Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 12/19/2004 12:00:00 AM

La economía subterránea

Detrás del debate sobre los vendedores ambulantes que marcó 2004, hay un problema enorme de la creciente informalidad en Colombia.

La economía subterránea De cada 100 personas con trabajo, 60 están en el sector informal de la economía. Aunque el comercio callejero es la cara más visible de la informalidad, ésta abarca mucha otras actividades.
En la esquina de la carrera sexta con calle 12, al lado de la Universidad del Rosario en pleno centro de Bogotá, tres vendedores ambulantes pregonan a gritos sus productos y baratijas. Rogelio viste saco de lana y sudadera verde, nació en La Dorada, Caldas. Vive en un barrio pobre al sur de Bogotá, desde donde se desplaza diariamente hacia el centro de la ciudad para vender frutas en la calle en un carrito de ruedas con carpa. Llegó a la capital hace 20 años. "Yo vine a los 17 años a buscar empleo, porque en mi pueblo no había. Primero llegué con una prima. Hice varios trabajos, pero nunca en una empresa", dice, mientras rodean el carrito un puñado de estudiantes que esperan pacientes el vaso con mango biche y sal.

A su lado está Dalia, cuyos tamales son famosos en esa parte del centro capitalino. Es una joven casada y madre de dos pequeños. Nació y se crió en el campo, aunque sus modales son refinados. La madre de Dalia aprendió a hacer tamales de su abuela, y ahora ella los hace con sus hijos. Trabaja desde las 11 de la noche hasta las 2 de la madrugada haciendo los tamales y luego los vende desde las 6 de la mañana hasta las 12 del día. "Aquí hay que llegar temprano -dice-. Cada uno tiene su lugar pero hay días en que, como somos tantos, llegas y te encuentras con que ya te lo ganaron y entonces tienes que pelearte para ganar otro espacio. Y eso no está bien para el negocio, tus clientes no te encuentran".

Finalmente está Marcos, que nació en Bogotá. Vende videos 'piratas' de los estrenos más recientes de películas. Tiene una expresión cansada pero sus ojos se mueven rápidos de un lado a otro de la cuadra, en espera de que una moto de la Policía haga su aparición. Todos los días vende copias 'piratas' de discos compactos con los últimos éxitos de los cantantes de moda. También ofrece mercancía que se adapta a las necesidades del clima. En días de lluvia vende paraguas y en días calurosos, gafas de sol. Pero uno de los productos más populares, dice Marcos, son las películas en video. "Mira ésta", señala mostrando la cinta infantil recién estrenada El espantatiburones, por cuyo estuche a primera vista nadie sospecharía que se trata de una copia ilegal. "Si vas a la tienda no la encuentras, porque las películas tardan en salir a la venta. Pero digamos que ya salió... te costaría 60.000 pesos, explica. Si vas a alquilarla -continúa-, valdría 7.000 pesos y la tienes que regresar al día siguiente. Yo te la vendo en 4.500 pesos y es tuya para siempre". Y la gente no se resiste ante semejante oferta. Los clientes no paran de llegar y la mercancía de Marcos parece agotarse rápidamente.

Los tres ganan poco y se exponen a que la Policía los corra a palo cada rato o les decomise la mercancía. Sin embargo, no tienen muchas alternativas. De cada 100 personas con trabajo, 60, como Rogelio, Dalia y Marcos, están en el sector informal. Son tres de cada cinco colombianos económicamente activos que trabajan en la economía informal o economía subterránea, como se le conoce en otros países. Esto es, más de cuatro millones y medio de informales en las 13 grandes ciudades colombianas.

Los trabajadores informales son principalmente quienes laboran por cuenta propia y los empleados familiares que no tienen remuneración. Los primeros no son otros que los vendedores ambulantes y todos aquellos dedicados al rebusque. Los segundos, tal y como su nombre lo indica, están vinculados a negocios familiares (tiendas, talleres, pequeños almacenes). A ellos se suman los empleados del servicio doméstico, como jardineros, conductores y las empleadas en sí.

Se trata del sector de la economía que no aparece en las estadísticas oficiales. Las transacciones se llevan a cabo en efectivo y no se pagan impuestos. No existen las facturas, ni tampoco las declaraciones de renta. La mayoría de trabajadores, por su condición de informalidad, no tienen acceso a ningún servicio de seguridad social: no contribuyen ni al régimen de salud ni están afiliados al sistema general de pensiones. Por eso es un fenómeno tan difícil de cuantificar. No hay registros y nadie los va a proporcionar, pues dejarían de ser informales.

