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| 4/13/1998 12:00:00 AM

FABRICANTE DE SUEÑOS

Pese al retiro de Valdivieso, Mockus cree aún en la tercería. Según él, muchos dirán: "¡Qué rico votar por Noemí o por Antanas!"

FABRICANTE DE SUEÑOS FABRICANTE DE SUEÑOS
Excentrico, para unos. Genio para otros. El mismo, si se le da a escoger un adjetivo que lo defina, acepta ser ante todo un hombre imaginativo. ¡Y claro que lo es! Pero uno, viéndolo en su apartamento del Bosque Izquierdo, que mira hacia las verdes y soleadasestribaciones de Monserrate, con las rodillas apoyadas en una mesa atiborrada de papeles, delante de un computador portátil y de espaldas a un ropero en el cual asoman media docena de corbatas y unas cuantas chaquetas usadas, piensa en un estudiante brillante y travieso que tiene teorías para todo. Sí, para mí, Aurelijus Rutenis Antanas Mockus es, ante todo, un adolescente de 46 años. No dejará de serlo nunca. Y ahí está su encanto.
Por eso, por no haber salido nunca de la adolescencia, sigue haciendo diabluras (símbolos de comunicación, dice él) tales como disfrazarse de Supermán o de monje, pintarse la cara como un indio amazónico u orinar a sus alumnos desde un balcón. Por eso, hasta hace nada, vivía con la mamá y dejaba que ella pasara revista, aprobara o desaprobara sus novias. Por eso debe uno cuidarse de no preguntarle por alguna pasión filosófica suya; por Nietzsche, por ejemplo, pues ahí, por agotamiento, muere cualquier entrevista. A mí se me parece al personaje de la película Desde el jardín, interpretado por Peter Sellers. ¿Lo recuerdan ustedes? Es un jardinero a quien se le confunde con un sabio estadista simplemente porque responde a todo con proverbios y herméticas metáforas tomadas de su oficio. ¡Y así llega al umbral de la Presidencia de Estados Unidos! Con Mockus ocurre lo mismo. Entre menos se le entienda, más se le admira. Frente a él, la gente se estima ignorante y toma por genialidades propuestas tales como su lema "Colombiano no mata colombiano", olvidándose que Moisés comunicó, milenios atrás, en sus tablas de la ley, un precepto algo más terminante y menos restrictivo (No matarás).
Pero seamos justos: el personaje es simpático. Le brillan los ojos. Y se le humedecen con una ráfaga de ese triste sentimentalismo eslavo hablando de las diásporas familiares que lo hicieron nacer en esta tierra, del encuentro de su padre y de su madre en la Alemania de la posguerra. Dos lituanos refugiados: ella, Nijole Sivickas, una escultora y ceramista; él, Alfonsus Mockus, un ingeniero químico recluido en un sanatorio para tuberculosos. A Colombia llegaron en octubre de 1950, la más negra época de la violencia. Tuvieron dos hijos: Antanas e Ismena. Cuando su padre murió en un accidente aéreo, en Cartagena, Antanas tenía 14 años y era el más aprovechado alumno del Liceo Francés. Años después haría estudios de altas matemáticas en Dijon, la patria francesa de la mostaza. A dos de sus abuelos llegó a conocerlos durante un viaje a Lituania. Recuerda bien aquel viaje, los bosques de abedules y el viento frío del Báltico mientras recorría aquellas tierras de sus antepasados en busca de la casa de campo donde vivía su abuela materna. El abuelo paterno llegó de noche, muy tarde. "¡Gloria a Jesucristo!", gritó desde afuera a tiempo que golpeaba en la puerta. Y lo que encontró en el vestíbulo fue a un muchacho que parecía venido de otro planeta, con una cara casi sepultada por una áspera maraña de pelos y de barbas rojizas y con una intensa y sonriente mirada azul. "Mire _fue lo primero que le dijo el viejo, hablándole en un rústico lituano del campo_, si voy por la calle y me lo encuentro a usted, cambio de andén". Se hicieron muy amigos. El abuelo, que había sido durante buena parte de su vida sacristán y que ganaba su vida haciendo tallas de madera, llegó a enseñarle viejas canciones de su país.
