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| 2/24/1986 12:00:00 AM

EL VIEJO LOPEZ

Juan Lozano y Lozano, el más feroz crítico de Alfonso López Pumarejo, escribió en 1944 lo que entonces fue considerado el mejor perfil escrito sobre el estadista...

EL VIEJO LOPEZ EL VIEJO LOPEZ
Apostados a la portada principal de los grandes bancos de Nueva York existen unos inmensos y rubios hombres de librea hasta los pies y gorra galoneada de oro. Siempre que yo pasaba por las tortuosas calles de Down Town y veía aquellos gigantes inabordables, me acordaba de Alfonso López. Tengo que advertir que no salgo de Colombia hace más de doce años, y que, por consiguiente, yo me acordaba del Alfonso López de entonces para atrás; del Alfonso López que no había sido presidente de la república, ni capitán de muchedumbres, ni revolucionario en marcha; del Alfonso López que ocupaba en la política liberal de Colombia una posición análoga a la que, en la actualidad ocupa en la política conservadora el economista y hombre de sociedad, don Carlos Echeverry Cortés.
Yo me acordaba de Alfonso López ante aquel espectáculo, no porque nuestro presidente titular sea enorme ni rubio, ni porque tenga aspecto, ni traje, ni temperamento de cancerbero. Sino porque pensaba en la dificultad que para mí constituiría franquear una puerta guardada por tan imponente personaje como es un coloso de librea. Si yo me propusiera hablar--o siquiera ver de cerca--a uno de estos banqueros de Nueva York, me decía a mi mismo, qué odisea tan tremenda y desesperada tendría que acometer. En primer lugar, conseguir que el portero no me tirara de un leve empujón fuera de la acera; luego seguir y hablar con cien personas de abajo para arriba: empleados, secretarios de secretarios, secretarios, vicepresidentes terceros, segundos y primeros; luego llegar a la antesala del magnate, y allí sufrir la inspección ocular y la indagatoria verbal del gabinete particular del manager, también en escala ascendente.
Después dominar el choque nervioso de verme delante de semejante potentado y coordinar acertadamente las dos palabras del good-morning.
No, no. Aquello sería impracticable para mi. Empezando porque no encontraría en el léxico palabra suficientemente respetuosa para dirigir me al gigante de librea; y de ahí para adentro, bajo la celosa mirada de los detectives particulares, mi ánimo intrépido no alcanzaria a resistir tres estaciones. Yo pensaba en todo caso, cuando pasaba por las calles de Down Town y leía en mínimas tabletas de cobre los nombres de los dueños de aquellos edificios de cincuenta pisos: Morgan, National City Bank, Kuhn and Loewe, Guaranty Trust, Iselin, Rostchild americano, Dillon Read, Baker Kellog, Federal Reserve... Y pensaba a un mismo tiempo que había un compatriota mío que, sin tener un peso como yo (pues si Alfonso López ha tenido alguna vez algo, eso no es nada en Wall Street), había un compatriota mio, digo, que se había presentado a aquellas portadas con tal aire, que el portero se deshacía en reverencias a su paso altanero. Y de ahí para adentro había seguido como por su casa. Y había entrado derecho al sancta santorum de esos magnates; y se les había sentado sobre un ángulo del escritorio; y a uno de ellos le había sacado, en una entrevista, doce o quince millones de dólares para traérselos para Colombia; y en menos de dos años se había "tirado", como aquí decimos, la plata del magnate, sin haber sufrido prisión perpetua ni fastidio ninguno, sino antes bien conservando la amistad social en esa forma contraída con el potentado.
Estas gracias las hacia Alfonso López cuando frisaba entre los veinte y los veinticinco años de su vida; y hay que convenir por ello en que es sujeto de mucha personalidad. Más atrás en la vida de López, se cuenta de Don Ernesto Michelsen, que él tuvo el infortunio de ser solicitado por Don Pedro A. López para servir en Bogotá de acudiente de su hijo Alfonso, en ocasión en que don Pedro fue a establecerse a Nueva York. Le había recomendado don Pedro a su viejo amigo don Ernesto que tuviera muy medido a Alfonso en materia de gastos; y que de cierta cantidad mensual para adelante, no le largara un centavo.
