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| 9/14/1998 12:00:00 AM

LA CASTRACION DE BILL CLINTON

Con su tradicional humor negro, Antonio Caballero muestra cómo el escándalo sexual del Presidente de Estados Unidos es menos chiste de lo que muchos creen.

LA CASTRACION DE BILL CLINTON LA CASTRACION DE BILL CLINTON
muchas veces se ha propuesto en Estados Unidos, país bárbaro y fundamentalista, castrar a los delincuentes sexuales. Y se ha hecho en alguna ocasión en los más retrógrados Estados del llamado 'Bible Belt', esa ancha zona (o 'cinturón') de granjeros que leen la Biblia, empiezan todas sus frases diciendo "mi abuelo me decía" y todavía creen que la tierra es plana. Ahora están castrando así a Bill Clinton, y es posible que mañana, cuando salga a la calle esta revista, la operación jurídico-quirúrgica haya concluido satisfactoriamente. Se trata del espectáculo más grande del mundo. Pues si los bárbaros fundamentalistas islámicos de Afganistán amputan las manos de los ladrones ante el público de los estadios de Kabul, la castración de Clinton, como es natural en un país Tecnológicamente avanzado, tiene como espectadores a todos los habitantes de la tierra. Clinton no es un delincuente sexual común y corriente del Bible Belt, ni mucho menos un ladronzuelo afgano. Es el presidente de Estados Unidos de América. Es decir, para usar la frase consagrada, "el hombre más poderoso del mundo". Aunque cabe preguntarse si es de verdad poderoso un hombre a quien con tanta facilidad es posible condenar judicialmente a convertirse en un eunuco. Y aún antes de que se llegara a este extremo, cabe preguntarse si es de verdad poderoso un hombre que no puede hacer las cosas más simples de la vida cotidiana sin consultarlas previamente con un sinfín de instancias institucionales o informales: con sus abogados, con el Congreso, con su señora, con sus asesores de imagen, con los gurúes de los medios, con las encuestas de opinión, con los telepredicadores presbiterianos, con el Consejo de Seguridad de la ONU, con el sindicato de camioneros, con los guionistas de Hollywood, con un fiscal de Arkansas, con el servicio secreto. "¿Puedo hacer pipí?", pregunta, por ejemplo, el hombre más poderoso del mundo. Y unos dicen que sí, y otros que no, y para terminar se convoca un Gran Jurado compuesto por un puñado de ciudadanos escogidos al azar: tres amas de casa, un puertorriqueño desempleado, un ex policía, dos trabajadores sociales, etc. Y el Gran Jurado vota si sí, o si no.Clinton insiste: "¿Y dónde puedo hacer pipí?". ¿En el baño del avión Air Force One, en la rosaleda de la Casa Blanca, en el derecho internacional humanitario, en la boca de una gordita deslenguada llamada Monica Lewinsky? Pues si hablo aquí, en tono infantil, de "hacer pipí", es porque ese es el concepto infantiloide que parece tener Clinton del sexo oral, que la joven Monica le practicó 12 veces _según dice ella_ en el curso de sus relaciones. Doce veces, en una de las cuales el pipí del presidente _o su licor seminal: la cosa no está muy clara_ dejó un lamparón en el vestido de ella: un recatado vestido azul de cuello alto y mangas largas comprado por 70 dólares y que hoy, gracias a que la muchacha tuvo la precaución de no lavarle la mancha, puede valer 100.000.Bueno: pues después de oída la opinión del Congreso, de la CIA, del Departamento de Investigación Genética de la Universidad de Harvard, del reverendo Billy Graham, del New York Times, y de los abogados, un Gran Jurado debe decidir si el hombre más poderoso del mundo tenía o no tenía derecho a hacer pipí en el vestido de una joven becaria de la Casa Blanca. Y, en caso de que lo tuviera, si estaba o no cometiendo un delito al pedirle a ella que no se lo contara a nadie. "Don't tell mom" (no se los digas a tu mamá) es la