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| 12/7/1987 12:00:00 AM

MAL PERDEDOR

La verdadera historia del hombre que asesino a su Broker tras el Crack del 19 de octubre.

MAL PERDEDOR, Sección Economía, edición 288, Dec  7 1987 MAL PERDEDOR
Cuando estalló la gran crisis económica mundial a raíz del crack de 1929, la desesperación colectiva era tal, que la gente se lanzaba por las ventanas de los edificios de Nueva York. Hoy, cuando la situación de las bolsas de valores parece superada, el saldo en vidas humanas es muchos menos cruento. Pero la peor tragedia personal fue la de un inversionista de Miami que mató a tiros al gerente local de la firma que lo asesoraba en sus aventuras bursátiles (Merril Lynch), hirió de gravedad a su consejero personal y se suicidó de un tiro en la sien. Pero si el final estuvo marcado por el drama, los oscuros antecedentes del protagonista elevan el asunto a la categoría de misterio.
A primera vista, la historia parece relativamente simple: el señor Arthur Kane, un exitoso y respetado inversionista de bolsa, fue empujado más allá de la desesperación por las enormes pérdidas que sufrió como consecuencia del crack. Pero una investigación más profunda ha demostrado que el caso es mucho más complejo, por sus ramificaciones en varios asuntos penales, por un aura de misterio sobre el origen de los fondos que Kane invertía y por sus posibles lazos con el crimen organizado de los Estados Unidos.
El primer detalle es que Arthur Kane era, hasta hace 12 años, Arthur Katz, abogado de Kansas City quien, entre otras cosas, estaba involucrado en una complicada operación de estafas a compañías de seguros mediante reclamaciones por accidentes automovilísticos falsos. En 1976, el gobierno norteamericano lo acogió dentro del Programa Federal de Protección de Testigos, y le dio su nueva identidad como Arthur Kane.
Por esa época, Kane (¿o Katz?) había ayudado a las autoridades federales a desenmascarar una gigantesca operación de fraude con precios de acciones, que llevó a la cárcel a un ayudante del cerebro financiero de la mafia norteamericana, Meyer Lanski.
Más tarde, en 1978, Kane delató a un abogado de Kansas City, Ira K. Witschner, quien además de tener vinculos con el tráfico de heroína, habia organizado un sistema para defraudar compañías de seguros con incendios provocados.
Uno de los socios de su antigua firma de abogados de Kansas City afirma que Kane, en ese entonces Katz, le contribuía a descubrir los fraudes, continuaba haciéndolos. Sin embargo, cualesquiera que fueran las causas de su protección federal, el Departamento de Justicia la ha defendido a capa y espada, con la afirmación de que se trataba, al menos entre 1976 y 1978, del "testigo ideal". Un vocero llegó a afirmar que "El (Kane) deseaba ayudarnos en otros casos que conocía, y nos prestó servicios extraordinarios". Tanto, que luego del suicidio, el director del Programa de Protección a los Testigos, Gerald Shur, viajó a dar personalmente las condolencias a la familia y a asegurarle que no le faltaría protección.
Uno de los asuntos más intrigantes es el del origen de los fondos que Kane invertía en las bolsas a través de la trágica oficina de Merril Lynch. Según parece comenzó con un depósito de US$ 500 mil, poco después de estrenar residencia e identidad. Ese era, sin embargo, sólo una parte de su fortuna, que incluía una mansión y 6 automóviles de lujo. El origen de semejante riqueza, para una persona que ganaba tan solo US$ 2.300 mensuales en el empleo que el gobierno le había dado, permanece en el misterio, aunque se cree que al menos en parte debió provenir de sus actividades fraudulentas.
En cualquier caso, el gran amor de la vida de Kane, junto con su estilo de vida "millonario", era el juego de las acciones en bolsa. Era una especie de genio "capaz de convertir en un día 30 mil dólares en 300 mil", según afirma uno de sus conocidos. Sus operaciones habían crecido tanto, que su portafolio de acciones, al final de septiembre, tenía un valor de US$ 11 millones. Fue entonces cuando el mercado se colapsó, y con él, la buena estrella de Arthur Kane.
Su desastre financiero fue tomando una espiral trágica. Se adentró en una profunda depresión que lo mantenía vomitando constantemente. Comenzó a pasar cada vez más tiempo en la oficina de Merril Lynch, en un estado de evidente desesperación. Hasta que el domingo 25, luego de varios intentos, finalmente compró un revólver en un almacén cercano, aunque, por ley, no pudo llevárselo inmediatamente. El lunes a las 7:30 a.m. avisó que no iría a trabajar y le preguntó a su jefe si el seguro de vida le cubriría el suicidio. A las 9:30, se dirigió a la oficina de Merril Lynch, donde se enteró de que el mercado había caido aún más. Eso fue suficiente. Salió en dirección al almacén, donde recogió el revólver por el que había pagado el día anterior, y se dirigió de nuevo a la oficina, a cumplir su cita con la tragedia.

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