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| 2/22/2004 12:00:00 AM

El negocio de la cultura

La industria cultural en Colombia mueve al año 1,5 billones de pesos. Un estudio mide el impacto económico de sus principales actividades.

Muchos artistas prefieren no hablar de plata. Los economistas, en cambio, no hablan de otra cosa. Mientras los primeros se dedican a reflexionar sobre el valor simbólico de la cultura, los segundos la consideran una actividad marginal, alejada del frío mundo de los negocios y las cifras.

Un equipo de investigadores del Convenio Andrés Bello y el Ministerio de Cultura se dedicó durante cinco años a medir el impacto económico de las industrias culturales en Colombia. Los resultados muestran que la cultura no solamente aporta creatividad e identidad social, sino también plata. Más, incluso, que la que mueven sectores como el de la edificación o los servicios de hotelería y restaurantes.

Según el estudio, el negocio de la cultura en Colombia mueve anualmente 1,5 billones de pesos y participa con dos puntos porcentuales del PIB, es decir, del total de bienes y servicios que produce el país en un año. Para llegar a esta cifra, el estudio incluyó, además de las actividades culturales directas (como el cine, los libros o la música), todos los insumos y equipos que estas utilizan. Un sector como el editorial, por ejemplo, produce y vende libros pero también les paga a quienes los imprimen. Y estos a su vez son clientes de las empresas que fabrican papel. La televisión y la radio son las actividades que más dinero mueven dentro de las industrias culturales porque le llegan a un público masivo. Otras, como los libros, los discos y el cine, también contribuyen, aunque en menor medida, a la generación de riqueza. Para todas, la crisis económica de 1999 representó un fuerte golpe a su producción y a sus ventas. Muchos colombianos, al ver reducidos sus ingresos, dejaron de ir a cine o de comprar discos y libros durante la recesión. Y, al igual que otras industrias, la cultural ha sentido la reactivación en los últimos años.

Ponerle el signo pesos a la cultura es vital para que los gobiernos diseñen políticas adecuadas de fomento. También, para saber si los beneficios tributarios y los subsidios de los que gozan algunos sectores se ven reflejados, por ejemplo, en un mayor número de creaciones o más diversidad cultural.

SEMANA extrajo de la investigación los datos más relevantes de las tres actividades que suelen asociarse directamente con la cultura: los libros, los discos y las películas. Algunas cifras sorprenden y todas hacen evidente la necesidad de que los economistas le presten más atención a la cultura.

Libros

El promedio de lectura en el país es de menos de un libro por año por persona, mientras que en España es de 10 y en Inglaterra, de 12 libros. A pesar del esfuerzo de entidades como la Cámara del Libro, la Red de Bibliotecas Públicas y el Ministerio de Cultura, y de iniciativas como el Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas, Colombia sigue siendo un país de pocos lectores. En 2002, las ventas al mercado interno cayeron 21 por ciento, tendencia que viene de tiempo atrás. Hoy el sector está consciente de la necesidad de exportar para sobrevivir.

La industria editorial en el país comenzó a forjarse en la década de los 60, cuando se consolidaron las grandes empresas (Norma, Voluntad y Legis, entre otras). Este período coincidió con la fundación de la Cámara Colombiana del Libro, lo que permitió que por 20 años el sector se mantuviera estable y con un ligero crecimiento. En la segunda mitad de los 80 se crearon nuevas editoriales, y algunas extranjeras -españolas sobre todo- llegaron al mercado nacional.

Pero el gran boom de la industria editorial se dio durante los primeros años de los 90, cuando el sector vivió un crecimiento espectacular, al punto que se convirtió en uno de los más grandes de América Latina. Fue tan impresionante el crecimiento que en 1994 se imprimieron más de 42 millones de ejemplares y se publicaron casi 6.000 títulos: en ese entonces el mercado interno facturó 165 millones de dólares y el valor de las exportaciones fue de 85 millones de dólares.

En los últimos años, sin embargo, la industria editorial ha sufrido una fuerte caída. Esto resulta paradójico teniendo en cuenta que cada vez hay más oferta y más interés por la lectura. La explicación que da el estudio consiste en que la venta de libros depende de dos factores complicados: la educación y el ingreso. Esto causó una fuerte disminución del número de editoras. En 2001, el consumo de libros editados en Colombia fue de 340 millones de pesos y el total de importaciones, de 250 millones. Los libros más solicitados fueron los didácticos y los de superación personal. En cambio, la venta de libros de ficción y de literatura (poesía y ensayo) bajó: mientras en 1994 se vendieron 15 millones de ejemplares, en 2000 se vendieron menos de siete millones. Claro que este mercado tiene pequeños auges debido a la publicación de autores reconocidos que tienen una demanda asegurada. Es el caso de los llamados best sellers, como ha ocurrido en estas semanas con El código Da Vinci.

El estudio concluye que si bien es difícil que la demanda interna de libros se reactive, el panorama para la industria editorial es positivo porque ha logrado entrar exitosamente en los mercados externos. La competitividad de las editoriales e imprentas nacionales, en calidad y precio, les permite ser un fuerte competidor en la región. El 82 por ciento de las exportaciones son a países de habla hispana, entre los que México es el principal comprador, seguido de Venezuela, Ecuador, Brasil y Estados Unidos.

Música

Tan radical como el paso de los viejos discos de vinilo a los discos compactos ha sido la transformación de la industria musical colombiana. La investigación del Convenio Andrés Bello encontró dos hechos que en los últimos 10 años cambiaron el panorama del negocio en el país.