Pero cada mes a los pocos días de recibir su cómoda asignación mensual, Alfonso se presentaba a la oficina de su tutor, el venerado gerente del Banco de Colombia, a pedirle más plata.
Y no tímidamente, y dando vuelta al ala del sombrero entre las manos, como el resto de los mortales bajo tutela. Sino que lo primero que hacia era arrellanarse en una poltrona de la gerencia, y decirle a don Ernesto "Voy a explicarle cómo se maneja un banco. Usted no está haciendo aquí nada.
En Colombia no hay idea de las vueltas que se le pueden dar a la plata. Fijese en lo que voy a explicarle".
Luego hacía una disertación de dos horas. Don Ernesto era la primera y más respetada autoridad bancaria y social y Alfonso López tenía dieciséis o diecisiete años. Y no sacaba al petulante mocoso de la oreja por dos razones: la primera, porque tenía deberes hacia él y sobre todo hacia don Pedro; la segunda, porque en el fondo le interesaba vivamente que el banco comprara café y lo exportara, y regulara los precios, y diera las cotizaciones, y en consonancia manejara el cambio internacional, cosas que hizo el Banco de Colombia por largos años y en escala grande, dentro de la relatividad de nuestra economía de hace cuarenta y treinta años. Esa iniciativa, por él implantada, la tuvo de una conversación con el pedigueño acudido. Pero vamos con el relato. Después de una "mosca" de dos horas, la famosa mosca marca López, Alfonso pedía imperativamente más plata. Y venía la disputa. Don Ernesto unas veces cedía, para librarse de Alfonso y poder trabajar; otras veces se energizaba y se le negaba rotundamente.
En estas últimas ocasiones, presenciaba invariablemente un espectáculo. En el recorrido de la oficina a la casa, don Ernesto tenía que pasar por frente al Gun Club; y a esa hora precisa, la del almuerzo o la del fin del trabajo, Alfonso asomaba a uno de los balcones, descuidadamente, con una copa de champaña en la mano, para saludar con una ligera señal a don Ernesto, y para darle a entender que cuando una puerta se cierra, hay ciento que se abren.
Ese es Alfonso López, y ese ha sido: un sujeto de gran personalidad.
Nació en ambiente de lujo y de mimo, y se crió mal, en el sentido de que se hizo malcriado. Se habituó a vivir bien, a tener gentes a quienes mandar, a considerarse una persona muy importante, a no sufrir contradicción ni fastidio. Alfonso López es como los reyes y como los ricos. Tenía su atención solicitada por demasiadas cosas en su adolescencia para que le vinieran ganas de estudiar; y asi lo que sabe, y que es mucho, lo debe exclusivamente a la experiencia de la vida, que es, entre parentesis, un buen libro. Su falta total de familiaridad con los volúmenes escritos le da una gran fuerza personal, lo libra de toda inhibición; lo redime de ese complejo de vacilación y de duda que en los hombres va haciéndose más apocador cuanto más avanzan en el estudio de las ideas. López no vacila. El inventa las ideas, sin saber si estaban ya inventadas, y sin sospechar que han sido debatidas, contradichas, superadas y demolidas. A él le basta saber que son suyas para pensar que son buenas y para exigir que por buenas las tomen los demás. Es un creador, como Adán, el marido de Eva, pero con mayor experiencia, no solamente en asuntos de fructicultura, sino en muchos otros. Tiene en nuestro medio de políticos hechos escépticos por la lectura, la fuerza original del primer hombre, del descubridor del mundo, del rey de la vida. Es una gran fuerza social Alfonso López.