primera norma de conducta que aprenden las adolescentes norteamericanas cuando despiertan al sexo. Pero Monica Lewinsky no sólo se lo contó a la suya, sino que además le dio a guardar el vestido con su mancha romántica. Y después se lo contó también al fiscal especial Kenneth Starr, a cambio de la promesa de inmunidad judicial, y finalmente al Gran Jurado. Lo cual, en definitiva, puede llevar a Bill Clinton a perder la presidencia. Entonces ¿el poder para qué? _como se preguntaba en Colombia, hace medio siglo, el maestro Darío Echandía_. ¿De qué le sirve todo su poder al hombre más poderoso del mundo si ni siquiera puede practicar el sexo como cualquier adolescente? Tradicionalmente, el poder ha servido fundamentalmente para eso, incluso en el reino animal: son los machos más fuertes de la horda de chimpancés los que acaparan a las hembras, y en el enjambre de avispas sólo la reina tiene acceso a la fecundación. En las sociedades humanas siempre ha ocurrido lo mismo. Según Freud, en la primigenia sociedad patriarcal todas las mujeres eran del padre, hasta que un día los hijos varones se hartaron de ese monstruoso privilegio, y mataron al padre y se lo comieron en un banquete ritual muy parecido al que está teniendo las criadillas de Clinton como plato fuerte. Y ahí empezó la historia. Y en la historia el mecanismo ha seguido siendo igual. El poder ha servido siempre, en primer lugar, para que el poderoso se acueste con quien le dé la gana. El faraón egipcio Akenaton lo usaba para acostarse con su bella madre Nefertiti. Jerjes, el Gran Rey de Persia, tenía nada menos que ocho reinas principales y 240 concubinas: un verdadero internado para señoritas. Julio César se dio en Roma el lujo de ser "el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos". Y así, todos, siempre, incluyendo también a la mujeres poderosas: Mesalina, llamada la ramera imperial, o la zarina Catalina la Grande, que abusó sexualmente de todos los oficiales de su guardia. Así todos, sin distinción de religiones: el Gran Turco, Solimán el Magnífico, tuvo más de 1.000 mujeres en su harén de Constantinopla; y su contemporáneo y rival el papa Alejandro VI no sólo se acostaba con su hija Lucrecia sino que organizaba en sus estancias del Vaticano orgías sexuales espléndidas, que todavía resuenan en la historia. Ese privilegio sexual es tan consustancial al poder que no desaparece ni siquiera cuando el poder absoluto no es ya más que un recuerdo. El príncipe Carlos de Inglaterra no podrá ya mandar decapitar a sus mujeres, como su antecesor Enrique VIII pero puede escogerlas bonitas como Diana Spencer o feas como Camilla Parker-Bowles, solteras como la una o casadas como la otra, sin que por eso lo despojen de su derecho a la corona. Y las princesitas de Mónaco han dado toda su vida un ejemplo de promiscuidad sexual digno de la propia Mesalina: Carolina se ha acostado con tenistas argentinos, gigolos franceses, regatistas italianos, príncipes alemanes; y su hermana Estefanía cambia de amante, y de padre de sus hijos, cada vez que cambia de guardaespaldas. De lo que fue el poder de su familia durante algunos siglos les queda por lo menos eso.Y así ocurre en todas partes, incluyendo a Estados Unidos a pesar de su tradición puritana: el presidente Jefferson se acostaba con todas sus esclavas negras, y el presidente Kennedy con todas las actrices de Hollywood, incluyendo a la más deseada de la época, que era Marilyn Monroe. ¿Qué ha sucedido, pues, para que a Bill Clinton, el hombre más poderoso del mundo, se le haya escapado ese atributo fundamental del poder que es el derecho de pernada? Puede bombardear a Irak, hambrear a Cuba, descertificar a Colombia, expulsar de un plumazo a todos los inmigrantes ilegales, lanzar bombas atómicas sobre Libia o sobre la China; pero no puede