Aun cuando es imposible de medir con exactitud, existen estudios que arrojan luz sobre el tamaño de este fenómeno en Colombia. Según un reciente estudio del Banco Mundial, la economía informal representa el 39 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) del país, uno de los porcentajes más altos de América Latina, sólo comparable con Brasil (40 por ciento) y Perú (60 por ciento). El peso de esta economía paralela oculta es posiblemente mayor aún, si a la economía informal se suman actividades ilegales como la venta de drogas, el contrabando o la prostitución.

Aunque el comercio callejero es la cara más conocida de la economía informal, ésta abarca muchas otras actividades, tales como la industria, los servicios, la construcción o el transporte.

Nelson, por ejemplo, está en el negocio de la comercialización ilegal de servicios de telefonía móvil desde hace ya varios meses. Después de cinco años de trabajo como mensajero en una empresa de confecciones, perdió su empleo en junio de 2001. Tras pasar hojas de vida en más de 50 empresas, se resolvió a trabajar en la calle, concretamente en el cruce de la calle 72 con carrera séptima, en Bogotá. Como cualquier trabajador formal, Nelson abre a las 7 de la mañana su 'oficina', que no es más que un teléfono en la mano y un improvisado letrero que cuelga del cuello en el que se ofrecen llamadas celulares a 400 pesos el minuto, mientras un minuto legal puede costar alrededor de 800 pesos.

La construcción de vivienda es otro caso en el cual la actividad informal tiene un enorme peso. Según Metrovivienda, entre 35 y 40 por ciento de la vivienda del país es informal. Sólo en Bogotá, cada año se construyen 160 hectáreas ilegales, un negocio que les deja a los urbanizadores piratas unos 140.000 millones al año. Aunque son viviendas que pueden llegar a costar menos de la mitad de lo que vale una vivienda legal, son lotes sin servicios públicos ni vías de acceso.

En el caso del transporte, la existencia de buses piratas y más recientemente de bicitaxis y mototaxis ha agravado la informalidad. En Bogotá se calcula que uno de cada tres buses es pirata, esto es, andan por las calles de la ciudad sin licencias de operación de las rutas. En ciudades como Cartagena, Cartago o Sincelejo están proliferando los mototaxis y bicitaxis, que transportan a la gente de puerta en puerta a un bajo costo, con más riesgos que ventajas para los pasajeros y peatones. En ambos casos, los conductores de estos vehículos, para hacerse al salario mínimo, trabajan largas jornadas y participan de la guerra del centavo, lo que aumenta los niveles de accidentalidad.

Pero definitivamente la mayor participación de la economía informal está en el comercio. Según expertos, sólo en Bogotá se mueven diariamente en sus calles 1.900 millones de pesos por ventas ambulantes, de manos de un ejército de 130.000 informales dedicados al oficio del rebusque. Se trata de una población que crece de forma exponencial. Un estudio de la Contraloría Distrital pronostica que para el año 2010 habría 260.000 personas deambulando por las calles capitalinas, vendiendo toda clase de productos. De ahí que los vendedores ambulantes se hayan convertido en un tema central del debate público en Bogotá en las tres últimas administraciones.



Economía de bazar

¿A qué se debe la proliferación de tantos negocios informales? En primer lugar, a la difícil situación económica. No sorprende encontrar vendedores en cada esquina cuando, según el Dane, 60 por ciento de la población vive en la pobreza absoluta y 11 millones de colombianos, con ingresos menores de un dólar al día, ni siquiera para el más mínimo nivel de nutrición. En las zonas rurales la pobreza alcanza 80 por ciento y la indigencia, 60 por ciento.

En segundo lugar, a la falta de puestos de trabajo y a la dificultad para conseguir un empleo. Para la muestra un botón: los hombres mayores de 45 años duran más de dos años buscando empleo sin encontrarlo, según datos del Pnud y el Ministerio de Protección Social. Al desempleo hay que sumar el enorme problema social que se desprende del ingreso de desplazados que huyen de la violencia en otras partes del país y cuya más dramática expresión se ve en los semáforos de las ciudades.

En tercer lugar, la informalidad prolifera por el alto costo de la legalidad. Según un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Cámara de Comercio, cerca del 50 por ciento de las empresas que operan en Colombia pertenecen al sector informal debido al exceso de regulaciones, trámites y procedimientos que exige la formalización de la actividad económica. En Colombia y en casi toda Latinoamérica, una persona que quiera montar su propio negocio necesita dedicar semanas, si no meses, a conseguir permisos y licencias en una multitud de oficinas públicas diferentes, además de tener que pagar bajo la mesa a una serie de funcionarios corruptos para 'agilizar' la tramitación.