He dicho hace muchos años que López es un gran intelectual. Hoy me reafirmo, y digo que es el primer intelectual de Colombia. Como esfuerzo mental, ninguno en nuestro país y en nuestra historia puede compararse a Alfonso López. El, como Descartes, ha redescubierto el mundo, sin saber, como si sabía Descartes, que estaba demoliendo las ideas adquiridas para asentar el edificio de las propias. Ningún hombre más agudo, más inquieto, más vigorosamente personal y original ha desfilado por el escenario de nuestra política. Guillermo Valencia devoró bibliotecas para producir en una vida de setenta años un cuaderno de versos, que es reflejo minucioso de las corrientes literarias contradictorias que se disputan el campo en Europa a fines del siglo pasado: parnasianismo, simbolismo naturalismo, literatura revolucionaria. Excelente calidad sin duda la de su labor de artista, de traductor, de coordinador, de componedor; pero qué diferencia en fuerza mental a la obra de Alfonso López. Ocho inmensos volúmenes creo que se publicaron para recoger los documentos políticos de López durante su primer periodo de gobierno; y acaso ocho volúmenes más no contendrían sus demás discursos y mensajes y declaraciones hasta la fecha. Y en aquella obra ingente, realizada en menos de un decenio, todo es fuerte, penetrante y sorprendente; nada hay opaco, ni mediocre ni trillado; todo nos presenta la reacción de una inteligencia ácida y de un temperamento combativo ante realidades que el autor presenta de bulto y que la generalidad de las gentes entrevé apenas; todo, en fin, ha sido llevado al campo de la acción y de la vida, y no pertenece al genero de la divagación estéril. Los volumenes de "La Politica Oficial" sólo son comparables en nuestra literatura política, por su firme visión de nuevas realidades, a "La reforma política" de Núñez; en la literatura hispanoamericana recuerda las mejores páginas de Sarmiento y de Alberdi y de González Prada; fuera de la órbita continental, los documen tos políticos de López traen a la memoria por lo directos y abruptos, por lo originales y vigorosos, por lo valientes y preocupantes, aquellos escritos y discursos con que Mussolini durante los primeros años de su gobierno, iba sacando y moldeando del caos revolucionario la teoría del Estado fascista.

Con el contenido de aquella obra escrita y actuada, he estado desde el primer momento en absoluto y activo desacuerdo. Hoy quiero señalar brevemente los motivos fundamentales de la equivocación de López, a la vez que rendir un nuevo homenaje a la alta inteligencia y al ánimo recio y voluntarioso que dio vigencia a una realidad política que hoy tambalea.
Los documentos de López fueron Biblia del liberalismo y también de la nación, por varios años. En verdad, los conservadores nunca se han opuesto a López; lo han injuriado solamente. Pero no han encontrado nada qué responder a la tesis que ha presentado a la consideración nacional.
Fuera del denuesto personal, la argumentación conservadora ha sido de este tenor; Alfonso López proclama la sensibilidad social, y sin embargo los picapedreros no gozan todavía de las garantías sociales; Alfonso López predica la intervención, y sin embargo las puntillas están a ochenta centavos; y asi sucesivamente. Es decir, que lo que los conservadores reclaman de López es que no haya llevado a su último término la ejecución de tesis que dan por aceptadas y por buenas, y el alegado retardo en cuya actuación los exaspera. No es de extrañar, pues, que una oposición tan inepta y contraproducente haya conducido al conservatismo al estado de exacerbada impotencia en que se encuentra; y que a la vez haya conducido a la nación sin contratiempos ni dificultades para el gobierno, a una serie de experimentos que han alterado su orden histórico y han desviado su progreso.
En cuanto a los liberales, es bien conocido el miedo de nuestros copartidarios a no aparecer suficientemente avanzados. En pequeña parte por entusiasmo genuino y en gran parte por embeleco o por miedo moral, el liberalismo se dejó conducir por López a un estado intermedio entre el socialismo y el fascismo, sin las ventajas que la adopción de uno u otro método de gobierno tiene cuando se adopta en forma coherente e integral. Sólo mi voz se alzó durante mucho tiempo contra aquella desvirtuación funesta de la fisonomía liberal del país. Los liberales que estaban de acuerdo conmigo, que eran muchos y muy valiosos, no se atrevian a decirlo; y presentaban su resistencia a López coma una objeción a su temperamento imprudente, como un freno a la precipitación revolucionaria, como un reparo casuístico a determinada medida administrativa, como una restricción mental frente a ciertas tesis ideológicas. Presentaron su divergencia como una cuestión de tono y de estilo cuando en realidad era una diferencia fundamental de doctrina. Esto era poco e ineficaz, pero era algo sin embargo. El punto de referencia por mí levantado, que es la doctrina integra del liberalismo, se contrapuso al punto de referencia levantado, con toda las posibilidades materiales en la mano, por López. Sucesos posteriores necesarios han dado razón clamorosa a mis tesis; y hoy de la famosa izquierda revolucionaria no quedan si no vestigios. El experimento lopist, ha fracasado, a satisfacción de todos.
