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José Miguel Santamaría, columnista de Dinero.
José Miguel Santamaría, columnista de Dinero. - Foto: SEMANA

El síndrome de vivir del Estado

El síndrome del carro oficial se ha convertido en una obsesión. Es una de esas grandes metas que buscan algunos.


Por: José Miguel Santamaría

No es casualidad que cada día haya más partidarios en Colombia de crecer el tamaño del Estado y de convertirlo en un Estado benefactor, capaz de solucionar todas las inequidades y desigualdades.

De hecho, hoy en día ya tenemos infinidad de subsidios para todos los gustos, muchos de ellos ineficientes y que poco llegan a los que verdaderamente los necesitan.

Existen empleados públicos excelentes, de admirar, que pudiendo estar en otras posiciones y ganar mucho más dinero y tener muchas más comodidades, tienen la vocación de servicio de trabajar en el Estado. A ellos unas gracias muy grandes de parte de todos los colombianos. En muchas ocasiones estas personas terminan llenas de investigaciones de entes de control por querer hacer las cosas bien.

Mientras una gran cantidad de colombianos pedimos por un Estado pequeño y austero que premie la iniciativa privada, el emprendimiento y la capacidad del sector privado para generar empleo y riqueza, existe otra cantidad de personas cada vez más creciente que solo sabe trabajar, contratar o vivir de las prebendas que le da el sector público.

El síndrome del carro oficial se ha convertido en una obsesión. Es una de esas grandes metas que buscan algunos. Tener un carro blindado con conductor y escolta se ha convertido en un símbolo de estatus y poder donde no sólo llegan los empleados del gobierno de turno sino también una cantidad de lagartos que consiguen este beneficio de parte de la Unidad Nacional de Protección (UNP), entidad que hoy en día es un hueco negro de costos, empleados y vehículos por todo el territorio nacional.

Personajes que cuando no trabajan en el Estado crean fundaciones o ONG para contratar asesorías insulsas con cuanta entidad del gobierno consiguen del orden nacional o regional.

La mayoría de estos contratos son poco verificables y de fácil ejecución. Acordémonos de la Tocarruncho en la Fiscalía o de la novia del señor Mayorquín en muchas entidades, incluyendo la Presidencia de la República.

Dentro de esta jauría de personajes convive el tecnócrata, alguien con grandes títulos académicos, muchos másteres y especializaciones que le gusta la cosa pública hasta el recomendado político, con poco bagaje académico, que siempre ha estado detrás de un escritorio de una entidad pública. Los dos tienen en común el poco aprecio por lo privado, por el emprendimiento y por la iniciativa privada.

En términos ideológicos, también los hay de todos los pelambres, pero claramente es mucho más visible el personaje que se hace llamar de centro izquierda, al que le gusta el gasto público, viaja bastante por cuenta del erario a convenciones en Cartagena y al exterior, y es un gran promotor de la generación de subsidios para disminuir la desigualdad, ya que considera que el Estado tiene para dar más.

La carrera administrativa ha ayudado a que muchos buenos empleados no sean sacados de su trabajo por cambios de gobierno o recomendaciones políticas. Fue un gran logro. Obviamente también se coló dentro de esta carrera mucho empleado promedio que hoy es prácticamente imposible retirar.

Por último, no podía dejar por fuera a los empleados que pertenecen a la Rama Judicial y al Magisterio, muchos de ellos empezaron una carrera hace muchísimos años pero en los últimos se han venido radicalizando de izquierda, han entendido que sus prebendas deben protegerse y para eso están sindicalizados.

Pertenecen a Asonal y a Fecode, salen a marchar ordenadamente cada vez que se les pide y en su mayoría ven en Cuba y sus aliados un ejemplo a seguir.