| 2018/05/26

Petro, el que llena las plazas

El exalcalde de Bogotá se autoproclama como la alternativa a la clase política tradicional. Su discurso, que se enfoca en la lucha contra la corrupción, un viro en la economía y la protección del medioambiente despierta pasiones, sobre todo entre los jóvenes.

e los 58 años que acaba de cumplir Gustavo Francisco Petro Urrego, lleva 38 en la política. Y la ha hecho más desde las convicciones y las posiciones que desde el trabajo partidista o gregario. Quienes lo conocen dicen que ha marcado su vida un estilo disruptor heredado de su bisabuelo Francisco Petro, un inmigrante italiano que llegó a Córdoba a finales del siglo XIX. Pero así como Gustavo dice tener un alma alegre y caribe, también es profundamente serio y reservado. Cuando tenía 13 años, su papá, maestro de escuela, fue trasladado a Zipaquirá. Allí el hoy candidato presidencial pasó su adolescencia, y su alma personal y política se convirtió en una lucha entre dos tensiones: un espíritu contestatario heredado de sus parientes de Ciénaga de Oro, y un silencio frío aprendido en su juventud andina.

La mezcla entre sus dos personalidades se evidenció en marzo de 2014, mes en que el procurador Alejandro Ordóñez destituyó al entonces alcalde de Bogotá por cuenta del escándalo de las basuras. Un año y medio antes, y sin muchas consultas, Petro había cambiado el esquema de aseo de la capital para devolverle al Distrito la responsabilidad de manejar 6.500 toneladas diarias de desechos. Por no haber tomado previsiones para esa decisión, materializada dos meses antes de terminar los contratos con recolectores privados, la ciudad entró en la peor crisis de aseo de su historia.

Ordóñez, además de destituir al alcalde, lo inhabilitó por 15 años para ejercer cargos públicos. Petro, sus funcionarios, algunos sectores de la ciudadanía y los líderes de opinión consideraron exagerada esa medida. Como respuesta, durante varios días el alcalde hizo política de balcón. Respaldado por su secretario de Gobierno, Antonio Navarro, y por fuerzas políticas y sindicales, saludaba desde el Palacio Liévano a miles de personas que en la plaza de Bolívar gritaban “Petro no se va”.

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Una de esas noches, con la plaza a reventar, le comunicaron al alcalde que su tía Carmen, corazón de la familia Petro, había muerto en Córdoba. Sin decir nada, viajó a Montería y llegó al velorio en Ciénaga de Oro. Llegó cargado de emoción y fuerza con la que le habló duro a la plaza, pero en privado dijo poco. Allí sus parientes le recordaron que su tía siempre lo evocaba como un niño rebelde que retaba a su padre cada vez que lo corregía.

Esa rebeldía se la llevó a Zipaquirá y posteriormente a Bogotá, donde estudió Economía en el Externado. Tras graduarse a comienzos de los ochenta, fue elegido concejal del municipio por la Anapo. Estando en ese cargo, en 1984, confesó en un evento de plaza pública que desde siete años atrás hacía parte del M-19. Entre 1985 y 1987 el Ejército lo capturó y lo torturó en el Cantón Norte, “No sentí dolor, solo una soledad enorme, como si fuera un enano triste y flaco atrapado por un monstruo invencible. Mi silencio los exasperaba”, asegura refiriéndose a su dimensión silenciosa. 

Cuando una temporada después salió de la cárcel Modelo, Petro volvió a las filas del M-19. Recorrió las montañas de Santander y Tolima con Carlos Pizarro y lo acompañó cuando este decidió avanzar en un proceso de paz con Virgilio Barco.

Una vez en la civilidad, Petro ayudó a formar el movimiento ADM-19, protagonista de la Constituyente de 1991, y por ese partido fue elegido en 1992 representante a la Cámara. En el periodo siguiente no pudo repetir y Ernesto Samper lo nombró en un cargo diplomático en Bélgica. En 1997 volvió a Colombia, decidido a ser alcalde de Bogotá. Le fue mal. En su primera campaña contra Enrique Peñalosa perdió por escasamente el 0,58 por ciento de la votación.

Desde que se reintegró a la vida civil, Petro ha jugado en casi todas las elecciones. Las siguientes a Congreso, en 1998, cambiaron su destino político. Nunca volvió a perder. Llegó a la Cámara en la lista encabezada por Antonio Navarro y cuatro años después fue reelegido con la mayor votación. Desde su curul denunció la infiltración paramilitar en varias entidades del Estado. Ese mismo tema lo motivó como senador, y en 2006, durante tres horas, sin parar, realizó un debate sobre las Convivir y el paramilitarismo en Antioquia. Al publicar una foto de Santiago Uribe junto al narcotraficante Fabio Ochoa, se convirtió en el principal líder de la oposición antiuribista.

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Pero Petro también criticó las relaciones de algunos políticos de izquierda con las Farc. Eso lo llevó a romper con su partido, que para entonces ya era el Polo Democrático Alternativo. Esas mismas relaciones confrontacionales con las colectividades a las que ha pertenecido han estado presentes en toda su carrera política. Una pelea similar sucedió en 2008, cuando lideró una disidencia con María Emma Mejía y Lucho Garzón para definir candidato presidencial del partido. O cuando se enfrentó con Carlos Gaviria por no tomar decisiones tempranas contra Samuel Moreno porque se especulaba que era corrupto. O cuando rompió relaciones con Jorge Robledo en el momento en que, en la segunda vuelta de 2014, su movimiento Progresistas ayudó a la campaña de Santos con el argumento de defender la paz.

Como alcalde de Bogotá mostró que en su estilo de gobierno no están los grandes consensos. Tomó decisiones controvertidas como la de la recolección pública de las basuras o la de bajar en 2012 la tarifa de TransMilenio, que llevaron a algunas confrontaciones con su equipo y le costaron investigaciones. Y aunque en 2014 la Corte Interamericana de Derechos Humanos le dictó medidas cautelares y dejó sin piso la inhabilidad de la Procuraduría, aún le falta resolver parte del embrollo en el que se metió cuando la Contraloría distrital lo multó y congeló sus cuentas por supuesto detrimento patrimonial por el tema de las tarifas del transporte.

Pero su gestión en Bogotá, que las encuestas no calificaron bien, le permitió consolidar apoyos en sectores populares que agradecen medidas en cobertura educativa y de salud, así como en aspectos como aumentar a 6 metros cúbicos la cantidad de agua considerada mínimo vital. En esta campaña presidencial, el vibrato gaitanista y el llamado a las banderas liberales convierten a Petro en una figura apasionada, ajena de la política convencional y partidista.