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| 12/7/1987 12:00:00 AM

DOLAR EN BARRENA

Después de la crisis de Wall Street, empieza a verse quién paga los platos rotos

DOLAR EN BARRENA DOLAR EN BARRENA
Desde un comienzo se sabía que alguien tenía que pagar los platos rotos. Por eso, cuando la semana pasada se empezó a ver que el dólar perdía terreno ante las principales monedas del mundo, a nadie le quedó duda de que el billete verde iba a ser uno de los grandes damnificados de la crisis originada por el derrumbe de las principales bolsas de valores del mundo, durante el pasado mes de octubre.
En cuestión de días, la moneda norteamericana rompió records históricos de baja frente al marco alemán y el yen japonés, sus principales antagonistas. Mientras que hace unos dos años y medio era posible obtener 250 yenes y 3.25 marcos alemanes por cada dólar, ahora hay que contentarse con 135 yenes y 1.66 marcos alemanes. Aunque el verde venía bajando desde hace tiempo, el traspiés de la última semana alcanzó a ser de cerca del 10% frente al nivel de hace un mes.
Semejante disminución es una consecuencia lógica de los males sufridos por Wall Street y los demás mercados de valores del mundo. Los temores que existen sobre una posible recesión económica a gran escala, han conducido a que la baja del dólar sea una de las recetas escogidas para disminuir la presión.
La justificación de tal medicina está dada por los desequilibrios que sufre la economía de los Estados Unidos. Si se quiere evitar que el crack del 87 se vuelva la depresión del 88, los expertos han indicado que se requieren acciones conjuntas para disminuir el déficit presupuestal norteamericano y el saldo en rojo en la balanza comercial, estimado para este año en 170 mil millones de dólares.
Hasta ahora, el resultado, por el lado de los Estados Unidos, es mixto. La administración Reagan y el Congreso continuaron la semana pasada enfrascados en discusiones sobre la mejor manera de reducir en 23 mil millones de dólares el déficit presupuestal, que este año alcanzó los 148 mil millones de dólares. Mientras que la mayoría demócrata en el capitolio se inclina por una fórmula de aumento de impuestos y reducción de gastos, la Casa Blanca propone recortes en áreas como la de seguridad social considerada como sagrada por los congresistas. En opinión de los expertos, un acuerdo sobre el tema es definitivo para demostrarle al mundo que los Estados Unidos tienen la autodisciplina para adoptar cualquier medida, por dura que sea. En este caso particular, se cree que un menor déficit presupuestal disminuiría las necesidades de endeudamiento del gobierno federal y le daría más estabilidad a la política de tasas de interés y tasas de cambio.
Fue precisamente esta última la que sí comenzó a definirse. Días antes del 19 de octubre, más conocido como el lunes negro (fecha en la cual Wall Street dio su gran traspiés), el gobierno norteamericano había declarado que estaba dispuesto a defender el valor del dólar dentro del marco del conocido acuerdo del Louvre. Este, llamado así por una reunión efectuada en febrero pasado entre los ministros de Economía de las siete principales potencias occidentales, había decidido mantener el billete verde entre ciertos parámetros (1.90 a 1.80 marcos alemanes y 150 a 140 yenes japoneses) para darle estabilidad a los mercados.
Sin embargo, el acuerdo del Louvre entró bajo presión días antes del lunes negro debido a que, con los niveles fijados para el dólar, la balanza comercial norteamericana continuó en rojo. Para mantener el nivel del verde, la respuesta del Federal Reserve -Banca Central de los Estados Unidos- fue la de presionar un aumento en las tasas de interés. Estas, efectivamente, subieron y aunque el dólar se mantuvo, fueron una de las principales causas de la estampida vendedora de acciones del lunes negro.
Una vez pasada la borrasca de las acciones, la cosa empezó a verse diferente. Como resultado de la caída en los precios de los papeles, los ahorradores e inversionistas en la bolsa perdieron una suma cercana a los 800 mil millones de dólares de riqueza. Con semejante golpe encima, ahora la prioridad consistía en evitar una recesión económica. Esa decisión fue anunciada por la Casa Blanca la semana pasada. En una entrevista concedida al diario The Wall Street Journal, el secretario del Tesoro norteamericano, James Baker, indicó que lo más importante ya no era el dólar, sino el crecimiento económico del país del norte.
Fue ese razonamiento el que explicó los eventos de los últimos días. En contraposición a su política de septiembre, el Federal Reserve indujo una baja en las tasas de interés con el fin de estimular la inversión y el consumo y así evitar cualquier espectro de recesión. Como consecuencia, el jueves pasado la tasa preferencial de interés cobrada por los bancos norteamericanos se redujo hasta un 8.75% anual, un punto menos que hace un mes.
En respuesta, el dólar empezó un fuerte descenso. A pesar de exponerse al peligro de entrar en caida libre, la moneda norteamericana bajó con relativa suavidad y se acercó a niveles que, según los expertos, reflejan mejor las circunstancias del momento.
La caída del verde fue contemplada con cierta calma por las bolsas de valores. Aunque todavía no ha pasado el nerviosismo ocasionado por la debacle de octubre, la semana pasada no se vieron las salvajes variaciones en precios de los días precedentes.
Adicionalmente, los primeros días de noviembre sirvieron para mejorar el clima de cooperación internacional, que había estado nublado. En respuesta a presiones de Washington, tanto Alemania como Japón bajaron sus tasas de interés lo cual, sin duda, mitigó el descenso del dólar y apaciguó los temores sobre la depresión.
Ahora, queda por verse si ese esquema se mantiene y funciona. Los analistas insisten que con menores tasas de interés mundiales y un dólar más bajo está resuelta la mitad del problema. Para solucionar la otra mitad es necesario que los Estados Unidos recorten su déficit presupuestal y que Alemania Federal y Japón acepten estimular su tasa de crecimiento interno. Con esos cuatro elementos de por medio, se confía en que se resuelvan los desequilibrios y el fantasma de la gran depresión desaparezca.

EDICIÓN 1879

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