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| 11/14/1994 12:00:00 AM

TIEMPO DE CONEJOS

Después de echar números, el gobierno decide que no hay cómo rebasar los impuestos.

TIEMPO DE CONEJOS TIEMPO DE CONEJOS

LA NOCHE DEL MIERCOLES pasado en Cartagena, algunos se alcanzaron a imaginar el titular de los periódicos al día siguiente: Cañonazos interrumpen luna de miel". Y aunque nada de eso salió publicado, la verdad es que para un gobierno que todavía vive su primer cuarto de hora, la andanada que disparó el locuaz presidente de Fenalco, Sabas Pretelt, alcanzó a fruncirle el ceño a más de uno. Al fin de cuentas, a estas alturas de una administración es normal que aun los gremios le den unos grados más al ya famoso compás de espera.
Sin embargo, como es su costumbre. Pretelt habló de todo y criticó mucho. Pero sus baterías se enfilaron contra el manejo económico. " Que se nos diga para dónde vamos, es el Clamor de la hora presente ", afirmó.
Y quizás lo que más lo enojó, fue el anuncio del gobierno en el sentido de que los aumentos en algunos impuestos que se hicieron de forma temporal durante la administración pasada, iban a volverse permanentes. " Se repetirá la triste historia de toda admistración que se respete: una nueva reforma tributaria", dijo el presidente de Fenalco, para concluir con otra perla: "quién sabe qué otras sorpresas se estén adobando en el mesón de ricuras impositivas de nuestro Ministro de Hacienda".
Algunas más, parece ser la respuesta. Aunque, para hacerle honor a la verdad, el plato que molestó a Sabas Pretelt ya se venía cocinando desde hace rato.
Todo comenzó a mediados de 1992, en la peor coyuntura del gobierno de César Gaviria. Convencido de que la rebaja de los aranceles que trajo consigo la apertura, sumada a los nuevos costos generados por la Constitución de 1991, iban a sumir al país en una aguda crisis fiscal, Rudolf Hommes, el ministro de Hacienda de ese entonces, se vino con una propuesta inicial de subir la tasa del Impuesto al Valor Agregado del 12 al 16 por ciento. Semejante propuesta cayó como un baldado de agua fría en un Congreso que ya en 1990 había aceptado subir el IVA del 10 al 12 por ciento. Para colmo de males, a medida que pasaban las semanas el margen político del gobierno se iba estrechando. El racionamiento, primero, y la huelga de Telecom después, hacian cada vez más difícil que los parlamentarios se sumaran a una medida impopular, en favor de un gobierno también impopular.
En respuesta, Gaviria pasó a la ofensiva. Fue el momento de los famosos desayunos de Palacio y del coqueteo a los más recalcitrantes. Finalmente se llegó a un acuerdo con algo de presentación. El IVA se aumentaría del 12 al 14 por ciento se le colocaría una sobretasa del 25 por ciento al impuesto a la renta, con lo cual la tarifa quedaría en 37.5 por ciento, y se mantendrían los tributos a las exportaciones de petróleo, níquel y carbón. La vigencia de estas medidas sería de cinco años, que expirarían en 1997.
La ley acabó siendo sancionada sin que los protagonistas quedaran muy convencidos de que se iba a respetar el acuerdo. En repetidas oportunidades posteriores, Hommes dijo que esa rebaja proyectada tenía que eliminarse.
El tema llegó inclusive a la campaña presidencial. En el primer debate entre Andrés Pastrana y Ernesto Samper, el primero se comprometió abiertamente con la reducción. El hoy Presidente contestó que ese compromiso "pues es prometer lo que ya esta obligado, porque en el año 1997 de todas maneras se tendrá que bajar esa sobretasa que fué establecida y por ley se debe bajar".
Pero, por lo visto, eso no va a ser así. Ya el actual ministro de Hacienda, Guillermo Perry, había dicho antes de posesionarse que aunque el gobierno no quería nuevos impuestos, pensaba mantener los existentes. Eso, en buen romance, quiere decir que ya desde hace por lo menos tres meses, la suerte de la rebaja estaba echada.
Y eso tiene que ser así, si el gobierno aspira a realizar al menos parte de sus promesas de campaña. A pesar de que, en términos consolidados, hay equilibrio fiscal, lo cierto es que el sector central va para un déficit superior al tres por ciento del Producto para 1995 (cerca de 1.5 billones de pesos). Y aunque con Cusiana las cosas van a mejorar algo, las cuentas sencillamente no dan si se aceptara bajar el IVA otra vez al 12 por ciento, la tasa de renta al 30 por ciento y eliminar los impuestos a la exportación de petróleo y otros minerales.
En consecuencia, el Ministerio de Hacienda piensa presentar un proyecto de ley al Congreso a comienzos del próximo semestre. mediante el cual se dejaría el IVA tal cual y se propondría alguna rebaja en los otros dos frentes, a cambio de desmontar algunas deducciones y exenciones que también introdujo la reforma de 1992.
Pero eso no es todo, Lo más probable es que tamaño esfuerzo no sea suficiente. La realidad ha demostrado que la descentralización y el desarrollo constitucional están costando mucho más de lo que se pensó. Y a menos que se apruebe una nueva reforma tributaria llevando el IVA al 16 por ciento o se decida ponerle un límite a las transferencias -un imposible político según los conocedores-, para el fin de siglo otra vez el Estado colombiano va a estar `saltando matones'. "Ampliar el gasto social, hacer infraestructura y pagar las transferencias es imposible,sin por lo menos, mantener los nuevos impuestos". le dijo a SEMANA el director de Planeación, Jose Antonio Ocampo. Y si se miran los números, se llega a la dura pero, por ahora, inevitable certeza de que lo que se viene en los próximos meses es apenas un pasabocas de lo que va a traer el futuro. Así por ahora los colombianos piensen que el gobierno les volvió a poner "conejo".-

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