas, a Louis Vuitton en carteras y a Rolex en relojes", afirmaba hace poco una publicación norteamericana.
Como es de suponer, el nuevo almacén no se distingue por sus precios populares. El esfero más barato cuesta 150.000 pesos y a partir de ese punto se ofrecen plumas y lapiceros cada vez más costosos. La joya de la corona es el Solitaire Royal, un estilógrafo con centenares de brillantes que se fabrica por encargo y cuyo valor se acerca a los 100 millones de pesos.
"Vendemos a un precio alto, porque garantizamos calidad y exclusividad", le dijo a SEMANA Norbert Platt, el presidente mundial de la empresa. "Nuestros artículos son hechos a mano en Europa y simbolizan de alguna manera la cultura de ese continente", agrega.
Más allá de esa explicación, lo hecho por Montblanc forma parte de una estrategia global que han seguido otras firmas productoras de artículos lujosos. Durante muchos años esta empresa con sede en Hamburgo fue una compañía de tamaño modesto que desarrolló su producto bandera, el Meisterstuck, en 1924. Este es una pluma o un esfero en laca negra y punta dorada, en cuya tapa sobresale un punto nevado, en alusión a la montaña suiza que le da su nombre a la compañía.
Desde hace años, y en particular después de la Segunda Guerra Mundial, Montblanc había tomado el liderazgo entre los artículos finos para escritura. Sin embargo, a comienzos de la década pasada tuvo una rápida expansión después de que la casa alemana fuera adquirida por el grupo francés Vendome, dueño de marcas tan finas y conocidas como Cartier y Piaget.
Para 1990 se decidió hacer un cambio en la estrategia de distribución del producto, que tradicionalmente se vendía en las joyerías y relojerías finas y en los Duty Free de los principales aeropuertos. Aparte de esferos y estilógrafos la línea de productos se amplió hacia artículos de cuero y papel de escritura, bajo la misma concepción de calidad y, por supuesto, costo.
Como era difícil que un distribuidor tradicional tuviera el espacio para mostrar los nuevos productos, se decidió abrir las boutiques que comenzaron con un almacén que se inauguró en Hong Kong en 1990. El experimento resultó exitoso, pues ahora existen más de 40 en cerca de 15 países.
La entrada a América Latina fue bastante reciente. "En estos países hay buen crecimiento económico y una clase joven creciente que quiere símbolos de estatus", dice Norbert Platt. En el caso de Colombia el proceso tardó menos de un año y aunque se cree que el país es pequeño, como proporción del negocio mundial de Montblanc, "queremos estar en primera fila para aprovechar la buena marcha de la economía y las posibilidades de crecimiento", añade Platt. Eso demuestra que aunque el país sigue siendo pobre y atrasado, hay quienes piensan que tiene buenas posibilidades. La elitista firma Montblanc, lo dice por escrito.

