| 2018/05/26

Vargas Lleras, 30 años en carrera para ser presidente

De concejal a vicepresidente, ha hecho el curso completo para llegar a la Casa de Nariño. Se presenta como un ejecutor. El apoyo de la clase política tradicional es su fortaleza y a la vez su debilidad.

Germán Vargas Lleras ha dado todos los pasos que daban tradicionalmente los candidatos antes de llegar a la presidencia: concejal, congresista, presidente del Congreso, ministro, vicepresidente y jefe de partido. En la Colombia de los años sesenta tendría asegurado el último peldaño tal como lo alcanzó su abuelo Carlos Lleras Restrepo en 1966. Pero los tiempos han cambiado y no se entiende por qué tiene tantas cosas en su contra.

Si la elección se basara en hojas de vida, solo competiría con él la de Humberto de la Calle. Durante los siete años que fue vicepresidente o ministro de Santos era uno de los dos políticos más populares del país.  Ese apoyo se basaba en sus ejecutorias en vivienda, acueductos e infraestructura, en su reputación de mano dura y en su carácter recio. Ahora que en el país reina una sensación de falta de liderazgo y autoridad, esos tres elementos de la personalidad de Vargas deberían llenar ese vacío. Sin embargo, está sucediendo lo contrario.

Por otra parte, Vargas Lleras atrae a los factores tradicionales del poder, encabezados por los empresarios y la clase política. Y en lo que se refiere a esto último, no solo cuenta con el apoyo de su partido, Cambio Radical, sino con la mayoría del Partido de la U, del Partido Conservador y de los movimientos cristianos.  A pesar de esos atributos, sus críticos lo ven como un símbolo de la política tradicional.  Particularmente, rechazan las adhesiones de políticos regionales que han tenido problemas con la justicia.

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Esa última crítica es válida y, como está de moda el discurso contra la politiquería, le ha hecho mucho daño. Pero así como en todo el mundo el péndulo electoral se mueve contra el denominado ‘establecimiento’, no está demostrado que derrotarlo produce mejores resultados en el gobierno. En la actualidad, Venezuela y Estados Unidos sirven de ejemplo en cada extremo de lo que puede llegar a producir el voto protesta.

En esta carrera presidencial, Vargas tiene su mayor activo en su experiencia. En la baraja de presidenciables nadie ha participado ni ganado tantas elecciones como él. Conoce profundamente el país y en los cargos públicos que ha ocupado ha construido una imagen de ejecutor eficaz. Siempre ha producido resultados.

Comenzó con Luis Carlos Galán, de quien fue secretario privado. En la arena electoral se inició como concejal de Bojacá en 1984 y de Bogotá en 1990, en donde estuvo hasta 1993 cuando se retiró para ser senador hasta 2008. En esa época fue presidente del Senado y ponente de numerosas leyes como la que revivió en el país la extradición, el Estatuto Anticorrupción, la Ley de Extinción de Dominio, el Código de Procedimiento Penal, la Ley de la Infancia y la reforma política. Por cuenta de ese trabajo, durante su tiempo como congresista las Farc le hicieron tres atentados. En uno de ellos perdió dos dedos de la mano izquierda cuando estalló una carta bomba que le llegó a su oficina. En otra oportunidad, un carro bomba explotó cerca de su vehículo cuando salía de Caracol Radio.

Durante el gobierno de Andrés Pastrana fue uno de los principales críticos del Caguán, bandera que eventualmente le dio la presidencia a Álvaro Uribe. Del presidente de la seguridad democrática fue aliado durante los dos primeros periodos en la Casa de Nariño, pero jugó un papel clave en evitar su segunda reelección. Desde ese momento, se convirtió en uno de los que encabezaba la lista negra del expresidente. Esa animadversión creció cuando Santos lo nombró ministro del Interior y Justicia al inicio de su gobierno. A partir de ese momento fue un gran aliado de Santos y un ejecutor muy exitoso.

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Vargas llegó a ese gabinete después de haber perdido las elecciones presidenciales que ganó Santos. Quedó de tercero con 1.473.627 votos, después de Antanas Mockus. El presidente lo nombró ministro de Interior y de Justicia y luego, en 2012, pasó sorprendentemente al Ministerio de Vivienda, cartera en la que se mantuvo hasta 2014. En los siguientes cuatro años asumió la vicepresidencia desde la cual lideró los proyectos de infraestructura 4G y continuó con el de 100.000 viviendas gratis.

Como siempre ha sido un hombre de centro derecha, pasó agachado ante el proceso de paz. En esos tres años guardó silencio frente a los diálogos y se concentró en sus responsabilidades directas. Hasta ese momento, su presidencia en 2018 parecía asegurada.

Todo cambió en el último semestre del año pasado. Después de retirarse como funcionario estrella del gobierno Santos, mantuvo un silencio de cuatro meses antes de reaparecer en el escenario político. Al tener que escoger entre ser candidato de centro o de derecha, optó por lo segundo para competirle al expresidente Uribe por ese nicho. Esa movida para muchos fue un error. En el uribismo lo calificaron de oportunista y en el santismo, de desleal. Su posición era coherente con su trayectoria en términos ideológicos, pero al haber sido el número dos del gobierno del proceso de paz el enredo era difícil de explicar.

Vargas también sorprendió cuando decidió inscribir su candidatura por firmas y no con el aval de su partido, Cambio Radical. Con esa fórmula buscaba libertad para hacer coaliciones y recibir fuerzas de apoyo procedentes de distintos partidos. A sus 56 años está convencido de que la elección de 2018 es el momento definitivo para subir el último escalón que le falta en su larga trayectoria política.