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| 8/1/2004 12:00:00 AM

La traición de Estados Unidos

El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz hace una feroz crítica a la forma como el gobierno de Bush negoció los tratados de libre comercio con Chile y Marruecos. Dice que sólo persiguió sus intereses en detrimento del aliado más pobre. SEMANA reproduce su artículo publicado en 'The New York Times'.

La traición de Estados Unidos Joseph E. Stiglitz
Estados Unidos y Marruecos firmaron el mes pasado un acuerdo bilateral de libre comercio. El gobierno Bush no ha dejado de alardear de que dicho tratado ejemplifica la manera como su política económica permite construir nuevos lazos y amistades alrededor del mundo, lo cual resulta de capital importancia en momentos en que la política exterior norteamericana deja mucho que desear. Se supone que la firma de esos acuerdos comerciales muestra nuestra generosidad hacia los gobiernos moderados, nuestro deseo de ofrecer una recompensa (en lugar del proverbial palo) a todos aquellos que se comporten razonablemente.

Lamentablemente, en la negociación de los acuerdos comerciales con Marruecos, Chile y otros países, el gobierno Bush ha utilizado el mismo enfoque que nos ha costado la enemistad del resto del mundo. Los últimos acuerdos bilaterales revelan una política económica dictada más por intereses particulares que por una preocupación auténtica por el bienestar de nuestros aliados comerciales más desfavorecidos.

En Marruecos, la suscripción del acuerdo comercial se recibió con protestas, un acontecimiento inusual en un país que avanza lentamente hacia una democracia. Este nuevo acuerdo, según temen muchos marroquíes, hará que los medicamentos genéricos que se necesitan en la lucha contra el sida resulten ahora menos accesibles que en Estados Unidos. Según la Association de Lutte contre el Sida (Asociación de Lucha contra el Sida) de Marruecos, un organismo público para la lucha contra esta enfermedad, el acuerdo podría incrementar de 20 a 30 años la duración efectiva de la protección de patentes.

Pero Marruecos no es el único país que está preocupado por tener acceso a medicamentos capaces de salvar vidas humanas. En todos sus acuerdos bilaterales, Estados Unidos está utilizando su poderío económico para conseguir que las grandes compañías farmacéuticas protejan sus productos de los genéricos que compiten con ellos. Para un país como Tailandia, que enfrenta una verdadera amenaza de sida, se trata de temas que van más allá de una mera preocupación académica.

La política del presidente Bush en este campo es incomprensible e hipócrita. Mientras habla de campañas mundiales contra el sida y ofrece considerables sumas de dinero para respaldarlas, lo que da con una mano lo está quitando con la otra. En mi opinión, la mayor parte de los estadounidenses estaría a favor de permitir un acceso más generalizado a los medicamentos genéricos, capaces de salvar vidas. Las pérdidas de las compañías farmacéuticas serían pequeñas y, con toda seguridad, se compensarían con creces gracias a los enormes beneficios fiscales que hoy reciben del gobierno norteamericano.

Pero los medicamentos no son el único campo de batalla en el que Estados Unidos ha utilizado todo su poderío económico para beneficiar sus intereses particulares. El acuerdo con Chile limitó la capacidad de dicho país para restringir el ingreso de dinero especulativo y sin control (los llamados capitales golondrina, ese dinero que puede entrar y salir de un país de un momento para otro).

Chile sabía de los efectos potencialmente desestabilizadores que traen esos flujos de dinero y los había gravado con un impuesto a comienzos de los 90. Esa restricción le permitió crecer a una impresionante tasa del 7 por ciento anual durante los primeros años de la década pasada. Ello gracias a que, a diferencia de muchos de sus vecinos latinoamericanos, Chile nunca tuvo que lidiar con el desorden económico creado por capitales que súbitamente llegaban y que con igual brusquedad salían. En la actualidad hasta el Fondo Monetario Internacional reconoce que la liberalización de los mercados de capitales conduce a una mayor inestabilidad en lugar de a un crecimiento más rápido.

En materia de telecomunicaciones, tanto en Marruecos como en Chile y en otras partes del mundo hemos hecho unas exigencias (como las relativas a la utilización de instalaciones de transmisión y a la venta en bloque de capacidades de transmisión) a las que con seguridad nos habríamos opuesto si a alguien se le hubiera ocurrido tratar de imponérnoslas a nosotros. Desde el punto de vista del mundo en desarrollo, se ha tratado de unas negociaciones extraordinariamente desequilibradas, con toda la balanza inclinada a favor de los intereses estadounidenses.

No se equivoca Estados Unidos y su representante comercial, Robert Zoellick, cuando hablan de que los tratados comerciales pueden ser un importante instrumento de construcción de unas buenas relaciones con otros países. Sin embargo, cuando se hacen con las condiciones del gobierno Bush, pueden resultar, y de hecho han resultado, un instrumento de malas relaciones y de acumulación de resentimientos, especialmente entre los jóvenes que se temen que sus mayores estén vendiendo su país a cambio de un plato de lentejas.

Si los acuerdos comerciales firmados con los aliados más pobres aportan los beneficios económicos prometidos, si la imposibilidad de acceder a medicamentos más baratos (incluyendo los genéricos) demuestra que acarrea menos problemas que los que prevén los más pesimistas, entonces la firma de estos tratados habrá valido la pena y Estados Unidos será perdonado.

No obstante, hay grandes posibilidades de que este no sea el caso: en México, por ejemplo, los salarios reales cayeron en la década siguiente a la firma del Nafta, el acuerdo de libre comercio suscrito entre México y Estados Unidos. Por otra parte, las exigencias de liberalización del mercado de capitales impuestas a Chile ocultan en su seno enormes riesgos para la economía de este país que podría llevarlo al desastre, en tanto que la epidemia de sida y la urgencia de medicamentos más baratos para combatirlo no van a desaparecer.

La buena noticia es que los daños económicos y sociales que hemos causado hasta el momento tienen un carácter limitado, porque no hemos sido capaces más que de presionar exclusivamente a un puñado de países pobres para obligarlos a firmar acuerdos bilaterales de comercio. La mala noticia es que la enemistad que nos estamos ganando con esos tratados ha venido creciendo y no va a hacer más que aumentar con los nuevos acuerdos que firmemos.

*Joseph E. Stiglitz obtuvo el premio Nobel de Economía en 2001. Es profesor de economía de la Universidad de

Columbia y autor de The Roaring '90s -Los maravillosos 90s-. Fue economista en jefe del Banco Mundial de 1997 a 2000.

©The New York Times Syndicate

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