poner sus órganos sexuales en donde, por decirlo crudamente, le salga de los cojones. Ha sucedido algo muy raro.Lo que ha sucedido es que, en una deriva aberrante pero por lo visto inatajable, la administración de justicia en Estados Unidos ha terminado por convertirse en un instrumento al servicio del fundamentalismo norteamericano por excelencia, que no es, como en otras tierras, el fundamentalismo religioso ni el étnico, sino el fundamentalismo moral: más exactamente, el fundamentalismo de la hipocresía. Por mantener intacta la hipocresía, la justicia norteamericana se ha llevado el derecho por delante. El largo y tortuoso caso que ha terminado llevando al hombre más poderoso del mundo ante un gran jurado de amas de casa ilustra eso perfectamente: se han utilizado en él todos los recursos aberrantes de que dispone la panoplia judicial norteamericana, que no está concebida para castigar culpables, sino para amedrentar inocentes, o para enredarlos. En cabeza del presidente de Estados Unidos esta demostración resulta más ejemplarizante que en cualquier otra porque, a diferencia de todos los demás, el hombre más poderoso del mundo no goza del privilegio de acogerse a la Quinta Enmienda de la Constitución norteamericana, que a todo ciudadano le permite no autoincriminarse. Y así, Clinton ha terminado por caer sin poder evitarlo en todas las trampas judiciales que le ha tendido Kenneth Starr, el fiscal especial nombrado para el caso por su propia subordinada, la secretaria de Justicia (Attorney General) Janet Reno.La primera trampa consiste en que en realidad el fiscal especial había sido nombrado para investigar otro caso. El llamado 'Whitewater', un confuso asunto de negocios emprendido por Clinton cuando era gobernador de Arkansas, del que Starr, tras muchos esfuerzos, no logró sacar nada en limpio contra el presidente. De manera que lo conectó (arbitrariamente, pero Starr no puede ser destituido) con el 'caso Paula Jones', que también data de los tiempos de Arkansas y se refiere a una acusación de acoso sexual por parte de Clinton en una habitación de hotel. Pero al llamar a declarar a Clinton sobre lo de Paula Jones el fiscal le tendió una segunda trampa, haciéndole preguntas no sobre ella, sino sobre un tercer caso: el de Monica Lewinsky. Que a su vez no trata de acoso sexual_ Monica participó voluntariamente en una relación que, sea sexual o no (semen o simple pipí), en ningún caso constituye delito_. Pero si al declarar sobre ella el presidente no dijo la verdad puede haber incurrido en el delito de perjurio; o en el más grave aún de incitación al perjurio de un testigo (Monica), si por sugerencia de Clinton ella tampoco la dijo. La tercera trampa de Starr consiste en aprovechar el hecho de que la justicia norteamericana premia la delación, ofreciéndole a Monica la inmunidad total para su propio posible perjurio si se retracta de sus declaraciones originales, en las que negaba todo, y acepta acusar al presidente no sólo de haber mentido sobre la relación sino de haberla incitado a ella a mentir también. Starr, que en el curso de sus investigaciones ha gastado ya 40 millones de dólares del presupuesto de la justicia (lo cual es mucho por un vestido manchado: ni que fuera el Santo Sudario de Turín), necesita justificarlas obteniendo no sólo la declaración de Monica, que ya tiene, sino también la confesión de Clinton. Al cual sólo parece quedarle una salida: decir que mintió, sí, pero solamente para proteger los sentimientos de su hija Chelsea. Y como el argumento toca el centro mismo del fundamentalismo de la hipocresía, será perdonado por el pueblo norteamericano.Eso sí, se habrá convertido en un eunuco. Pero seguirá siendo durante un par de años el hombre más poderoso del mundo.

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