| 2018/05/23

Se baja el telón, la campaña más larga de la historia en cinco actos

El plebiscito por la paz de octubre de 2016 precipitó la carrera por la presidencia, a tal punto que desde esa fecha la baraja de presidenciables superaba la veintena. A la campaña le restaría el último acto.

Así fueron las campañas presidenciales 2018 Se baja el telón, la campaña más larga de la historia en cinco actos

Lo usual es que las fichas del tablero comiencen a moverse un año antes del día de las presidenciales, que como lo establece la Constitución, se desarrollan cada cuatro años, y la cita con las urnas es el último domingo del mes de mayo. El pistoletazo inicial siempre ha venido de la mano en el momento en que aquellos funcionarios con aspiraciones electorales deben renunciar a su cargo en el gobierno para no inhabilitarse.

Pero a diferencia de las que antecedieron, la carrera presidencial de 2018 se precipitó mucho antes. El apretado resultado del 2 de octubre de 2016, cuando con un estrechísimo margen se impuso el No en el plebiscito para refrendar el acuerdo de paz con las Farc, no solo polarizó al país en dos orillas, sino que el empate técnico (el gobierno Santos después refrendó el acuerdo por la vía de la representación popular en el Congreso) quedó pactado para resolverse precisamente en el debate electoral para suceder al presidente Juan Manuel Santos.  

Prueba de ello es que en el mes de noviembre de 2016, se conoció el primer candidato presidencial. Jorge Robledo ganó ese título en el Congreso Nacional del Polo Democrático, y a esas alturas, Iván Duque era un senador que hacía oposición a la implementación del acuerdo de paz, pero en ese entonces nadie daba un peso porque llegara de líder de las encuestas para la elección del próximo 27 de mayo.

Primer acto, Duque contra todo pronóstico

Desde el último mes de marzo el candidato del Centro Democrático se encaramó  en todas las encuestas. Consolidó su imagen después de ganar la interpartidista de la derecha, en la que los tres candidatos (Marta Lucía Ramírez, Alejandro Ordóñez y el propio Duque) obtuvieron una votación similar a la del No (6.432.372 votos). Tres meses antes había derrotado en un mecanismo de encuestas a otros cuatro precandidatos de la bancada uribista.  

Pero fue desde la consulta de marzo cuando Duque hizo una campaña en la que ha consolidado el apoyo de la derecha y de algunos sectores de centro que convergen en torno al temor que genera Gustavo Petro, su principal contendor.

Así mismo, ha sabido capotear su poca trayectoria pública, con frases como “no tengo experiencia en clientelismo, corrupción y politiquería”.

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Aunque el apoyo de Álvaro Uribe es una de sus innegables fortalezas, también es su talón de Aquiles. Los trinos del expresidente cada vez generan más polémica y han puesto al candidato en el debate entre defender a su jefe y ser calificado de marioneta.


Segundo acto, Petro y cuatro años entre el balcón y la plaza 

Petro no lleva meses, lleva años agitando masas desde la plaza pública. Una decisión disciplinaria del procurador Ordóñez, lo sacó del terreno donde menos se desenvuelve, el de gonbernar, al que se siente más cómodo, la plaza pública. En el año 2014, cuando se decidía entre la reelección de Santos o el pupilo uribista, Óscar Iván Zuluaga, se sabía que si Petro terminaba su alcaldía en Bogotá sería candidato presidencial.

Ha sido el único candidato que tuvo una subida constante en las encuestas. Aunque sus propuestas han recibido críticas por populistas e irrealizables -como reemplazar los ingresos del petróleo por la exportación de aguacates-, su discurso se ha centrado en temas contemporáneos –el cambio climático, las energías limpias- que han caído bien entre los jóvenes.

Alberto Cienfuegos, su estratega político, dice que el crecimiento en las encuestas se debe a la capacidad del candidato de “conectarse en la plaza pública con la ciudadanía y el haber podido convertir las manifestaciones en mensajes potentes que han generado una dinámica de onda expansiva”. Las grandes concentraciones son su fuerte. El jueves pasado en su cierre de campaña en Bogotá llenó la plaza de Bolívar, un reto al que no se le miden muchos candidatos.

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Otra de las estrategias de Petro ha sido tratar de revivir el liberalismo. En muchos de sus discursos evoca a personajes reconocidos como Jorge Eliécer Gaitán o Luis Carlos Galán, precisamente los dos dirigentes que prometían un mejor futuro en sus respectivas épocas, pero que quedaron en la historia porque no los dejaron llegar a la presidencia. La violencia se les atravesaría. Tantas comparaciones con estos caudillos liberales han hecho pensar que Petro es el candidato del trapo rojo en zonas donde la candidatura liberal de Humberto de la Calle no despegó.