Quiero decir que yo he sido el único adversario de López. Los demás lo han combatido porque no les ha dado un destino, o porque se los ha quitado; porque han sido afectados en sus intereses por las medidas económicas del gobierno; porque no les gusta la reelección, porque no ha avanzado suficientemente en el camino de la revolución; porque les parece antipático, o pedante o cargante; porque envidian los buenos éxitos profesionales o comerciales del señor Alfonso López Michelsen. En realidad, el país ha sido casi integralmente lopista, y los motivos de los oposicionistas de todas las tendencias confirman esa tesis. El único adversario de López he sido yo, no sólo por mi incansable labor, que es lo de menos, sino por mi punto de referencia; y el hecho de haber merecido de López tan buena y cordial amistad al través de todo este proceso político de diez años, me confirma en la idea de que el presidente asi lo considera. Echarse encima a un ministro por haberlo destituido de un ministerio o a un capitalista por haberle subido los impuestos o congelado los fondos, o a un capataz gremial por no haber fomentado su venalidad constitucional, es cosa que López en su experiencia del mundo, descuenta en el cuantioso acervo de su menosprecio por las gentes.
López inició y logró el triunfo liberal de 1930. Al encargarse de la presidencia de la república en 1934 se dio cuenta de que el país exigía de su gobierno algo nuevo, que justificara aquel cambio histórico. Se hallaba ante una situación de ánimo público.
Por otra parte, hombre penetrante como es, sabía entonces que el liberalismo, como liberalismo histórico, no tenía nada nuevo que hacer en el gobierno; el liberalismo estaba en el poder desde 1910, y pudiera decirse casi que desde 1904. La célebre convención liberal de 1897 compiló una serie de aspiraciones que, por haber sido ultrajantemente denegadas por la Regeneración en el gobierno, hubieron de buscar realización a través de una guerra desesperada de tres años. Para 1930, y para 1920, y para 1910 también, las aspiraciones liberales vencidas en la guerra, habían ganado la paz y estaban inscritas en la constitución y eran practicadas en el gobierno. Gobierno liberal tan ortodoxo como el gobierno de Concha, por ejemplo, no ha habido otro en Colombia sino el del general Santander, antes, y el del presidente Santos después.
Es cierto que había defectos en el nuevo conservatismo surgido con el gobierno del general Reyes, defectos contra los cuales clamaba la nación.
Pero no eran defectos de doctrina, desde el punto de vista liberal, salvo en el caso de la honda influencia clerical que permeó dos administraciones; la del General González Valencia y la de Suárez. Había molondrismo, había desgreño, había corruptela, había incapacidad; las elecciones las ganaba el gobierno; se habían constituido dos o tres oligarquías de turno; la economía pública marchaba manga por hombro; del pueblo no se hablaba para nada. Más o menos lo mismo que sucede ahora durante el régimen liberal, con la diferencia sola de que ahora se habla mucho del pueblo. En cambio había en aquellos gobiernos un hondo concepto del derecho; un sincero aprecio de la opinión oposicionista; un constante celo por consolidar el régimen de la estabilidad por la libertad; una eficaz preocupación por resolver los problemas internacionales.
Quiero decir que tenían cualidades y tenían defectos los gobiernos conservadores posteriores a los ominosos de la regeneración; pero que ellos, dentro de la estrechez económica y dentro del temperamento peculiar de cada presidente, se movían dentro de la órbita liberal que habia constituído la aspiración suprema de los grandes liberales de la convención del 97. El cambio habría debido constituír un cambio de hombre y un cambio parcial de sistemas, pero no un cambio de ideas, puesto que las ideas liberales, exactamente como las habían expresado los liberales proceros de 1897, estaban en el gobierno. El trabajo del liberalismo habría sido llevar al gobierno hombres que reunieran el legalismo de Concha y el impulso de Reyes y de Ospina y la sabiduría de Suárez y el tacto de Holguín; y que evitaran el molondrismo de Concha y las veleidades dictatoriales de Reyes, y el despilfarro de Ospina y la ineptitud de Suárez y la falta de seriedad de Holguín.