Nadie, por fortuna, ha tenido el mal gusto xenófobo de recordarle a Mockus su origen extranjero, como sí le ocurrió, 52 años atrás, a otro candidato presidencial, a Gabriel Turbay. Pero uno cede, sin embargo, a una simple curiosidad. ¿Qué tanto sabe de la Colombia de nuestros padres? De ahí las preguntas iniciales de esta entrevista.
Plinio Mendoza: ¿Sabe usted quiénes fueron Los Leopardos?
Antanas Mockus: No.
P.M.: ¿Y quién fue Mamatoco?
A.M.: No.
P.M.: ¿La palabra 'chulavita' le dice algo? ¿Sabe quiénes eran los chulavitas?
A.M.: Sí, era un grupo relacionado con la violencia. A ver, ¿los chulavitas peleaban contra los pájaros? ¿O eran de los mismos?
P.M.: Eran del mismo bando. ¿Habrá oído hablar de López Pumarejo y de Laureano Gómez?
A.M.: Alfonso López Pumarejo me interesó mucho por las reformas que introdujo. Fue una figura importante en el proceso de modernización del país. Bueno, creo que lo que desconozco de Colombia es lo que desconoce mi generación. Si estas preguntas se las hace usted a 100 colombianos de mi edad, o menores que yo, sólo Dos o tres se las contestan bien.
P.M.: Sin duda es así. Usted ha estudiado la violencia. ¿Cree que fue siempre Colombia un país violento?
A.M.: No, tengo claras evidencias, mirando la curva de homicidios en Colombia, de que hubo períodos de 10 ó 15 años muy pacíficos.
P.M.: ¿Se ha preguntado por qué, cuando lo mataron, Gaitán no llevaba guardaespaldas? ¿Por qué nunca los llevó?
A.M.: Sin duda porque no temía atentados. Aunque ya, a partir de 1947, la violencia había empezado a crecer. Bueno, también yo alcancé a conocer un país distinto. Hace poco volví a las comunas de Medellín, donde había estado durante la luna de miel de mi primer matrimonio, hace más de 20 años. Y recordaba que entonces paseábamos por allí o cogíamos buses urbanos sin temor de nada.
P.M.: Hablemos de su breve vida política. Ella se inició con el escándalo que produjo usted bajándose los pantalones delante de sus alumnos, cuando era rector de la Universidad Nacional. ¿Fue algo premeditado?
A.M.: No; fue espontáneo. Aunque sí hubo algo premeditado. Como vicerrector yo había escuchado la silbatina que los alumnos le dieron a un rector mientras leía un largo discurso. Y me había dicho: yo si no me aguantaría eso. Por dos razones: porque era una negación de la autoridad y una negación de la conversación, del lenguaje. Esas dos negaciones juntas no me las iba a aguantar.
P.M.: ¿Cómo se explica que con ese gesto usted se hubiese hecho tan popular? Cualquier otro rector habría quedado vuelto cisco en la consideración pública. Usted no. ¿Se ha preguntado por qué?
A.M.: Eso pertenece al mundo de la comunicación. Yo venía trabajando mucho en la idea de sustituir la violencia física por violencia simbólica. Me he explicado a veces la violencia por falta de herramientas sustitutivas. Si el guerrillero pudiese humillarte de otra manera, de pronto no te mataría. Cierto, es jarto ser humillado. Los franceses son dados a eso. En Dijon un empleAdo de la universidad me dijo una vaina horrible.
P.M.: ¿Cuál fue?
A.M.: Encontró que yo había dejado el baño sucio. Entonces me llamó y me dijo: "Tal vez en su país puede dejar el baño así, pero aquí no. Venga y lo limpia". Lo dijo en forma muy... muy sarcástica. Pero acabé por admirar su forma de actuar porque comprendí que mantenía el orden a través del lenguaje, sin necesidad de policías, ni de multas, ni de castigos. Sólo la palabra.

P.M.: Es decir, la novia hace de novia, el notario registra, el tigre ruge, el domador doma... ¿Es eso?
A.M.: Sí, la división del trabajo. Existe en todo. Por ejemplo, esta entrevista. Ustedes harán con ella lo que quieran, aunque es obvio que mis insumos son claves. Todo es un asunto de confianza. Así, cuando yo vi que el notario dudaba y que Adriana dudaba también, les dije: confiemos en los domadores.
