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| 9/22/1986 12:00:00 AM

ENFANT TERRIBLE

El joven asesino del capitán Macana y sus antecedentes criminales, causan estupor en el país.

ENFANT TERRIBLE, Sección Economía, edición 225, Sep 22 1986 ENFANT TERRIBLE
No tendría nada de raro que en la avenida 127 de Bogotá apareciera próximamente un letrero que diga "¡Peligro! Asesinos en la vía". Hace casi 28 meses fue asesinado el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla cuando transitaba por ella en dirección a su casa. No hace todavía un mes cuando, a escasos metros de donde sucedió el magnicidio, fueron acribillados a tiros el magistrado Hernando Baquero Borda, un guardaespaldas suyo y un obrero que casualmente pasaba por ese sector. Y el domingo 17 de agosto los asesinos a sueldo cobraron otra víctima en la misma calle y a pocas cuadras de donde se levanta el busto en honor de Lara Bonilla. Se trataba de un capitán de la Policía, Luis Alfredo Macana, dedicado a las labores antinarcóticos.
Los tres crímenes, de acuerdo con las investigaciones hechas por la Policía, tienen algo en común: han sido obra de las bandas de narcotraficantes. Pero lo más sorprendente era lo que tenían en común por lo menos dos de los asesinatos: las características de los sicarios.
En el caso de Rodrigo Lara Bonilla, el país quedó horrorizado cuando se hicieron públicas las fotos de quien conducía la moto desde donde se le dio muerte al entonces ministro de Justicia. La cara de niño de Byron de Jesús Velázquez dejaba boquiabiertos a quienes trataban de enterarse de cuáles fueron los criminales. Pero la fotografía del asesino del capitán Macana sí batía todos los récords. No parecía tener más de 12 años, aunque la prensa informaba que tenía 16 y Medicina Legal aseguraba que tiene 18. Su nombre es Carlos Fernando Triana Ramírez y en realidad tiene 18 años. Nació el 23 de noviembre de 1967 en Nocaima, Cundinamarca y no se ha caracterizado justamente por ser un buen muchacho, según cuenta su propia madre, doña Esmilda de Triana. "El no paraba aquí en la casa y no quiso estudiar sino hasta cuarto de primaria", dice llorando doña Esmilda. Desde los 14 años decidió irse de la casa pero desde mucho antes había escogido su camino: "Andar con malas compañías", afirma su madre.
Hace algunos meses en un billar del pueblo le quitó la cabeza de un machetazo a un compinche suyo delante de todo el mundo. Estuvo preso por este motivo y a finales de abril de este año se escapó de la cárcel. Hoy en el Juzgado Promiscuo Municipal de Nocaima cursan dos procesos en su contra: asesinato y fuga de presos.
A pesar de su cara de niño tiene la frialdad como para responder cínicamente a las preguntas y demuestra que sus habilidades en el mundo del crimen no son muy nuevas.
En un principio cuando la Policía lo detuvo luego de que disparó cuatro veces contra el capitán Macana, aceptó su culpabilidad y confesó todo respecto de la autoría intelectual del asesinato. Dijo que Miro (o Emiro) Cifuentes lo trajo desde Nocaima en motocicleta y le había dado las instrucciones precisas para acabar con la vida del capitán Macana, luego de ofrecerle 100 mil pesos por el "trabajito". La versión inicial indicaba que Cifuentes lo había llevado hasta el mismo sitio en que se encontraba el oficial y, una vez que vieron la oportunidad, Carlos Fernando Triana se bajó de la motocicleta y le disparó.
Esta versión la mantuvo durante algunos días y la repitió exactamente igual a varios de los periodistas que lo entrevistaron. Sin embargo, el viernes 22 había cambiado todo. Cuando algunos de los mismos periodistas que lo habían interrogado, volvieron a visitarlo, les aseguró que a ellos no los había visto nunca y su versión sobre los hechos había cambiado sustancialmente. Ahora, afirmaba que él no tenía nada que ver con el crimen y que simplemente había venido a Bogotá a comprar una grabadora. Sostenía que al quedarse dormido en el bus en que viajaba fue a dar a la calle 127 en donde supuestamente buscaría un bus de regreso. Al oír los disparos, según dice ahora, salió corriendo porque se asustó y la Policía lo cogió. Respecto de la primera versión que había dado, dijo que lo había hecho bajo presión y trataba de reforzarlo mostrando algunos moretones en su cuerpo, asegurando que había sido obra de la golpiza que le dio la Policía para que aceptara la culpabilidad.
La forma como decía ahora las cosas dejaba a los periodistas la impresión de estar frente a un completo monstruo. La arrogancia que exhibía y la mirada desafiante que utilizaba hizo escalofriar a los televidentes que lo veían en su nueva tónica.
La culpabilidad en relación con la autoría material no parece estar en duda, como tampoco parece quedar ninguna duda sobre la nueva táctica de los asesinos: contratar sicarios adolescentes.






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