Pero vaya a hablársele a un partido triunfante de la no quema y dispersión de cenizas de la obra del partido vencido, Alfonso López que conoce la gente, comprendió que al liberalismo en aquellos momentos no podía ofrecérsele nada de lo que al país habían dado los conservadores. Había que darle un sentido popular a la victoria, al ofrecer al pueblo algo totalmente diferente: y López resolvió darle lo que se ha llamado con mucha exactitud "un nuevo contenido" al liberalismo. Era el hombre para la ocasión, puesto que no tiene ninguna inhibición doctrinaria y en cambio tiene una gran personalidad. Así es que a la palabra liberalismo le dio un contenido mitad fascista, mitad socialista; que es como si a la palabra catolicismo se le diera un contenido mahometano; o a la palabra latín se le diera un contenido arábigo.
Por lo demás, todas las teorías que tienden a reemplazar el orden natural y estable de la libertad por el orden artificial y precario de la voluntad de principe, todas aquellas teorías estaban en el ambiente en los días en que el señor López inició su primer gobierno. En Francia,en España, en los Estados Unidos, en México, en Chile, para no hablar de los órdenes definidos de Rusia, Italia, Alemania, se adelantaban revoluciones demagógicas en provecho de las oligarquías; allí se quería hacer del Estado el instrumento de dispensación de la felicidad, según la intuición peculiar que de la felicidad tienen los diversos gobernantes. Todo era propicio para el implantamiento de un nuevo orden.
El virus estaba en la atmósfera; las multitudes liberales esperaban algo extraordinario, que transformara las condiciones existentes de adquisición de la riqueza; los mismos conservadores habrían mirado con cierta sorna al liberalismo si no hubiese dicho y hecho algo raro en el poder. Y López estaba allí, rodeado por el pueblo con aire de Mesías, y lleno de combatividad y de audacia. Así se puso en marcha la revolución.
La cual consistía, en lo práctico, político, en mantener y reavivar el espíritu de secta que está latente en todo espíritu ignorante, y por consiguiente en grado superlativo en nuestras masas y en sus capataces. Había que alentar la mística, y ello no se consigue sino por la creación de la inquina y del odio contra el adversario y contra el disidente. A más del abismo entre liberales y conservadores, había que cavar para formar otros abismos sociales; y ninguno más oportuno que el odio de clases. Definido sentimentalmente el campo de la acción, empezó la obra demoledora y constructiva.
Obra que ha estado más en la intención que en la realidad; pero que ha vivido y tomado raices en las conciencias con inquietantes perspectivas para la acción futura.


López es más o menos socialista, a la manera como pueden ser los clubmen y los magnates del dinero.
Había fracasado ruidosamente en todas sus empresas financieras, sin que por ellos hubiera dejado jamás de vivir una vida de gran duque y de rozarse sólo con el alto mundo social. Como otros de sus amigos podían mostrar sus realizaciones, sus haciendas, sus fábricas, sus bancos, sus edificios, sus almacenes, sus acciones bursátiles, él quería mostrar a sus contertulios desde los balcones del Jockey Club, sus multitudes. Si había algo en López, sí era López capaz de hacer cosas extraordinarias, superiores a las empresas de sus camaradas de la banca y de la sociedad. Los desastres de su vida habían sido incidentales. López realizaba el sueño que no pudo realizar aquel otro elegante clubman comunista que se llamó don Francisco de Heredia. Las masas de López eran efectivas. Si don Ulpiano de Valenzuela tenía un millón de pesos, López podía exhibir un millón de votos. La escena de sus fracasos adolescentes ante su tutor don Ernesto Michelsen, se repetían en grande escala, en la escala propia de un caballero.
Sobre el ingreso definitivo de López a la política, existe un testimonio familiar muy valioso, expuesto por su hermano Eduardo, ante el Senado.
Salían una noche los dos, Alfonso y Eduardo de una fiesta social, vestidos de frac; y caminaban a pie hacia sus casas. En el camino de la Calle Real se detenian a mirar sin propósito las vidrieras de los almacenes. "¿Qué nos ponemos a hacer ahora? Hemos perdido nuestra fortuna y nuestro crédito, analizaba Eduardo. Nadie nos cree ni nos presta un centavo. Estamos en la calle y con el estigma de los fracasados. De aquí va a ser imposible levantarnos en el campo de los negocios. Sin embargo, tenemos que hacer algo". Respondió Alfonso displicentemente: "Metámonos entonces en la política". Y así fue.
Entraron ambos en la política activa.