DESCALABRO ECONOMICO
EN MEXICO, QUE ES UN país en donde los presidentes pasan de ser emperadores a simples plebeyos de la noche a la mañana, pocas veces había salido un jefe del Estado con la frente tan en alto. Transcurría el mes de diciembre de 1994 y a pesar de los problemas de orden público en Chiapas o del asesinato del candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio, Carlos Salinas de Gortari dejaba el poder con un inmenso prestigio, tanto a nivel local como internacionalmente.
Sin ir más lejos, Salinas era el candidato más opcionado para asumir la dirección de la Organización Mundial de Comercio y fue nombrado en la junta directiva del grupo Dow Jones, que publica el prestigioso diario The Wall Street Journal. El respeto que despertaba el ex presidente mexicano tenía que ver con sus logros en el campo económico. Tal como lo dijo una publicación en ese momento "Salinas logró que México saltara del tercer al primer mundo".
Los logros que se le reconocían al entonces gobierno saliente y a su equipo de tecnócratas estaban asociados con tres factores. En primer lugar, se había logrado disminuir la tasa de inflación, del 159 por ciento en 1987, al 7 por ciento en 1994. En segundo término, México estaba abierto al capital extranjero y había privatizado bancos, industrias y empresas de servicios públicos, cuyas acciones ya se cotizaban en los primeros centros financieros del mundo. Pero el factor más importante fue la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, que comenzó a operar el primero de enero de 1994. Con la entrada de México al bloque económico conformado por Estados Unidos y Canadá, el país azteca parecía estar destinado a un rápido desarrollo y a una mejora en el nivel de vida de cada uno de sus habitantes.
El sueño, sin embargo, duró poco. El 21 de diciembre de 1994 los observadores fueron sorprendidos con la noticia de que el nuevo gobierno había decidido devaluar el peso de manera abrupta. Menos de tres semanas después de que Ernesto Zedillo asumiera el poder había explotado la burbuja. Lo que siguió en las semanas siguientes fue una vaca loca que todavía corre de vez en cuando y dejó a muchos quemados en el camino. Después de que el polvo de los primeros días se asentó, los expertos lograron entender qué había ocurrido. Desde comienzos de la década la economía mexicana había comenzado a registrar saldos en rojo crecientes en su balanza comercial. En otras palabras, le estaba comprando al mundo mucho más de lo que le estaba vendiendo y para financiar el faltante había decidido endeudarse con papeles de corto plazo en los mercados internacionales. La acumulación de ese proceso hizo que con el correr de los meses la situación se volviera insostenible. En 1994, entre el saldo negativo en su balanza comercial y el pago de intereses de deuda, el déficit había llegado a 28.800 millones de dólares.
En un principio el gobierno de Salinas se limitó a apagar el incendio, girando contra las reservas internacionales del país que empezaron a caer en forma acelerada. Sin embargo, cuando el turno le llegó a Zedillo, los dólares estaban a punto de acabarse, hecho que motivó el aumento de precio de la moneda norteamericana . En esa oportunidad se supo que varios meses atrás se había recomendado hacer un pequeño ajuste en la tasa de cambio pero que Salinas y su secretario de Hacienda, Pedro Aspe, se habían negado. Fue esa la primera vez que el público comenzó a culpar al mandatario saliente de lo sucedido.
El ajuste que siguió a esa primera devaluación de la moneda ha sido durísimo para millones de mexicanos. La tasa de cambio, que hace un año estaba en 3,40 pesos por dólar, está en cercanías de los 8 pesos. La inflación proyectada para este año se acerca al 50 por ciento y la producción industrial debe caer casi un 7 por ciento. El desempleo se ha disparado y se estima que la economía se va a contraer un 6,5 por ciento. Las tasas de interés se dispararon hasta niveles cercanos al 70 por ciento anual y afectaron duramente a una clase media creciente que se había endeudado para comprar artículos de consumo y vivienda. Hay quienes estiman que el mexicano promedio está peor hoy que al comenzar la década.
Y las perspectivas no son las mejores. La meta oficial de crecimiento para 1996 es de 3 por ciento y se cree que la inflación puede llegar a 25 por ciento. En comparación los salarios, según el Pacto Social, deben subir 10 por ciento este mes y otro tanto en abril.
Quizás el único lado positivo lo muestra el sector externo. El déficit comercial y financiero del año pasado desapareció y las exportaciones aumentaron de 65.400 millones de dólares a 84.500 millones en apenas 12 meses. Tal circunstancia le ha permitido a muchas empresas sobreaguar la crisis y aprovechar a fondo las oportunidades en el mercado norteamericano. Esa es una de las razones por la cual la bolsa ha registrado alzas continuas en las sesiones más recientes. Gracias a la devaluación y a la creencia de que México va a tener con qué pagar sus deudas, los inversionistas extranjeros están regresando en busca de gangas.
Semejante noticia, sin embargo, le dice bien poco al hombre de la calle. Apaleados al cabo de un año en el cual han visto crecer el desempleo, subir el costo de vida y caer los salarios, los mexicanos no quieren oír hablar del primer mundo. Por ahora se contentan con tener de culpable favorito a aquel que, según ellos, empezó todo: Carlos Salinas de Gortari.

EDICIÓN 1879

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