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| 6/15/2003 12:00:00 AM

Haciendo fila

El acuerdo de libre comercio con Estados Unidos que pide el gobierno colombiano no traería tantos beneficios económicos como se cree.

El 'Plan B' del gobierno de Alvaro Uribe en materia de comercio exterior ha terminado por convertirse últimamente en su 'Plan A'. En principio la prioridad de Colombia en el frente comercial es el Area de Libre Comercio de las Américas (Alca) que, según la retórica oficial, se debería terminar de negociar en 2005. Pero como este acuerdo es tan enredado, y hay buenas razones para pensar que no se van a cumplir los plazos,el gobierno colombiano se la está jugando cada vez más por su estrategia alternativa: negociar directamente con Estados Unidos, siguiendo el ejemplo de Chile, que firmó un tratado de libre comercio (TLC) con ese país el pasado 6 de junio.

La semana pasada el jefe de la cartera de Comercio de Colombia, Jorge Humberto Botero, viajó a Washington a mover sus fichas. En su agenda tenía una reunión preparatoria de la próxima cumbre ministerial del Alca y también un encuentro con su homólogo estadounidense Robert Zoellick. Un comunicado de la Casa de Nariño expedido días antes del viaje dejó en claro el propósito de la visita: insistir en un TLC con Estados Unidos.

Ya antes Alvaro Uribe le había expresado su deseo de negociar un acuerdo bilateral al presidente George W. Bush, solicitud que este último había esquivado amablemente diciendo que su prioridad sigue siendo el Alca. La semana pasada no le fue mucho mejor al ministro Botero, pues la reunión con Zoellick fue aplazada para julio próximo y el gobierno estadounidense reiteró que su prioridad es el Alca.

La insistencia de Uribe tiene varias motivaciones. La primera de ellas es que el Atpa, el tratado unilateral de preferencias arancelarias para los países andinos que está vigente desde fines del año pasado, se vence en 2006. Se supone que en esa fecha deberá estar listo el Alca. Como este último podría demorarse, no obstante, el gobierno colombiano teme quedarse sin las preferencias actuales en 2006. Este afán era de alguna manera predecible, pues el gobierno de Estados Unidos calculó muy bien la fecha de terminación del Atpa para asegurarse que los andinos estuvieran interesados en empujar el acuerdo continental del Alca.

El gobierno colombiano también insiste en el TLC porque sabe que cumple muchas de las condiciones que exige Estados Unidos para firmar este tipo de acuerdos. Esto pasa por apoyar la lucha contra el terrorismo, tener una base productiva que complemente la de Estados Unidos y una buena aceptación en el Congreso norteamericano, que debe refrendar los acuerdos. Todas son condiciones que Colombia podría cumplir. Pero el hecho de que el acuerdo parezca viable no asegura que sea deseable. Por eso el gobierno colombiano argumenta que el acuerdo no sólo es posible sino que es bueno. Porque genera confianza, estabilidad, y sobre todo certidumbre de que Colombia va a seguir teniendo acceso al mercado de Estados Unidos, cosa que es indispensable para que haya inversión.

Quienes abogan por un acuerdo bilateral con el país del norte señalan el caso de México, que duplicó sus exportaciones y tuvo un crecimiento económico espectacular después de ingresar al Nafta. El problema es que muchas cosas han cambiado desde cuando México firmó su acuerdo, y por eso hoy en día las condiciones serían muy distintas para un país que, como Colombia, decidiera seguir el mismo camino.

Lo primero que hay que recordar es que la gracia de un acuerdo de comercio está en ser el primero. Durante 10 años México tuvo un acceso privilegiado al mercado estadounidense, pero lo más importante, era el único en tenerlo. Todo el que quisiera establecerse en un país de mano de obra relativamente barata para exportar a Estados Unidos no tenía opción distinta de México. Hoy en día un potencial inversionista podría elegir entre muchos países.

Además del Nafta, Estados Unidos tiene acuerdos de libre comercio con Israel y Jordania y acaba de firmar otros dos con Chile y Singapur, que están pendientes de aprobación en el Congreso. Pero además está negociando acuerdos similares con Marruecos, cinco países de América Central, otros cinco del sur de Africa y Australia. De hecho, hay quienes dicen que una de las razones por las que el gobierno estadounidense quiere aplazar la decisión sobre un acuerdo con Colombia es que no tiene negociadores. Están todos ocupados.

De manera que Colombia ya está muy atrás en la fila de los países que buscan un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. El día que lo logre, entonces, ya no tendrá la exclusividad que tuvo México y por eso le tocará competir con muchos otros para entrar al mercado del norte. La inversión extranjera que suele acompañar estos acuerdos se repartirá entre muchos destinos y es probable que a Colombia no le toque mucho dados los problemas de seguridad. Además hay que recordar que cuando entró en vigencia el Nafta la economía de Estados Unidos estaba disparada y había un boom de inversión, cosa que magnificó los efectos de ese acuerdo en México.

Más allá de esto, hay que recordar que a medida que avanza la apertura comercial en el mundo se van erosionando las ventajas de las preferencias arancelarias exclusivas. Esto es, de hecho, lo que está ocurriendo con las confecciones colombianas, que ahora están en auge por efecto del Atpa. Ocurre que desde 1995 los países signatarios de la OMC empezaron a aplicar el acuerdo de textiles y vestuario (ATV) para desmontar gradualmente las cuotas a la importación de confecciones. En 2005, cuando se termine de aplicar el ATV, se habrán eliminado casi todas las barreras para la importación de confecciones a Estados Unidos. En ese momento los empresarios colombianos deberán competir de frente con los asiáticos, con una diferencia muy grande. Mientras en el país la mano de obra tiene un costo de 1,5 dólares la hora en China esta cifra es de 25 centavos.

Esto no quiere decir que se vaya a acabar el mundo. Los confeccionistas colombianos tienen muy claro que su ventaja estará en la cercanía y en la prontitud de sus entregas, pero aún así la competencia será dura. Nuevamente, una mirada al caso mexicano ilustra las cosas. En ese país entre enero de 2001 y diciembre de 2002 se perdieron 230.000 empleos de la industria maquiladora (de un total de 1,3 millones de empleos). Muchas industrias se trasladaron precisamente a China, país que este año probablemente desplazará a México como la segunda fuente de importaciones de Estados Unidos después de Canadá.

A Colombia no le quedan muchas alternativas en materia comercial. El Alca camina muy lento y las negociaciones de la OMC, que son la única esperanza de desmontar los subsidios agrícolas de los países desarrollados, están en un punto muerto. En esas condiciones un acuerdo con Estados Unidos aparece como una alternativa que ofrece algunas ventajas, pero no sería ni la sombra de lo que fue el Nafta para México.

EDICIÓN 1893

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