Eduardo, que tiene tanto talento como Alfonso, y más ideas y más iniciativas, pero que carece de ese reposo impresionante que produce el dominio de sí propio, ha fracasado también en la política, así como habría podido triunfar y hacer mejores cosas que su hermano. En el curso de tres lustros Alfonso ha sido dos veces Presidente de la República; la figura más importante, ensalzada y combatida de la política colombiana; y también una personalidad continental.
Para manejar el pueblo, López tiene condiciones excepcionales. siente, en primer lugar, en forma muy sincera, la emoción de la política, y particularmente la emoción del liberalismo. El se siente liberal como se sienten liberales los peones; sin reflexión, por apego instintivo a una determinada entelequia indescifrable. Y esa emoción lo ha llevado a una aptitud especial para recibir e irradiar, por simpatía, la sensación colectiva.
Audaz en la concepción y en la acción, tiene por otra parte un grande aplomo en su persona y sus maneras; la reserva del hombre distinguido, habituado a tratar con personas sagaces. Esta circunstancia de su carácter le presta una cierta lejania y toda lejania es una superioridad. El pueblo no se apasiona fácilmente por los hombres surgidos de su seno, a quienes ha conocido y manoseado, y los cuales, por su parte, pierden la cabeza al llegar a las altas posiciones, y tienden a desvincularse, como defensa ante sus nuevos amigos, de los viejos camaradas. Por último López, que siempre sabe por dónde va el agua al molino, sirvió al pueblo el plato que le gusta. No le habló de abnegación y sacrificio, de labor y de espera, de obligación y de deber: le habló de que estaba en el poder; le habló contra los ricos; le habló de sus "reivindicaciones". Y si las reivindicaciones no tienen mayor arraigo en los corazones cuando son proferidas por pequeños capataces, en los labios de un caballero, antiguo banquero, toman ante el ingenuo pueblo una tremenda autoridad.
Decía que las ideas de López son socialistas. El, desde luego, no se avendria personalmente a vivir dentro de un régimen socialista, porque se moriría de físico flato el día que se viera constreñido a vestir ropas que, siendo de un gran sastre de Bond Street, no fuesen del mejor sastre de aquella calle; y porque caería herido de rayo el día que tuviera que suprimir las preposiciones y conjunciones en un cable de quinientas palabras.
Pero el socialismo es bueno para los demás; establecido el régimen socialista, uno puede irse a vivir a los Estados Unidos. López trajo, pues, ideas socialistas, pensadas de su cabeza, o captadas en el ambiente. Por entonces Jorge Eliécer Gaitán adelantaba la obra de agitación revolucionaria que, de no haberse visto obligado a suspender por expropiación oficial lo habria hecho el hombre más poderoso de Colombia en breves años. Pero López, con el poder en la mano, era más atractivo que Gaitán, sin destinos que of recer a los catecúmenos. La incrustación de ideas y de sentimientos socialistas dentro de una legislación y una costumbre nacionales formadas alrededor de la propiedad privada, constituye la esencia del fascismo.
López no podía derogar la legislación nacional para implantar el régimen socialista, entre otros motivos porque López era el jefe del liberalismo. Entonces se aplicó a romper vértebras y a meter cuñas. El movimiento de López ha sido de izquierda revolucionaria; de demolición y reemplazo por etapas; de halago parcial de las masas irreflexivas y sosiego parcial a la legalidad y a la riqueza. El coneibe el mejoramiento del pueblo como un mejoramiento de salarios, y esta es la idea cardinal de su política social. El concibe la economía nacional como una empresa creada y costeada y administrada y adelantada por los particulares, para que el Estado se dé el gusto de dirigirla. La dirección consiste en que las ganancias pasen progresivamente de los accionistas a los asalariados, en parte, y en parte al Estado. Esta es la tesis económica cardinal de su obra de gobierno.
López no piensa sin embargo, indoctrinario como es, que hay que elegir uno de los dos caminos. O los instrumentos de producción pasan a poder del Estado, o quedan de propiedad de quienes los crearon, con la ilimitación romana de la propiedad.
