opinión

GUILLERMO VALENCIA
Raúl Ávila Forero, columnista de Dinero. - Foto: DIANA REY MELO

Los ojos sobre Taiwán

La reciente visita de Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes de EE. UU., a Taiwán, no pasó nada desapercibida. Ahora los ojos del mundo están sobre la isla ya que las tensiones con China van y vienen por retar a su política ‘indesafiable’ y el desquite afectaría a toda la economía mundial.


Por: Raúl Ávila Forero

En una visita que duró menos de un día, Nancy Pelosi hizo historia no sólo por ser la funcionaria estadounidense de mayor rango en 25 años en visitar la isla de Taiwán, sino también por provocar malestar en China por esta visita y comprometer, aún más, las relaciones entre Estados Unidos y China que bien se han mantenido lo suficientemente tensas en los últimos años.

Esta visita fue presentada como parte de las obligaciones de Estados Unidos de apoyar las democracias frente a los países autocráticos (en este caso, la democracia de Taiwán frente a China) y el presidente norteamericano, Joe Biden, ha intentado calmar las aguas afirmando que esto no contribuye y que tampoco incita a ningún cambio en la antigua política de “una sola China” que, de hecho, ha recibido recientes apoyos por parte de la ONU y algunos gobiernos como Cuba, Venezuela, Siria e Irán.

Prácticamente, esta última política se refiere a una postura oficial de las autoridades de la República Popular China desde la década de los 90′s que afirma y sostiene que en el mundo existe una sola nación con el nombre de China y que, bajo este acuerdo, debe reconocerse la gobernanza que ejerce ‘la República Popular de China’ sobre China continental, Hong Kong, y Macao, y ‘la República de China’ sobre la isla de Taiwán y las islas aledañas de Quemoy, Matsu, Pratas y Taiping.

Si bien hay años de historia detrás de este consenso, la gobernanza podría resumirse en una fórmula basada en un país y dos sistemas: actualmente, ‘la República Popular de China’ es comúnmente conocida como China, mientras que ‘la República de China’ es comúnmente conocida como Taiwán. Pero, en sí, ambas repúblicas han afirmado representar a toda China.

Asimismo, bajo esta política, Washington debe reconocer a la República Popular China como el único gobierno chino. Sin embargo, debe reservarse el derecho a mantener relaciones informales con el gobierno de la República de China/Taiwán y de apoyar la defensa de la isla. Todo porque China considera a Taiwán como parte de su territorio y desea la “reunificación” de la isla, que se mantiene democráticamente gobernada. Y bien ha demostrado que, si tiene que usar la fuerza para lograrlo, la usará sin duda alguna.

Si China no hay más que una, que Pelosi ponga un pie en la “provincia” de China es una postura que se considera retadora en algunos escenarios por parte de Estados Unidos. Su relación no oficial viene siendo parte del juego de poderes en Asia-Pacífico, ya que Washington es el principal proveedor de armamento de Taiwán y sería un aliado militar valioso en caso de que se forme un conflicto bélico con China.

De hecho, China inició la semana pasada, justo después de la visita de Pelosi, ejercicios militares de gran escala alrededor de Taiwán. Disparó 11 misiles en aguas de Taiwán como parte de una de las más importantes pruebas militares en décadas. Y no sólo importantes, sino también provocadoras ya que también envió cohetes de largo alcance cerca de las islas periféricas de Matsu y Dongyin.

Este es un claro de mensaje de China para el mundo, para acostumbrar a todas las naciones a la idea de que la conquista de Taiwán es inevitable. Sin embargo, se mantienen posturas como la de Reinhold Bütikofer, miembro del Parlamento Europeo, que alientan a los gobiernos democráticos a rechazar cualquier tipo de agresión por parte de China y propender por un criterio general en el que el estatus de Taiwán sólo puede cambiarse de manera pacífica y con consentimiento mutuo. Ya hay organismos como la Unión Europea y el G7 han exigido a China evitar el uso de la fuerza en Taiwán.

Sin embargo, esto debería incluir el involucramiento de, al menos, todas las naciones democráticas para poner más peso en la balanza, al menos en materia económica y política. Podría ser un medio para disuadir a China de tomar una decisión que cobraría millones de vidas y que terminaría de socavar el - ya lento - periodo de recuperación económica al que nos queremos encaminar, luego de enfrentar una pandemia mundial y la interminable guerra de Ucrania y Rusia.

Desestabilizar nuevamente, y aún más, las relaciones de dos potencias mundiales es algo que trae consigo repercusiones sobre el crecimiento de las economías, tasas inflacionarias, caídas en los mercados bursátiles y demás. No hay que olvidar que Taiwán ocupa una posición central en la industria de los semiconductores que afectaría a industrias de gran relevancia como la de los chips.

TSMC, la que sería la empresa más emblemática, y que fabrica productos para gigantes como Apple, Intel y NVIDIA, ha manifestado en recientes comunicados que, si China cumple su invasión a Taiwán, las fábricas de chips no podrían operar. Así, cualquier disrupción en su cadena de fabricación tendría, y un fuerte y evidente impacto en la industria tecnológica y, por tanto, en la economía mundial.

En Taiwán, sólo una minoría apoya la reunificación con China. Pero el hecho de que prevalezca sus índoles democráticas parece considerarse una provocación a desafiar al gran poderío de la única y singular China que no teme demostrar su potencial armamentístico y militar para intimidar. Estados Unidos parece estar jugando con fuego al avivar las tensiones entre China y Taiwán, que ya se ha comenzado a materializar con algunas sanciones comerciales que empezarán a tener efectos marginales en la economía de la isla.