Tercer acto, la remontada de Fajardo  

La principal víctima de la subida de Duque y Petro en sus respectivas consultas de marzo, fue Sergio Fajardo. El exlcalde de Medellín había logrado mantenerse en los primeros dos lugares de las encuestas con su estrategia contra la corrupción y la polarización. Pero Duque y Petro están en los extremos políticos y con su triunfo en las interpartidistas más y más gente comenzó a moverse hacia las orillas. Sin embargo, Fajardo concluyó la campaña en el tercer lugar de la mayoría de las encuestas, con una leve subida en la última de Invamer, y con el apoyo de sectores del Polo Democrático y la Alianza Verde, si las mediciones atinan, podría tener una fuerza política significativa para definir presidente en segunda vuelta. Aunque con los antecedentes de no querer tomar partido ni acercarse a ninguno de los candidatos existentes, es probable que se quede callado.

La gran paradoja de Fajardo es que es uno de los candidatos con mejor imagen y que menos temor genera. Pero su estrategia fue desgastándose con el tiempo. De entrada, rechazó de manera temprana una eventual alianza con Humberto de la Calle que habría podido posicionarlo en sectores liberales. Y su estrategia de no polarizar se confundió con falta de posiciones. A todo eso se sumó una especie de confusión electoral que generó ser una figura de centro apoyada por un partido de izquierda.

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Varios analistas coinciden que aunque fue muy exitoso como gobernador y alcalde, y es un candidato que representa la transparencia, Fajardo se concentró en una rendición de cuentas de sus dos gestiones más que en crear un discurso propositivo contundente. No llegó a la fibra de los sentimientos sociales.

Cuarto acto, el madrugón de Vargas 

El caso de Germán Vargas es paradójico. En marzo de 2017 renunció al gobierno y comenzó punteando en las encuestas, pero en septiembre del año pasó al segundo lugar y desde entonces no volvió a remontar. Una caída de casi 10 puntos que su campaña no ha podido revertir.

Aunque Vargas es el candidato menos convencido con las encuestas, y anunció que el 27 de mayo acabaría con el prestigio de estas, su desplome se asocia a los pecados de la clase política que se ha repartido el poder, y de la cual es su principal exponente. Por eso, los escándalos de corrupción lo han perjudicado, así no tenga velas en ninguno de esos entierros.

Por si fuera poco la estrategia de presentarse por firmas, desconociendo su condición de jefe natural de Cambio Radical, partido al que le costó su prestigio el apoyo a Oneida Pinto y Kiko Gómez, fue interpretada por la opinión pública como ulna estrategia politiquera.

Pese a tener el respaldo de un grupo significativo de ciudadanos, durante toda la campaña no logró desligar su imagen de las maquinarias y la política tradicional. Esta última, en Colombia, atraviesa por su peor momento de credibilidad.

Varios estrategas consultados por SEMANA aseguran que además de su vinculación a valores políticos tradicionales, Vargas pecó en los bandazos, o por lo menos le han pasado factura.  

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De ser vicepresidente de Santos, pasó a criticar puntos clave del acuerdo de paz en una dura entrevista televisada, y luego a recibir el apoyo de La U a cambio de apoyar la implementación. Esos saltos los hizo tratando de medir si le iba mejor pescando votos en una derecha monopolizada por el uribismo, o en un centro apático y poco participativo.

Andrés Villamizar, asesor estratégico de su campaña afirma que los momentos cumbre de Vargas han sido demostrar experiencia y conocimiento y la capacidad de movilización del candidato en la plaza pública.

Quinto acto, de La Habana a la Casa de Nariño 

En el caso de Humberto de la Calle, hay un consenso en la opinión pública de que es un candidato valioso, y al cual casi todos los frentes respetan. Sin embargo es un candidato asociado con la paz, que por cuenta de los opositores al acuerdo, hoy es una bandera poco rentable. Así mismo, por cuenta de esperar una alianza con Sergio Fajardo que nunca se dio, terminó defendiendo la idea de hacer una consulta partidista en noviembre de 2017.

Esa consulta, en la que le ganó a Juan Fernando Cristo, fue criticada por sus costos y lo dejó atado a las decisiones del Partido Liberal, hoy más cercano a otras candidaturas que a la suya propia. César Gaviria, elegido presidente del partido en octubre, tampoco salió a defender una consulta interpartidista con Fajardo y ha estado ausente en muchos de los momentos clave de la campaña.

El director de campaña de De la Calle, Guillermo Cuéllar, reconoce que no haber logrado una consulta con Sergio Fajardo el 11 de marzo, fue un error, pues se convirtió en el punto de quiebre en favor de Duque y de Petro. “Después de las consultas se creó un estado de ánimo que hizo creer al electorado que Duque y Petro eran los únicos candidatos”, asegura. La mayor apuesta en la campaña de De la Calle en los últimos meses ha sido concientizar a la gente para que voten por convicción, pues las mediciones aseguran que es uno de los candidatos que más respeto y menos temor generan.

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Los cierres de campaña de todos los candidatos dieron comienzo a la cuenta regresiva. Queda una semana crucial, pues según la experiencia un 20 por ciento de los electores definen su voto en las propias urnas u horas antes del día de elecciones. Y después del veredicto del 27 de mayo, comenzará la gran final. Las cuatro semanas más trepidantes, el último acto de la campaña presidencial más larga de la historia.