Tal vez el cuento más influyente en este sentido es el que ha echado con tanto éxito el economista peruano Hernando de Soto, quien preside el Instituto Libertad y Democracia en Perú, considerado por The Economist el segundo think-tank más importante del mundo y por la revista Time, uno de los cinco mayores innovadores del siglo XX en América Latina. Según de Soto, la informalidad no prolifera por el desempleo o la pobreza. Existe debido a los altos costos que implica empezar, operar y salir de una empresa, y a los altos impuestos que las empresas deben pagar al fisco. Estos costos estimulan a los individuos a permanecer en la informalidad.

Aquí está la mayor paradoja. Parece que la informalidad beneficia a los más pobres, pero realmente los condena, a ellos y a la sociedad entera, a una condición de subdesarrollo. En la informalidad se crean incentivos para mantenerse sin invertir y sin crecer, pues en la medida en que a los negocios les comienza a ir bien y logran acumular capital, les resulta más difícil permanecer en la clandestinidad. Las empresas, en su afán por no ser descubiertas, dividen su operación en pequeñas unidades, lo cual les impide tener economías de escala. Esto crea una trampa en la que se mantiene la baja productividad de la economía.

Hay otro costo que tampoco se puede pasar por alto. Se trata de la cultura de falta de respeto a las leyes. Nadie en la informalidad piensa en el cumplimiento de la ley como una condición para la convivencia. Más bien son los sobornos, la corrupción o la violencia, los métodos que permiten la organización de los informales. Si bien la venta en los semáforos y andenes es el modo de subsistencia de miles de desempleados y desplazados que sin esa actividad caerían en un desamparo absoluto, en varias ocasiones se ha reportado la existencia de mafias organizadas de intermediarios que reparten mercancías y que controlan las calles de zonas enteras donde deciden quién y qué se vende. Son numerosos intereses los que se ocultan tras las caras de los vendedores ambulantes, a quienes dichas mafias no les brindan ni seguridad social ni garantías laborales.

No está probado que las ventas ambulantes sean para los ciudadanos más pobres. Detrás de los vendedores ambulantes, por ejemplo, hay una red de distribución que conecta a empresas formales con piratas. Empresas de telefonía móvil, de paletas y helados, de golosinas y de cigarrillos, periódicos y loterías, sustentan una parte importante de su producción en las ventas callejeras. Con el agravante de que ahora los vendedores ambulantes cuentan con uniformes y equipos sofisticados con marcas de importantes empresas que hacen más atractivo el rebusque. Estos empresarios, además, al tomarse el espacio público, no pagan alquiler, ni impuesto predial, ni servicios públicos.

Se trata de una cuestión compleja que no debe limitarse al problema de la apropiación del espacio público o al tema del desempleo y el derecho a la supervivencia. Aunque en diferentes ciudades del país se han destinado recursos para proyectos comerciales como casetas populares, es una verdad de a puño que para muchos informales la calle sigue siendo más atractiva. Mientras tanto, el desempleo y la pobreza siguen en ascenso.

* Editora económica de SEMANA

VIDEOS MÁS VISTOS

  • Las risas que provocó el discurso de Trump en la ONU

    Las risas que provocó el discurso de Trump en la ONU

    close
  • "La creatividad no se puede comprar, se adquiere invirtiendo en educación"

    "La creatividad no se puede comprar, se adquiere invirtiendo en educación"

    close
  • El abecé del duquismo

    El abecé del duquismo

    close
  • "Creemos que incluso en los negocios, vivir feliz es muy importante'

    "Creemos que incluso en los negocios, vivir feliz es muy importante'

    close
  • Colombianos en Harvard: "para llegar acá no hay que ser genio"

    Colombianos en Harvard: "para llegar acá no hay que ser genio"

    close
MÁS VIDEOS

EDICIÓN 1896

PORTADA

El dosier secreto de las Farc

SEMANA revela explosivos detalles del más completo informe realizado sobre la historia, finanzas y los crímenes de la desmovilizada organización guerrillera.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en SEMANA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción, por favor ingrese la siguiente información:

O
Ed. 1899

¿No tiene suscripción? ¡Adquiérala ya!

Su código de suscripción no se encuentra activo.