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Claudia Varela, columnista
Claudia Varela, columnista - Foto: Foto suministrada por la columnista Claudia Varela

Cuanto más bravo el toro...

Si tenemos algo de gestión y conciencia emocional, funcionamos mejor con los demás.

Por: Claudia Varela

Según un estudio de Harvard Business Review, la inteligencia emocional es dos veces más importante que las habilidades técnicas e incluso que el coeficiente intelectual. Esto suena absolutamente lógico y, quizás, un poco trillado, pero lejos estamos de trabajar de manera consciente en ser más tolerantes y entender las habilidades reales para la vida, desde lo emocional.

Si tenemos algo de gestión y conciencia emocional, funcionamos mejor con los demás. Daniel Goleman, padre del concepto de inteligencia emocional, explicaba algo sobre cómo funcionaba la manera de ver el mundo desde solo la propia realidad; tomo la cita aqui: “La facilidad con que una sociedad desprecia, y hasta sepulta, las visiones discrepantes, depende evidentemente del conjunto de lagunas compartidas por sus ciudadanos. No nos damos cuenta de lo que nos desagrada ver y tampoco nos damos cuenta de que no nos damos cuenta”.

En palabras más sencillas, interpreto que hacemos solo lo que nos gusta, pensamos que los demás tienen que seguirnos y que la verdad la tenemos solo nosotros. Y claramente no nos gusta lo desconocido, así que seguimos buscando luz en la propia oscuridad de nuestra miopía.

La intolerancia está llegando a niveles increíbles. La semana pasada vi en una calle cualquiera del norte de Bogotá una pelea a puños de dos señores muy elegantes, que se bajaron de tremendas camionetas a golpearse porque uno de ellos no le daba el cruce al otro.

Estos dos personajes eran mayores de sesenta años. Y no lo digo con el sesgo de que los mayores no puedan pelear, porque creo que nadie a ninguna edad debería solucionar los problemas a los puños, pero realmente la sabiduría de los años no debería permitir que haya violencia, y menos por un tema de tráfico.

No se qué nos pasa, pero sea lo que sea está lejos de entender el legado de inteligencia emocional. Vivimos en ira permanente, con los guantes puestos, a la defensiva y culpando a los demás de nuestra propia oscuridad.

En esta reflexión busco unas preguntas que nos puedan servir para gestionarnos. Y, si somos líderes, para generar un poco de catarsis en nuestros equipos que pueden necesitar también algo de apoyo en hacer conciencia en un mundo realmente inconsciente.

Qué tal si te preguntas en este momento cuándo fue la última vez que te quejaste de todo. El Gobierno, el dólar, el costo de vida, el tráfico, la gente, el país y la existencia en general. Y sería bueno también observar si dentro de esta quejadera permanente nos incluimos en algo de la queja o al menos planeamos algún tipo de solución.

Es evidente que en manos de los que estamos metidos en esta reflexión seguramente no está que el dólar baje, por ejemplo. Aunque si hay alguien que lee y tiene influencia, pues fabuloso, ojalá haya acciones concretas. Pero la mayoría de los mortales no podemos hacer nada al respecto. Así que, en vez de cargarnos horas a decir lo mal que estamos, podríamos soltar el control y meterle una actitud positiva a lo que si podemos hacer, que cada uno sabrá que es.

Lo que definitivamente no puede pasarnos es que nos consuma la frustración y la intolerancia. No podemos permitir que nos consuma la oscuridad. Está difícil, eso sí. Sin dudarlo por un segundo, la situación es extraña, es la primera vez que no sabemos qué puede estar pasando en un año (en realidad nunca sabíamos, pero creíamos que sí y ese cambio ahora no lo soportamos).

La invitación, entonces, es a que te hagas preguntas, una invitación a que reflexiones qué estás sumando al ambiente o si, por el contrario, estás restando. ¿Es tu narrativa positiva o, generalmente, de desazón?

Prueba quién eres y evidencia que en momentos difíciles es que se miden los buenos líderes. Yo diría, sin temor a equivocarme, que ya estoy proyectando retos para 2023. Y les diría que, cuanto más bravo el toro…