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| 5/15/1989 12:00:00 AM

TIEMPO SUPLEMENTARIO

A última hora, Colombia consigue en Londres que se cite a una nueva reunión para definir la suerte del pacto cafetero.

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También en materia de café la esperanza es lo último que se pierde. Ese adagio quedó demostrado una vez más la semana pasada en Londres cuando, con los minutos contados, el Acuerdo Internacional del Café recibió dos meses más de vida, después de que mucha gente pensaba que ya no había nada que hacer. Tal fue el resultado de dos agotadoras semanas de negociaciones en las que una veintena de países miembros del consejo directivo de la Organización Internacional del Café se reunieron en la capital británica para decidir el futuro del pacto cafetero. A las seis de la tarde del sábado los delegados de los diferentes países se despidieron con la promesa de encontrarse el próximo 5 de junio para ver si en esa oportunidad por fin se produce el humo blanco.
El anuncio de esa próxima cita fue suficiente para devolverle la esperanza a aquellos que llegaron a pensar que en Londres ya todo estaba perdido. Porque la verdad es que pocas veces como la semana pasada, productores y consumidores de café estuvieron tan lejos en sus posiciones.
La causa del impasse es sencilla. Desde hace tiempo los consumidores de café han protestado por la existencia de dos mercados internacionales del grano: uno--de 58 millones de sacos--para los afiliados a la OIC que se rigen por los precios y las cuotas establecidas; y otro--de 8 millones de sacos--para los países socialistas y los del sudeste asiático que compran su café con un descuento notable, que puede llegar a ser de hasta la mitad del precio.
Frente a esa circunstancia que consideran injusta, los países compradores llegaron a Londres con la voluntad de conseguir que se fijara una cuota única o universal para los consumidores de café. Sólo así, argumentaron, se podrían eliminar las distorsiones del mercado. Esa petición, aparentemente justa, no fue aceptada por los productores más importantes. Brasil se quejó de que la idea implicaría un recorte relativo en su cuota, a lo cual no estaba dispuesto. Adicionalmente se dijo que, en términos prácticos, la iniciativa era difícil de aplicar porque se necesitaba la colaboración de países que no son miembros de la OIC, como es el caso del bloque socialista.
Ese tire y afloje tomó la mayor parte del tiempo, sin que ningún lado estuviera dispuesto a ceder. No fue sino hasta que una propuesta colombiana comenzó a abrirse paso, que se empezó a ver la posibilidad de un arreglo. La fórmula de la delegación nacional, consistió en la introducción de una cuota independiente para los países no miembros, con sistemas de control especial y con el compromiso de que los países cultivadores del grano aceptarían retener o no vender parte de su producción. Ese mecanismo sería ensayado durante un par de años, con el fin de llegar a establecer una base para futuras negociaciones.
En Londres quedó en claro que aunque todos los países aceptan los elementos de la fórmula colombiana, hay profundos desacuerdos a la hora de discutir la letra menuda. Por ejemplo, los Estados Unidos están dispuestos a aceptar el esquema, pero sólo durante un año y a cambio de llegar, en último término, a una cuota única. Los productores centroamericanos, a su vez, aspiran a aumentar su participación en el mercado, a cambio de disminuir la de los grandes exportadores.
Todas esas diferencias se vieron alimentadas por la animadversión existente entre el primer productor, Brasil, y el primer consumidor, Estados Unidos. Los brasileños están convencidos de que los norteamericanos les han casado una guerra a muerte y no están dispuestos a ceder un ápice. Esa circunstancia, unida a la época preelectoral que vive el Brasil, implicó que los negociadores de este país se comportaran como si la cosa no fuera con ellos. Durante los últimos días, escasamente pidieron la palabra y no apoyaron de lleno ni siquiera la propuesta colombiana.
Como resultado, Colombia tuvo que cargar con el peso de la reunión. A través de largas horas los negociadores nacionales tuvieron que ir de un lado al otro para ablandar un poco las posiciones y conseguir, al menos que el diálogo continuara. Esa fue la razón por la cual el pasado sábado en la tarde los diferentes delegados se acercaron a la mesa de los representantes colombianos para felicitarlos por haber logrado la convocatoria para la reunión del 5 de junio.
Es precisamente qué va a suceder en esa oportunidad lo que inquieta a los conocedores. Para Néstor Osorio delegado de Colombia ante la OIC, "la situación sigue siendo crítica".
En particular, existe preocupación por las diferencias entre Brasil y Estados Unidos. A eso se le agrega que los norteamericanos han logrado "envenenar" a algunos países productores --como es el caso de los centroamericanos--contra los más grandes y así han conseguido resquebrajar la cohesión entre los vendedores. El único bloque que parece tener clara su posición es el de los países miembros de la Comunidad Económica Europea que han dicho que respaldan el Acuerdo, por razones comerciales y políticas.
La eventualidad real de un rompimiento ha convencido a la parte colombiana que hay que estar preparados para lo peor. Los expertos opinan que aunque el precio del grano se resentiría, Colombia tiene la capacidad de vender mucho más que los 9 millones de sacos de ahora. "En 1986 le demostramos al mundo que somos capaces de exportar 12 millones de sacos", anotó Osorio.
Esa certeza debería influir para definir la posición de Colombia en la próxima reunión. Aunque el país está definitivamente en pro del Acuerdo, existen serias dudas sobre si vale la pena cargar con el peso de las negociaciones, tal como sucedió la semana pasada. Por ahora se sabe que existen tres condiciones para que el pacto salga adelante: un reconocimiento por parte de los consumidores de que el problema del doble mercado no se puede resolver de un solo tajo; una negociación de la cuota de miembros y no miembros entre los países productores; y un acuerdo sobre lo que viene después de ese sistema de transición. Sólo si se resuelven esos tres puntos, el pacto cafetero podrá salir adelante, algo que no será nada fácil. A pesar de que el diálogo va a continuar, el sábado pasado en Londres era claro que se necesitará una gran dosis de buena voluntad para que se llegue a un final feliz, una condición que, por lo visto, no estuvo presente en abril y cuya participación es indispensable para el éxito de las conversaciones de junio.

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