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| 10/7/1996 12:00:00 AM

MAO Y SU DOBLE

Se cumplen 20 años de la muerte de Mao Tse-Tung, el hombre que revolucionó la China. Antonio Caballero analiza su figura histórica.

MAO Y SU DOBLE MAO Y SU DOBLE
Cuenta Li Zhisui, médico personal de Mao Tse-Tung durante veinte años, que cuando el viejo líder falleció de vejez el Partido dispuso que fuera embalsamado. Pero nadie sabía embalsamar cadáveres en China. Tras consultar una enciclopedia, los médicos llenaron el cuerpo de formol. Se les fue la mano -le inyectaron 22 litros- y la cabeza del difunto se infló como un gran globo. Los más forzudos del equipo pasaron toda una noche comprimiéndola por turnos para expulsar el líquido hacia otras partes del cuerpo y conseguir así un cadáver presentable para los funerales oficiales. Pero entonces el tórax y el abdomen se hincharon de tal manera que ya no abotonaba la chaqueta -la famosa, austera y gris "chaqueta Mao", cerrada hasta el cuello- y hubo que abrirle un corte en la espalda. Por si acaso, encargaron de urgencia al Instituto Revolucionario de Artes y Oficios de Pekín un doble en cera del presidente muerto, que quedó -dice el doctor Li Zhisui con orgullo- mejor que las figuras del Museo de Cera de Madame Tussaud de Londres: "Parecía de verdad". Luego guardaron los dos Maos, el auténtico y el artificial, en un descomunal mausoleo levantado en la plaza Tiananmen. No se sabe cuál de los dos es el que se exhibe actualmente (si es que todavía se exhibe), pero lo más probable es que sea el Mao Tse-Tung hecho en cera. El otro, el de carne y hueso, ha sido enviado por sus sucesores a lo que él mismo llamaba, con desprecio poético, "el basurero de la Historia". Es un destino injusto para un hombre que fue, sin discusión, uno de los más grandes del siglo XX. Mao Tse-Tung fue muchas cosas en su larga y agitada vida. Un hijo dócil, y luego rebelde, de campesinos de la provincia de Hunan, donde nació en 1893. Un estudiante aplicado de Confucio y de los clásicos de la literatura china, y más tarde un fogoso agitador estudiantil marxista. Un burócrata de partido, un jefe de guerrillas, un poeta tradicional y lírico (mediocre, dicen los que leen chino), un ideólogo revolucionario, el comandante supremo de un inmenso ejército, el gran líder patriótico de una guerra contra la ocupación japonesa de su país, el jefe único de un partido único, y, en su vejez, un verdadero dios viviente al cual se le rendían honores de tal naturaleza, no sólo en China sino entre los maoístas del mundo entero, de Nueva Zelandia a Francia y de Perú a Camboya, que a su lado el "culto a la personalidad" de Stalin parece un juego de niños. Mao fue todo eso, sucesiva o simultáneamente. Y, además, el más importante gobernante que ha tenido la inmensa China en los últimos mil años: al menos desde el primer emperador mongol, Kublai Khan. Mao Tse-Tung despertó a la China de un letargo de siglos, la unificó de un modo que no había conocido desde los tiempos del imperio manchú; y al país miserable, humillado y desmembrado por las potencias de Occidente que lo había visto nacer a fines del siglo XIX lo dejó