P.M.: Muchas de estas consideraciones las aplicó usted cuando era alcalde de Bogotá. Y no me parece que sirvieran de mucho. Cuando debo cruzar, a las seis de la tarde, la carrera 15 o la carrera 11, me acuerdo de usted. El caos es el mismo que usted encontró. Tal vez el problema no era educar a la gente, sino al Estado.
A.M.: Mire, el 60 por ciento de los ciudadanos, encuestados en diciembre, cuando yo ya no era alcalde, aceptó que el comportamiento de los bogotanos había mejorado. Puede ser sólo una percepción. Opiniones. Pero hay dos cosas donde los resultados son comprobables. Los homicidios: se redujeron de 73 a 51 por 100.000 habitantes al año. Y el ahorro del agua también fue un objetivo logrado.
P.M.: Ahora sí hablemos de usted como candidato a la Presidencia. ¿Por qué ha bajado en las encuestas?
A.M.: El problema en buena parte está en mí. Una campaña larga es un absurdo. He aceptado modestamente ir a cualquier foro con tal de que me paguen. Si no, ¿de qué vivo? También he rechazado hablar mal de la gente, y eso puede haber influido.
P.M.: Nunca ataca usted al gobierno. ¿Por qué? ¿Le parece bueno?
A.M.: Cuando uno no está en la cabina del jumbo no ve quién está dentro.
P.M.: Lo mismo habría podido decirse para excusar a Stalin o a Franco...
A.M.: De acuerdo. Pero lo que sucede es que yo quiero atacar una tradición política y cultural, una de cuyas frutas más perfectas es este gobierno.
P.M.: ¿Qué piensa usted de Samper?
A.M.: Hay varias dimensiones. Veo un recreo clientelista, sí. El gobierno de Gaviria fue mucho más protécnico que el gobierno de Samper. Ahora hubo un retorno al modelo preconstitucional.
P.M.: ¿No será usted algo ambiguo en este punto?
A.M.: Ambiguo no soy. Prefiero callar, lo que es distinto. Callar es una manera de no estar interesado en subrayar este punto.
P.M.: Muy bien. Dígame, usted ha propuesto la unión de tres ejércitos para que el Estado tenga el real monopolio de la fuerza: el Ejército Nacional, la guerrilla y los paramilitares. ¿Cómo ve eso? ¿Un estado mayor conjunto con mi general Bonett, el 'Mono Jojoy' y Carlos Castaño?
A.M.: Es un bonito ejemplo. Los nombres no importan. Lo que cuenta es evitar la proliferación de la violencia. Hoy lo que hay son tres oligopolios, infinitas macroempresas de violencia. Los carteles también lo son.
P.M.: ¿Usted cree que podría con pedagogía convencer al cura Pérez de semejante acuerdo?
A.M.: Sí.
P.M.: ¿Pero no sería lo suyo como unir al ladrón y al policía, a la ley y a los que están fuera de ella? Con esa misma lógica podría invitarse a los carteles de la droga a formar parte de la policía.
A.M.: No, no.
P.M.: ¿Por qué no?
A.M.: Bueno, ojalá pudiera hacerse con los narcotraficantes lo que Kierkeegard proponía con el falsificador de moneda: ponerlo a revisar los billetes. Más de un narcotraficante podría ser un buen agente antinarcóticos.
P.M.: Es el reino de la utopía. El cielo. Pero estamos en la tierra, y no en cualquier lugar de la tierra, sino en Colombia. ¿Ve usted al cura Pérez y al general Bedoya tomados de la mano?
A.M.: El general Bedoya me aceptó que el 7 de agosto hay que despolarizar al país. Fue lo más positivo de la conversación que tuve con él.
P.M.: Pongamos, si usted lo permite, al filósofo a un lado. Y veamos al gobernante. Usted llega al poder. ¿Qué haría para pacificar al país?
A.M.: Desarme. Ley zanahoria, si me fuera bien con el Congreso.
P.M.: Usted desarmaría a los ciudadanos y los delincuentes quedarían con sus armas. Es decir, dejaríamos el corral de las gallinas a merced de los lobos.
A.M.: Pero yo prefiero no seguir yendo a entierros de gallinas. Mi mejor amigo murió con el arma aquí, en el cinto.
P.M.: De pronto, con su iniciativa, tendríamos más entierros. De gallinas, no de lobos.