En primer lugar, la llegada de las grandes productoras mundiales. Seis compañías que dominan el 80 por ciento del mercado de la música en todo el mundo -Sony, Polygram, Warner, BMG, Thorn-EMI y MCA- se consolidaron en Colombia a comienzos de los 90, en plena apertura económica y con la aparición de los discos compactos. Las ventas de música grabada pasaron de 7 a 21 millones de unidades entre 1991 y 1997. Durante ese período, los ingresos del sector crecieron casi 50 por ciento cada año, por encima de la inflación.

El negocio se volvió global debido a que la música dejó de venderse solamente en discos y comenzó a integrar otros medios como la televisión, los videos, las películas e Internet. Las grandes productoras que hacen parte de conglomerados dedicados al entretenimiento aprovecharon su alcance para llegar a otros países y ampliar sus mercados.

Las empresas nacionales como Discos Fuentes, Sonolux y Codiscos enfrentaron la nueva competencia con relativo éxito. Aunque al principio perdieron una tajada del mercado, desde 1998 han mantenido una participación cercana del 37 por ciento, contra el 63 por ciento de las productoras extranjeras.

La llegada al país de las multinacionales no significó una drástica disminución en la oferta de canciones de autores e intérpretes colombianos. Entre 1991 y 2001, la participación del repertorio nacional en el mercado colombiano pasó de 48 a 41 por ciento, y en Latinoamérica se ha mantenido en niveles cercanos al 50 por ciento. Las disqueras internacionales buscan aprovechar los gustos musicales propios de cada país, que, como en el caso del vallenato, representan una importante fuente de ingresos.

El segundo hecho que cambió el panorama de la industria fonográfica es la crisis en la que entró desde 1998. La posibilidad de copiar discos compactos, el acceso gratuito a todo tipo de música por Internet, los altísimos niveles de piratería y la recesión económica fueron los detonantes de esta debacle. La venta ilegal de discos representa en Colombia, según el estudio, cerca del 60 por ciento del total, algo estrechamente relacionado con el nivel de ingresos de los colombianos, cuya principal motivación para comprar discos piratas son los precios más bajos.

En los últimos años, el número de unidades vendidas se redujo anualmente a un ritmo del 23 por ciento y la facturación cayó en promedio 33,5 por ciento cada año. Esto ha llevado a las casas disqueras a no invertir en nuevos artistas, pues prefieren asegurar las ventas con géneros e intérpretes conocidos.

Son muchos los retos que enfrenta la industria musical en Colombia y en todo el mundo. Los principales corren por cuenta de los avances tecnológicos y la piratería. Sólo en Colombia, la industria discográfica pierde 70 millones de dólares como consecuencia de las producciones de discos ilegales o piratas, según la Unidad Nacional de Fiscalía Especializada en Delitos contra la Propiedad Intelectual y las Telecomunicaciones.

Cine

Los héroes de las películas colombianas son quienes las producen. Las dificultades que enfrentan al competir con las millonarias producciones extranjeras, en particular las estadounidenses, se ven reflejadas en las cifras. Según el estudio del CAB, apenas 3 por ciento de las películas que se exhiben en las salas de cine del país son nacionales. Mientras a finales de los 70 se producían en Colombia entre 11 y 12 películas anuales, en los últimos años el número de producciones colombianas se ha reducido a cinco.

Una de las causas del drama que ha vivido la industria cinematográfica nacional, dice el estudio, es la forma equivocada como los gobiernos han intentado promoverla. La experiencia de Focine, entidad que se liquidó en 1992, permitió en su momento elevar el número de producciones, algunas de ellas con buenos resultados de taquilla, pero no consiguió articular una verdadera industria. Los esfuerzos se concentraron en la producción de películas y descuidaron actividades clave como la comercialización, la publicidad y el acceso a otros países. Con la aprobación de la ley del cine, en julio de 2003, se espera corregir esos errores y dar mejores condiciones de financiación a quienes se lanzan a producir películas en Colombia.

El siguiente eslabón en la cadena es la distribuición. En Colombia, 63 por ciento de los títulos que se estrenan son comercializados por tres empresas: Buenavista Films, United Pictures International y Cine Colombia, que tiene participación de la compañía Time-Warner. El predominio de los distribuidores estadounidenses se debe a que estos comercializan las películas de ese país, que son a su vez las de mayor demanda en Colombia.

La última etapa para que una película llegue a los consumidores es la de exhibición. El número de espectadores en salas de cine bajó de 26 a 18 millones anuales entre 1990 y 2002. El número de pantallas también se redujo, al pasar de 1.085 a 302 en ese mismo período. A este descenso, dice el estudio, ha contribuido la entrada paulatina de nuevos formatos para ver las películas: desde los videos caseros hasta la televisión por suscripción. Por otro lado, desde que en 1988 el gobierno decidió liberar los precios de las boletas, las salas de cine buscaron aumentar sus utilidades atrayendo a espectadores de estratos altos, en las grandes ciudades, con mejor calidad pero también con mayores precios. Eso restringió el acceso de estratos medios y bajos a los cinemas, que en otras épocas eran espectadores habituales.

Con estas debilidades y frente a las negociaciones de libre comercio que adelanta el país, la protección del gobierno al cine colombiano se hace más necesaria que nunca. La estrategia de las industrias de entretenimiento en países como Estados Unidos es captar mercados externos. En Colombia, las películas extranjeras ya ocupan la mayor parte de las salas de cine. Que le quede algún espacio a la industria nacional dependerá de que el gobierno y el sector privado la conviertan en un negocio viable.

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