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Camilo Cuervo (Foto para columna)
Camilo Cuervo, columnista de Dinero. - Foto: Camilo Cuervo

No podemos satanizar los contratos de prestación de servicios

Es claro que los prestadores independientes de servicios son un actor válido, pero además necesario en un mundo donde la especialización y la interconexión generan autonomía, progreso y desarrollo.


Por: Camilo Cuervo Díaz

Recientemente, en los medios de comunicación y con motivo de diversos pronunciamientos que ha efectuado la ministra de Trabajo, Gloria Ramírez, se ha generado un gran debate sobre la necesidad “imperiosa” de prohibir o restringir al máximo los contratos de prestación de servicios.

Entiende la ministra, desde su particular forma de ver el mundo, que los contratistas independientes son personas desvalidas, vejadas y que merecen que el Estado las proteja, incluso de sí mismas. Se advierte, desde su filosofía política, que el contrato de trabajo subordinado es la única forma de comprender que un ser humano pueda prestar un servicio.

Pues resulta que el concepto de subordinación, la dependencia personal permanente y la existencia misma de los contratos de trabajo clásicos, hoy en día están en crisis, dados los avances en la defensa de los derechos de los trabajadores y los incuestionables desarrollos tecnológicos.

Es claro que las relaciones humanas remuneradas no pueden reducirse a que entre ellas exista un “patrón” y un “obrero”; hay muchas otras realidades humanas que no van a cambiar y menos a punta de normas.

Es claro, desde cualquier óptica y en cualquier lugar del mundo, que los seres humanos pueden ser empresarios de su propio trabajo, prestar servicios con plena autonomía técnica, asumir riesgos y celebrar acuerdos con su contratante en igualdad de condiciones.

De hecho, el contrato de prestación de servicios es la expresión más legítima de libertad y de equilibrio entre el capital y la fuerza de trabajo, cuando existe un verdadero trabajador independiente.

Ahora bien, no podemos llamarnos a engaños. Es claro que muchos acceden a la contratación de servicios para esconder relaciones de trabajo subordinadas, generar inestabilidad laboral y reducir los costos de mano de obra evitando el pago de prestaciones sociales, vacaciones, aportes a seguridad social y parafiscales. Sin embargo, nuestra legislación y la jurisprudencia reiterada de las altas Cortes, han puesto en cintura a quienes intentan esconder la realidad en las formas de un presunto contrato civil o comercial. Sería claro, entonces, que los falsos independientes pueden defender sus derechos, pero en la mayoría de los casos no lo intentan y con su omisión normalizan los abusos.

La solución de los políticos populistas y facilistas para ese “problema” es dedicarse a promover proyectos de reforma legal que obliguen a los contratantes a reconocerle beneficios y garantías propias de los trabajadores subordinados a los contratistas independientes, aun cuando sean realmente autónomos.

Solo es revisar las propuestas de las últimas semanas para encontrar temas tan exóticos como el pago de vacaciones, primas, cesantías e incluso indemnizaciones por despido a personas que, siendo totalmente independientes, no les aplican.

En consecuencia, el problema no es la ausencia de herramientas para defender a los trabajadores que se ocultan en la contratación civil, comercial e incluso en las llamadas “OPS” (Órdenes de Prestación de Servicios), que no es otra cosa que una maroma frecuente en las entidades públicas, cuyo principal propósito es ocultar nóminas paralelas y alimentar, por esa vía, la burocracia y el clientelismo.

Por ende, la solución tampoco es seguir destruyendo y restringiendo los contratos de prestación de servicios, la solución es capacitar a los trabajadores para que aprendan a defender sus derechos.

Es claro que los prestadores independientes de servicios son un actor válido, pero además necesario en un mundo en donde la especialización y la interconexión generan autonomía, progreso y desarrollo. No todo puede ser contratado accediendo a una relación laboral; para muchos, esa realidad es grotesca, inaceptable, pero es la realidad.