Tendencias

Home

Opinión

Artículo

opinión

Camilo Cuervo (Foto para columna)
Camilo Cuervo, columnista de Dinero. - Foto: Camilo Cuervo

Un marcha pacífica, organizada y elocuente

En estas marchas no hubo figuras políticas rutilantes, todo fue espontáneo y los promotores fueron gente común y corriente.

Por: Camilo Cuervo

Quizá no había un peor día y horario para organizar una marcha en contra de las políticas gubernamentales. Convocar el primer día laboral de la semana, en la peor hora del día, no lucía muy lógico. Muchos, en especial los amigos del Gobierno y algunos periodistas desinformados, se mofaban de las concentraciones que se dieron en las grandes ciudades del país; se vaticinaba un gran fracaso, pero contra todos los pronósticos, la marcha resultó ser un éxito rotundo.

Lo primero que debe resaltarse es que no se presentó ningún altercado de orden público; salvo algunas escaramuzas provocadas por personas adeptas al Gobierno que trataron de incitar a la violencia para deslegitimar la protesta. Se trató de una manifestación pacífica, en la que no se destruyó ningún bien, ni público, ni privado, no se hirió a nadie y se respetó a la fuerza pública; incluso, en muchas de las marchas, la gente se detuvo al frente de la policía para agradecer su presencia y valorar su trabajo.

Lo más sorprendente es que fue una marcha en contra de lo que representa Petro y sus ministros en poco menos de dos meses de gobierno; es decir, no se trató de una marcha en contra de una política concreta, básicamente porque no existe. Se marchó en contra del modelo, no necesariamente en contra de los muchos errores que ha cometido el incipiente gobierno.

En honor a la verdad, salvo la recesiva e incoherente reforma tributaria, no se conocen los textos de las muchas “ideas” que se han transmitido desordenada e irresponsablemente a los colombianos; por ende, la gente salió a marchar por susto, por la incertidumbre que generan las arengas de un presidente, todavía candidato, que no ha interiorizado suficientemente que la campaña electoral ya terminó.

El mejor indicador de que las marchas funcionaron es que llevamos varios días de bombardeo mediático en redes de los influenciadores adeptos a Petro que no encuentran una explicación lógica a lo que pasó, por ende, han acudido a todo tipo de bajezas para demeritar la manifestación espontánea de cientos de miles de personas.

Incluso el presidente generó un linchamiento en redes de una señora que en medio de las marchas se despachó con comentarios racistas en contra de la vicepresidente Francia Marquez. Sin justificar el reprochable actuar de esa señora, sorprende que un presidente se dedique a perseguir a una ciudadana que, fuera de casillas y ofuscada, ofendió al Gobierno, pero no se haya pronunciado en contra de las personas que llevan varias semanas invadiendo, a sangre y fuego, los predios rurales de muchos campesinos a lo largo y ancho del país. El presidente está dispuesto a perdonar homicidas, violadores y traficantes, pero no repara en ensañarse en contra de los que critican –así sea desaforadamente– su gobierno.

En estas marchas no hubo figuras políticas rutilantes, todo fue espontáneo y los promotores fueron gente común y corriente. Esa circunstancia envía un mensaje contundente: la gente no necesita declararse en oposición para protestar y para hacerse escuchar. Es un tema de actitud y responsabilidad frente al país. Se trata de ser críticos y permanecer alerta a los muchos “cambios” que nos quieren imponer a la fuerza; algunas cosas podrían funcionar, pero la inmensa mayoría son pseudo reformas que no tienen sustento, representan un ideario político populista y son abiertamente inviables. Implementar esa “agenda” solo generará destrucción y caos; nos expone a perderlo todo y es a lo que debemos oponernos con inteligencia, altura y responsabilidad democrática.

Pues bien, la gente se hizo escuchar. Vendrán muchas otras marchas, de lado y lado, pero lo único claro es que este gobierno no cuenta con el apoyo de todos los colombianos y la mitad del país está expectante a no dejarse aplastar. La verdad, esta marcha a muchos nos devolvió la esperanza.