A.M.: No creo. Si el ciudadano está desarmado puede que lo humillen, que lo violen... pero no lo matan. Gandhi tuvo su fuercecita con eso. Yo le diría a la guerrilla: ganar es lo de menos. El lío es gobernar después. Ese sí es un lío serio. Sería muy interesante convencerlos de que la parte más sustantiva de su proyecto se podría lograr por otros métodos. Qué tal que ellos se sentaran a la mesa y dijeran de pronto: miércoles, llevamos 20 años luchando por algo contra lo cual lucha también el Banco Mundial, la pobreza.
P.M.: ¿Qué haría con los narcotraficantes?
A.M.: Primero, un mes de pedagogía. Dos ideas: el narcotráfico produce altos ingresos porque involucra alto riesgo para la vida. Segundo: ese alto riesgo para la vida se traduce en muertes. De 10 narcotraficantes que empezaron en 1985 hoy sólo quedan vivos tres o cuatro. Ninguna sociedad considera la vida como un bien económico transable. Nadie puede vender su vida. La vida no es de la gente. En Inglaterra, hasta el año 52, al que intentaba suicidarse y no lo conseguía le clavaban dos años de cárcel.
P.M.: En suma, su propuesta es pedagogía. ¿Y si no le ponen bolas?
A.M.: En ese caso siguen ahí el general Rosso José Serrano y todas esas vainas.
P.M.:¿Qué haría con el Congreso si prevalece una mayoría clientelista?
A.M.: Pedagogía. Lo conseguí con el Concejo de Bogotá, que logró actuar sin recibir puestos ni contratos. Claro que no les gustó.
P.M.:¿Pedagogía con Name?
A.M.: Ya ve que sí.P.M.: Complicado.
A.M.: De acuerdo: es complicado. Y costoso. Se necesitan buenos tutores. Todo el mundo es redimible.
P.M.: Se está usted pareciendo a Jesucristo. ¿Cómo ve usted a sus competidores? ¿Cómo ve a Pastrana?
A.M.: No lo veo. Nunca viene a los foros.
P.M: Valdivieso acaba de retirarse de la tercería. ¿No le cayó esto como un chorro de agua fría?
A.M.: Confieso que sí. Es una de esas cosas que al principio uno no quiere creer. El vino a mi casa, por primera vez, para explicarme su decisión. Es humanamente entendible. Su equipo, que es el más calificado del de todos los demás candidatos, debió pintarle una película atroz y, frente a ella, él hizo lo que creyó que debía hacer. Es decir, del ahogado el sombrero.
P.M.: ¿Se ahogó la tercería o sigue vigente?
A.M.: Sigue vigente. Los argumentos que la sustentan no han perdido su validez. Incluso para que la primera vuelta sea más bonita, más entretenida.
P.M.: Ahora no quedan sino dos candidatos: usted y Noemí. ¿Quién le cede el puesto a quién y cómo?
A.M.: Vamos a sostener las reglas que veníamos acordando. Una encuesta. Como no podemos saber cual es la voluntad de Dios, pediremos su opinión a la gente. Será algo lindísimo porque Noemí encarna la igualdad alcanzada por la mujer. Ahora buscaremos la igualdad de géneros.
P.M.: Niguno de ustedes dos tiene maquinaria. ¿Cómo le van a ganar a Serpa o a Pastrana?
A.M.: Las cosas se definirán en el último mes. Yo no creo en votos cautivos. Aún el voto clientelista puede liberarse. ¡Qué rico votar por una mujer o por Antanas!, diran muchos. Noemí es mucho mejor que Pastrana. No se dejará chantajear por el Congreso. Yo tampoco.
P.M.: Y una pregunta final: ¿si es elegido presidente, ha pensado cómo sería su toma de posesión? ¿Habría tigres, elefantes?
A.M.: ( Luego de reflexionar) Llegaría en bicicleta. Pero lo que haría inmediatamente después, eso si no lo sé todavía.

P.M.: ¿El trasero al aire fue entonces algo similar?
A.M.: En la Universidad habíamos hecho un trabajo sobre lo que podíamos llamar 'actitud científica'. Queríamos desdoblar el trabajo en dos niveles: uno que es el operativo y otro que es analítico y crítico, que mira lo que uno va haciendo y lo estudia. Le voy a poner un ejemplo absolutamente horrible. Cuando usted empieza a leer manuales de sexología en gran cantidad puede volverse impotente porque está mirando las cosas desde afuera. Está asumiendo una actitud objetivante. Sabe que ante ciertos estímulos suben el pulso, la presión arterial...