convertido al morir hace veinte años en una de las primeras tres grandes potencias políticas, militares y económicas (y, por supuesto, demográficas) del planeta. Cuando Mao nació, China era el gran estercolero del mundo. Cuando murió, y en buena medida gracias a él, era otra vez el fabuloso "Imperio del Medio". Para forjar esa nueva China -que gobernó, o mejor, sobre la cual reinó, durante 25 años, desde la proclamación de la República Popular el 4 de octubre de 1949 hasta su muerte el 9 de septiembre de 1976- Mao tuvo primero que conquistar la China vieja. La tarea le tomó dos decenios, y para llevarla a cabo tuvo que crear dos instrumentos: el Partido Comunista Chino y el Ejército Rojo, que aún hoy, a pesar de las profundas reformas económicas llevadas a cabo por los nuevos dirigentes de Pekín, siguen constituyendo el sistema óseo y el sistema nervioso de la China. El Partido existía ya desde los años veinte, en su modalidad leninista ortodoxa (obrero, urbano, intelectual, "vanguardia del proletariado"); pero, tras su aplastamiento sangriento por el Kuomingtang en la revolución frustrada de 1925, Mao Tse-Tung lo transformó por completo. Abandonó las ciudades y lo reorganizó en el campo, sustituyendo su exigua base proletaria (tres millones de obreros industriales) por las inmensas masas del campesinado explotado y miserable (un potencial de 800 millones; medio mundo); y supo insuflarles a éstas, más que "una conciencia revolucionaria" propiamente dicha, la conciencia de que esta vez sí, al cabo de milenios de sublevaciones sofocadas en sangre, podían vencer. Su victoria fue posible gracias a otra irreverente heterodoxia de Mao: su novedosa estrategia militar de "guerra popular prolongada desde el campo a las ciudades". Una forma de guerra de guerrillas concebida no como auxiliar local y coyuntural de la guerra regular entre ejércitos regulares, sino como el embrión de un ejército regular hecho de campesinos y como el detonante de una guerra civil en regla. "Si el enemigo avanza, nosotros nos retiramos. Si retrocede, atacamos", decía Mao. Y se retiró acosado por el enemigo (los ejércitos del Kuomingtang comandados por Chiang Kai Chek), durante nada menos que diez mil kilómetros, desde el sudeste de la China hasta el remoto noroeste, a través de selvas y desiertos y páramos en una "Larga Marcha" que duró un año entero (34-35) y sólo es comparable en las epopeyas de la historia universal a la Anabasis que cuenta Jenofonte. De cien mil hombres y mujeres que iniciaron la marcha llegaron quince mil. Pero en el nuevo gran desorden provocado por la invasión japonesa Mao se alió con Chiang, para cinco o seis años de "Guerra patriótica", sólo para, derrotado el Japón en 1945, volverse de nuevo contra él y expulsarlo a Taiwán con sus diezmadas tropas en 1949. "Si el enemigo retrocede, nosotros atacamos". Y entonces, amo del Partido, amo del Ejército, amo de la China, Mao Tse-Tung tuvo la audacia de desafiar a los Estados Unidos y humillarlos en el empate de la guerra de Corea, en los años cincuenta; y luego, en los sesenta, de afrontar a la Unión Soviética entonces en el cenit de su poderío militar y político.

