| 2018/05/26

Con Iván Duque, el uribismo llega con fuerza a la segunda vuelta

No fue solo la bendición de Álvaro Uribe la que ungió a Duque. El joven candidato ha hecho lo suyo. Una campaña sin errores, un aire fresco y una disciplina de hierro explican por qué estará en el tarjetón de la segunda vuelta.

Cinco razones del triunfo de Iván Duque en primera vuelta Pero no fue solo la bendición la que ungió a Duque. El joven candidato ha hecho lo suyo. Foto: Daniel Reina/ SEMANA Foto: Daniel Reina/SEMANA

Alvaro Uribe, la principal fuerza política del país desde hace varios años, necesitaba un alfil fresco fiable, moderno y renovador para ganar las elecciones presidenciales del 2008. Nadie llenaba más esos requisitos que Iván Duque. Se sabía que quien tuviera la famosa camiseta de “el que diga Uribe” pasaría a la segunda vuelta. Pese a que también desata grandes controversias, el expresidente continúa siendo el fenómeno político de las últimas décadas. Su bendición es suficiente para arrastrar a millones de votantes. Pero no fue solo la bendición la que ungió a Duque. El joven candidato ha hecho lo suyo.

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En 2014 el expresidente lo invitó a hacer parte de la lista del Centro Democrático al Congreso. Fue así que Duque, quien era totalmente desconocido en la clase política después de pasar 15 años en Estado Unidos, aterrizó en Colombia en una gran vitrina, la cual aprovecho mejor que nadie. El joven político, graduado de derecho de la Universidad Sergio Arboleda y estudioso de los temas económicos, ocupó una curul a la diestra del expresidente y senador en el Capitolio. Pero sus méritos van allá de salir en fotos al lado de Uribe.

Duque –al amparo de la bancada– logró proyectar una agenda propia en torno a asuntos económicos, la innovación y la cultura con perspectiva empresarial. La disciplina y la capacidad de estudio de los temas que trata le ayudaron, también la facilidad de verbo con que cuenta. Todo ello le permitió tener vuelo y descollar entre los principales áulicos de Uribe. Durante los cuatro años en el Congreso Duque forjó la imagen de un uribista distinto, si se admite la contradicción.

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Luego, cuando llegó el momento de buscar candidato para la presidencia fue el primero en alzar la mano, pero con buenas maneras aguardó en la fila hasta ser ungido. Duque salió victorioso del inédito ejercicio adoptado por el partido según el cual el precandidato que más relegado apareciera en una serie de encuestas semanales quedaba eliminado. En esa etapa se impuso sobre uribistas mucho más reconocidos como María del Rosario Guerra, Rafael Nieto, Carlos Holmes Trujillo y Paloma Valencia. También disipó la posibilidad de que Óscar Iván Zuluaga, ex candidato presidencial del partido, tuviera otra tentativa. Fue en ese momento cuando el ex ministro Fernando Londoño, una de las voces más influyentes en esa colectividad, lo llamó “mosalvete inteligentón”.

Vea el perfil de Iván Duque

En campaña, se ha martillado insistentemente que Duque “está muy pollo” y se le acusa de falta experiencia. Sin embargo, esa ausencia de un pasado en altos cargos y larga trayectoria también le permitió llegar a la carrera electoral exento de cuestionamientos. Cuando le lanzan ese dardo Duque lo devuelve replicando que en otros países del mundo han llegado a la presidencia muchos líderes jóvenes: Emmanuel Macron llegó al Eliseo en Francia a los 39 años; Matteo Renzi, en Italia, también tenía esa edad. Tony Blair fue elegido con 43 y Justin Trudeau de Canadá, con 45.

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Más adelante, el candidato único del uribismo se enfrentó a otros sectores a fines. El 11 de marzo se celebró la consulta interpartidista. Duque compitió en las urnas con la exministra Marta Lucía Ramírez y el derrocado ex procurador Alejandro Ordóñez, ambos de extracción conservadora, pero renegados de ese partido. Esa fue la primera vez que el nombre de Duque apareció en un tarjetón electoral, y hacerlo de la mano de Uribe convirtió su debut en fenómeno. El resultado fue simplemente apabullante: Duque, 4.044.509 votos; Ramírez, 1.538.882; y Ordóñez, 385.110.

Con habilidad Duque cantó victoria al mismo tiempo que nombró como su fórmula vicepresidencial a Martha Lucia Ramírez. Hay quienes dicen que también hizo la inteligente jugada de permitir a Ordoñez decirle a sus casi 400 mil disciplinados votantes que se sumaran a Duque, para después desaparecerlo de la campaña en donde las salidas del polémico ex procurador podría restar antes que sumar.

Duque, como un antiguo liberal y representante de una nueva generación, debe tener una visión progresista de la vida. Sin embargo, tiene que combinarla con los prinicipios de las fuerzas de derecha que lo respaldan. llegan hasta el exprocurador Alejandro Ordóñez. A pesar de que le generó muchas críticas en un sector, dejó ver que no estaba de acuerdo con el matrimonio entre parejas del mismo sexo, ni con la adopción por parte de parejas LGTBI. También en materia de drogas tuvo la tesis más dura de todos los candidatos. Aseguró que prohibiría la dosis personal, un tema que la Corte Constitucional avaló desde 1997. Esas posiciones que sus críticos consideran reaccionarias, le abrieron la puerta a otras alianzas políticas. Además de los ‘godos renegados’, encarnados en su fórmula vicepresidencial y en Ordóñez, a su campaña llegó la senadora Viviane Morales, al igual que el partido cristiano Mira.

Nadie discute que tras el 11 de marzo, día en que el candidato ganó la consulta interpartidista y el Centro Democrático se convirtió en la fuerza política más grande del país, Duque dio varios pasos hacia Palacio de Nariño. Su tránsito a la segunda vuelta estaba asegurado con una base de cerca de 6 millones de votos.

Como era de esperarse, la prinicipal crítica en su contra ha sido que será un instrumento para que Álvaro Uribe gobierne a través de interpuesta persona. Duque, por su parte, se ha esforzado por afirmar que nadie distinto a él será quien mande en Palacio aunque sin siquiera sugerir distanciamiento de su mentor. Para conjurar la crítica de que como presidente sería un títere, el candidato parece aplicar el mantra que su padre, Iván Duque Escobar, le repetía cada día: nunca se sienta más que nadie, pero tampoco menos que nadie. “Yo voy a ser el Presidente y voy a tomar las decisiones”, aseguró el candidato, y agregó: “pero uno debe tener la humildad para escuchar a las personas que han gobernado bien”.

El último elemento que explica el triunfo de Duque está en la antípoda del uribismo. Duque no fue el único que se benefició enormemente de las elecciones del 11 de marzo. Gustavo Petro –su antagonista político– también. Las consultas interpartidistas en la práctica fueron una suerte de elecciones primarias que le brindaron a cada uno de los candidatos pantalla y plata. Por cuenta de la consultas, tanto Petro como Duque tuvieron la posibilidad de hacer publicidad mucho antes que los demás candidatos y obtuvieron oportunos recursos para enfrentar la etapa de montaña.

La paradoja es que el ascenso de Gustavo Petro, con el fantasma del Castrochavismo, produjo que también Duque creciera. Petro empezó a crecer en las encuestas y las imágenes de sus enormes manifestaciones en la plaza pública produjeron pánico en el establecimiento y fortalecieron a Duque. El país se dividió en dos extremos y los candidatos que representaban opciones de centro quedaron borrados. El temor de convertirse en otra Venezuela hizo que muchas personas decidieran votar de una vez con Duque para atajar a Petro.