P.M.: No lo sigo bien. Pero el caso fue que, con base en esas consideraciones, logró decir su discurso y ser aplaudido.
A.M.: Sí, pero al principio hubo silbidos, insultos. Una estudiante se subió al escenario y me insultó. Otro me botó sus zapatos. Yo los recogí e hice una pequeña instalación en el micrófono. Me puse en manos del público y el público me dejó hablar. Luego me puse en manos de la opinión pública y la opinión colombiana decantó las cosas y me dejó seguir.
P.M.: Pero el Presidente le pidió la renuncia.
A.M.: Sí.
P.M.: Y usted sufrió. Lloró.
A.M.: Claro, claro.
P.M.: Pero después de eso hay muchas otras cosas. Se ha disfrazado de Supermán, ha sacado una espada de plástico... ¿Manejo de símbolos, quizás?
A.M.: Lo hago porque es un medio de gobierno. Lo segundo: si lo hago es porque la gente me entiende y el deber del pedagogo es hacerse entender.
P.M.: Alguien diría: ¿qué función pedagógica o educativa puede cumplir el quitarse los pantalones en público o echarle un vaso de agua en la cara a sus competidores en un foro?
A.M.: Ah, sí. Lo del vaso de agua. El que le eché a Peñalosa y el que le eché a Serpa fueron muy distintos.
P.M.: Era agua. Ambos tenían agua.
A.M.: El de Peñalosa era una forma de integración simbólica. Era una manera de demostrar que en la gestión pública no existen sólo el garrote y la zanahoria. Se cumplía con ello la función sacramental del agua.
P.M.: Eso lo piensa usted, pero no el que recibe el agua. Nadie quiere ser bautizado de nuevo.
A.M.: Bueno, pero lo lindo de eso fue que Peñalosa recibió una baja cantidad de agua y a mí me devolvió una alta cantidad.
P.M.: Serpa no le devolvió el agua. Se puso bravo, y con razón.
A.M.: Lo de Serpa fue muy distinto. Y fue para mí rarísimo que la prensa escrita no hubiese reconstruido el contexto. La televisión esta vez fue más objetiva. Me habían preguntado a mí: ¿Usted qué le preguntaría a Colombia? Voltearon el asunto. No se trataba de saber qué le preguntaba Colombia a los candidatos, sino al revés. Y yo pensé que la pregunta consistía en saber lo que nos unía. Y la respuesta era: una alta capacidad de riesgo. Entonces imaginé un riesgo zanahorio y... ¡juápete!
P.M.: Los bigotes de Serpa chorreando agua.
A.M.: Eso daba para una discusión de fondo sobre el tema del riesgo. Un buen empresario se arriesga. Un Manuel Elkin Patarroyo también. Gabo es un arriesgado. Shakira es una arriesgada. Y Carlos Vives, no se diga.
P.M.: Hablemos de otro espectáculo. Su matrimonio. ¿Por qué no se casó de manera más discreta?
A.M.: (Luego de meditar) A ver... Yo creo que la idea de casarme en una oficina, en una notaría, me parecía dramática. Sentía una nostalgia de ese rito público que es un matrimonio católico. El matrimonio une dos cosas. Una, la jurídica. Es un contrato, y listo. Pero otra era la ceremonia, la parafernalia.
P.M.:Y usted inventó la suya, ¿es eso? Con elefantes, tigres y domadores.
A.M.: Sí.
(Una estudiante de periodismo interviene).
Estudiante: Señor Mockus, ¿nunca se ha planteado que el suyo es un lenguaje también excluyente, elitista? ¿Dónde queda la gente que no puede hacer lo mismo que usted?
A.M.: Esto, como en las buenas novelas, tiene lectura en varias capas. Hay gente que dice: "El tipo se casó en un circo porque todo matrimonio es un circo". El rabino que llevé me decía: "Una cosa era casarme y otra el circo social". Meses después mi hija mayor se casó. Hizo un matrimonio tradicional perfecto. Y fue muy lindo. El notario que yo llevé, que es el decano de los notarios de Bogotá, aceptó ir y eso me pareció muy bueno. Pero cuando supo que era con leones y tigres dijo que no.
P.M.: Con toda razón.
A.M.: También a Adriana la cosa de los tigres le parecía fregada. Yo le dije: confiamos en la división del trabajo.

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