En el curso de esos 25 años ininterrumpidos de guerras civiles e internacionales, y a un costo de millones de muertos, se había hecho una profunda revolución política y social en China. Con su ejército de campesinos como punta de lanza, y en nombre de un marxismo-leninismo heréticamente adaptado a la estructura rural del país, Mao Tse-Tung le dio el golpe de muerte a la sociedad tradicional, feudal a medias todavía y, a medias también, burguesa y capitalista. China era independiente, autónoma y poderosa, después de muchos siglos. China era revolucionaria, más aún que la propia Unión Soviética. China era maoísta. El triunfo era completo: territorial, político, ideológico. Pero a Mao Tse-Tung, distinto en eso del Dios del Génesis, no le gustó su obra. Y entonces _caso prácticamente único en el elenco de conquistadores y revolucionarios de la historia_ pretendió deshacer todo lo que había hecho. No contento con haber conquistado el poder mediante una revolución, y para hacerla, emprendió una nueva revolución desde el poder, y para destruirlo. Se llamó la "Gran Revolución Cultural" (y fue otro río de sangre). Apoyado en su desmesurado prestigio cuasi divino, en su cargo de presidente vitalicio del Partido, y en millones de jovencísimos Guardias Rojos reclutados entre los estudiantes de bachillerato de la China nueva, Mao emprendió una cruzada -una maoada- de limpieza y purificación del Estado, del Partido y del Ejército. Los enemigos eran la burocratización (en el Estado, en el Partido, en el Ejército), la tentación del desarrollo económico (en el Estado, etc.), y la nueva estratificación social representada por esos mismos Guardias Rojos ya educados y "descampesinados". El instrumento, el "Pequeño libro rojo del presidente Mao", una especie de catecismo simplificado de la copiosa producción ensayística y poética del líder. La inspiración, el "amor por el pueblo" y el "odio al egoísmo". El objetivo, cambiar al hombre. Fue un fracaso. Los resultados de tres años de agitación "cultural" (1965-68) fueron catastróficos en términos de disgregación social, destrucción económica, atraso educativo y académico, y muerte: los jóvenes Guardias Rojos se excedían a menudo en sus tareas de "reeducación de cuadros". Y hubo cientos de millares de muertos. En la aventura perdió Mao el poder real (aunque durante varios años, y hasta su muerte natural, siguió siendo venerado como un dios: pero un dios incómodo y dañino, al que conviene guardar encerrado en su tabernáculo); y quienes lo acompañaron en ella (la luego famosa "banda de los cuatro") no sobrevivieron al eclipse del líder. El control de la China pasó a manos de Deng Tsiao Ping, una anciano sobreviviente de muchas guerras, incluidas las purgas de los fanáticos Guardias Rojos, que procedió a desmantelar no sólo la utopía de la revolución cultural sino también muchas de las realidades de la otra. Para Deng, "lo que importa de un gato no es que sea negro o blanco, sino que cace ratones": de modo que ha descuartizado el gato criado por Mao para vender el cuero, y sólo ha conservado de él las dos cosas necesarias para mantener a raya a los ratones: las uñas y los dientes. Es decir, el Partido y el Ejército. Desaparecido el fin, quedan los medios. Esa es la herencia que dejó Mao Tse-Tung: instrumentos prácticos para una obra teórica que no es la suya, sino que la contradice frontalmente. Y la contradicción -que, según él, está en el corazón de todas las cosas- se halla también en él mismo. Así, ese gran heterodoxo generó una ortodoxia férrea. Ese empírico puro dio origen a una doctrina dogmática. Ese predicador de rebeldía acabó siendo obedecido como un tirano y adorado como un dios. La contradicción es inherente a todas las cosas de la naturaleza y de la historia, escribía Mao ("De la contradicción", 1937). La realidad es más compleja y más relativa que como la pintan los manuales: nada es absoluto, toda cosa es contradictoria en sí misma y cada aspecto de cada cosa es contradictorio también. La contradicción es universal. Lo cual se resume en un postulado famoso: "uno se divide en dos". En "De la práctica" (1937) escribía Mao -teorizaba Mao- que para entender cabalmente la realidad es necesario partir de ella, y no _a la manera del espíritu dogmático_ de los principios. Hay que buscar la verdad en los hechos, y no deducirla de una doctrina previamente establecida. Obviedades, claro está: verdades de Perogrullo. Pero, por eso mismo, casi imposibles de entender y de aceptar. "La raza humana no puede tolerar demasiada realidad", decía el poeta T. S. Elliot. Tan difíciles de tolerar resultaban las verdades blandidas como puños por Mao Tse-Tung, que los maoístas se apresuraron a convertirlas en dogmas de fe, que es lo contrario. El, que era un empírico y un práctico, fue transformado en un doctrinario y un teórico. Tanto en lo que hacía como en lo que decía. Cuando, por ejemplo, unas imágenes muy publicitadas lo mostraron nadando en el río Yang Tse, eso tenía un claro sentido práctico: mostrar que el anciano Gran Timonel seguía siendo un hombre sano y vigoroso. Pero lo que no tenía ningún sentido fue lo que a continuación hicieron 800 millones de chinos: echarse a nadar ellos al Yang Tse. Y cuando Mao escribía una tautología: para ganar la guerra revolucionaria en China es necesario pensar la guerra revolucionaria en China, eso también tenía sentido. En China, y en la guerra revolucionaria. Pero no, como lo interpretaron los maoístas, en el París burgués de 1968 o en la Universidad de los Andes de Bogotá, vivero de funcionarios del Banco Mundial. Por eso triunfó Mao en su primera revolución -la guerra revolucionaria en China, justament-_ y por eso mismo fracasó en la segunda _la revolución cultural. Lo primero fue el triunfo de la práctica. Lo segundo, el fracaso de la teoría. Y es que Mao Tse-Tung, como todas las cosas, estaba dividido en dos. Había un Mao de carne y sangre, práctico, empírico, real. Y otro Mao, idéntico en apariencia, pero fabricado por el Instituto de Artes y Oficios Maoístas, en pura cera de teoría, como los muñecos de Madame Tussaud. Los dos están hoy encerrados en el fastuoso mausoleo de la plaza Tiananmen -a no ser que los haya barrido ya el viento de la historia, que es el nombre que reciben los servicios de limpieza de Deng Tsiao Ping.

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