Las dos tesis no pueden conciliarse, porque el organismo económico no funciona proficuamente sino de una u otra manera. Además hay un inmenso error en pensar que se puede ser socialista en economía y liberal en política. Para que la restricción a la libertad individual funcione, se necesita de un Estado fuerte, que haga caso omiso de la órbita de garantias de que el liberalismo rodea al individuo. De otra manera, los poderes del Estado creeen elefantiásicamente; el presupuesto público tiene que acrecerse en forma correspondiente; la capacidad técnica pasa irregular, pero necesariamente, de la empresa privada al servicio del Estado; y en un momento dado, la economía que debe sostener todo ese andamiaje oficial, no puede sobrellevarlo; a tiempo que el mandatario se ve con una serie infinita de potestades y de funciones en la mano, sin que pueda ejercitarlas por falta de medios materiales y de legislación coactiva. El Estado gigante tiene que hacer algo con los poderes que ha detentado; y no puede hacer nada, por falta de legislación y de instrumentos coercitivos; ni tampoco deja hacer nada a los demás.
Eso es lo que ha pasado en Colombia. La crisis política presente, coma lo ha dicho muchas veces, no tiene nada que ver con la negociación de la Handel, ni con el crimen de Mamatoco, ni con las casetas de Las Monjas; esos son temas de turno relativamente recientes, de ataque de la oposición, en vista de que los temas de la compra de Santa Maria, y del cheque negro por seiscientos pesos, y de la reivindicación de los terrenos del Carare, están más que agotados, y aburren copiosamente a la gente. La crisis política tiene que ver con la demagogia, con la intervención, con el gobierno beligerante, con la revolución en marcha, con la república liberal, con la existencia de los poderes del Estado. Las gentes que trabajan y crean están hartas de sufrir el fastidio de agencias ineficaces; los sindicatos están desilusionados de ver que toda aquella ingerencia en la vida de los ricos no se traduce en beneficio para la vida de los pobres.
López siente que su sistema ha fracasado. Que para manejar un Estado tan poderoso no sirven las leyes actuales ni los hombres del gobierno que para calmar el fastidio de los creadores económicos afectados por las medidas del gobierno, y la exacerbación de los opositores políticos exasperados por el sectarismo de este régimen, se necesita de una mano fuerte. Y él no es esa mano fuerte. El en el fondo, siente la emoción del liberalismo antiguo, del que protestaba en los campos de batalla contra la opresión de los gobiernos. Por otra parte, es un caballero, inepto para servirse de la policia secreta, y de la delación y el espionaje; radicalmente inepto, como ha podido comprobarse en casos recientes. Cuando un caballero se mete en esos menesteres, los desempeña en la forma más absurda.
Lo que López ve actualmente es que para manejar un Estado de la naturaleza del que ha venido creciendo en nuestro país, se necesita de presidente del calibre de Hernández Soler; y por otra parte, López se avergonzaría como colombiano de ver en el gobierno a un llamado hombre fuerte.
En este fracaso de la revolución en marcha consiste la crisis del liberalismo, partido que insurge contra esa revolución y quiere una rectificación perentoria; y ve sin embargo que el sistema ha echado demasiadas raices y ha creado demasiados intereses y ha hecho adquirir demasiados derechos.
Actualmente el liberalismo está unido ante el peligro inminente de perder el mando; porque la batalla por la subsistencia del régimen liberal la libramos los aranguistas, pero no hicimos efectiva la victoria. El liberalismo está unido en torno a la idea de que López debe volver al poder, como único medio de evitar la disociación inmediata de unas elecciones precipitadas y funestas. Pero existe un fenómeno.
Los liberales de la izquierda piden a López que regrese para que dé nuevo y decisivo impulso a la revolución; los liberales aranguistas y los santistas que constituyen la inmensa mayoria del partido, pero no su sector clamoroso y vistoso, piden a López que regrese, para que le dé un valeroso descabello a la revolución. En estas circunstancias, López agradece el homenaje que se tributa a su persona; pero no sabe qué camino coger, y prefiere coger el camino de su casa.
En él no hay pérdida ni disminución de su energia ni de su audacia.
Simplemente se encuentra ante una situación que su aguda inteligencia comprende que es demasiado cabezona. Su sola via de salida está en la que yo le aconsejo. Entrar, y hacer vida nueva; dedicarse a rectificar; a liberalizarse, que es lo mismo que nacionalizarse; tirar los embelecos por la borda; tomar una resolución tan decisiva como la que una noche tomó con su hermano Eduardo, cuando, fracasado, miraba descuidadamente una vidriera de almacén, en la alta noche.

EDICIÓN 1879

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