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| 6/20/2006 12:00:00 AM

Saber poner límites

En una entrevista reciente publicada por la revista Semana, Paulo Laserna, presidente de Caracol Televisión, respondió a la pregunta sobre la posibilidad de ofrecerles a los televidentes contenidos distintos a los realities

Saber poner límites Saber poner límites
En una entrevista reciente publicada por la revista Semana, Paulo Laserna, presidente de Caracol Televisión, respondió a la pregunta sobre la posibilidad de ofrecerles a los televidentes contenidos distintos a los realities que han inundado los canales privados, lo siguiente: “Lo que pasa es que la élite colombiana es pretenciosa en términos intelectuales. Y quisiera que le diéramos al pueblo ‘Yuruparí’ o ‘Revivamos nuestra historia’, pero esos programas no generan grandes audiencias. Uno le da a la gente lo que quiere ver, pues en televisión el rating es letal”.

En principio, muchos tenderían a estar de acuerdo con sus argumentos. Laserna habla del negocio. Necesita mostrar cifras en su balance, como cualquier otra empresa, como Bavaria, por ejemplo, que vende cerveza. Es muy probable que la mayoría de los colombianos diga: “Sí, este señor tiene toda la razón. La plata es la plata, ¿no?” Si los talk shows basura y los realities basura y las películas basura de Jean Claude Van Damme o de Arnold Schwarzenegger que pasan a todas horas arrojan índices de audiencia que permiten cobrar más por la publicidad, ¿por qué los van a dejar de emitir?

Primero, habría que comenzar por aclarar que Arcadia no cree que la élite colombiana sea pretenciosa en términos intelectuales. Más bien es al contrario, porque la élite colombiana es todo, menos intelectual. Pero es posible que lo que Laserna haya querido decir es que “la élite intelectual es pretenciosa”, que es bien distinto. Y en eso tiene una sustanciosa cuota de razón. No es exagerado afirmar que la vieja élite cultural es –con muchas loables excepciones–, pedante, insufrible y tremendamente parroquiana. Pero eso es lo de menos. El problema es que su discurso tradicional no hace más que polarizar la situación al no aceptar que la televisión también es un negocio y lo único que logra es que sus argumentos sean desdeñados con arrogancia por los empresarios de la “telebasura”. Por eso Laserna (O Gabriel Reyes, que debe pensar exactamente igual) puede despachar tan tranquilamente el tema de los contenidos con argumentos tan facilistas como que “‘Yuruparí’ no genera ratings”.

Quienes clamamos por mejores contenidos en la televisión no necesariamente estamos pidiendo que nos pasen “Yuruparí” en horario triple A. Estamos pidiendo coherencia y calidad tanto en los contenidos que generan audiencias, en el discurso mismo que esgrimen, así como espacios para una programación cultural que no tiene por qué ser un ladrillo. Lo que pasa es que para hacerla se necesita gente con ideas novedosas, gente informada y no, como sucede ahora, un gueto desesperado, sumido en lo que parece haberse convertido en una guerra bipartidista sin cuartel. Porque no podemos olvidar que “Yuruparí” y “Revivamos nuestra historia” tuvieron en su época unos índices de audiencia que seguramente les darían envidia a los productores de algunos realities de hoy.

Pero el asunto tiene que ver con los límites, con los términos medios, con la responsabilidad social. Y ese término que parece tan aburrido, “responsabilidad social”, es, gústele o no a la élite empresarial colombiana, el gran tema del siglo xxi. No porque les toque, no por quedar bien, no por “poner su granito de arena”. Es un tema fundamental porque a la larga las multinacionales en Occidente han acabado por comprender que a nadie –y a ellos menos que a nadie– le conviene que crezcan los índices de pobreza absoluta. Así mismo, tampoco les conviene a los generadores de contenidos que crezcan los índices (imaginarios, claro) de “ignorancia absoluta”.

¿Será que es necesario recordarles que la televisión es la gran educadora de los tiempos modernos? Como el más poderoso medio de comunicación masiva (consagrado como bien público en la Constitución), a ella sí le compete una gigantesca responsabilidad en la construcción de una nación, de un imaginario colectivo y de ofrecer contenidos inteligentes, respetando la pluralidad.

Y cuando decimos que el verdadero debate debe darse sobre límites, sobre los términos medios, queremos decir lo siguiente: un programa como “Factor x” de rcn está bien. Lo mismo puede decirse de “Expedición Róbinson”, de Caracol. Pero un programa como “Factor x” con niños es una infamia. Someter a un niño a la burla inclemente de un adulto o, para poner otro ejemplo, hacer bailar a una persona discapacitada para conseguir una silla de ruedas es grotesco, es humillante. ¿Dónde queda la dignidad de ese adulto o de ese niño? La lógica abyecta que mueve a los generadores de contenidos es la de ordeñar las ubres hasta que salga sangre en vez de leche. Allí está el error. Allí está lo que nos subleva a algunos. En ese no saber dónde están los límites.

Saber poner límites es precisamente lo que ha hecho Bavaria, en la excelente carta que envió a El Tiempo Karl Lippert, su presidente, en respuesta a una columna de Salud Hernández en el mismo diario. Lippert afirma que Bavaria ha adoptado la política mundial de Sab Miller (Alcohol Manifiesto), que incluye comités de evaluación ética y autorregulación de contenidos de pauta. ¿Por qué una empresa privada que vende cerveza sí puede hacerlo y los canales privados de televisión, que obviamente tienen una cuota de responsabilidad muchísimo mayor, no?

El binomio negocio-responsablidad social es posible. Al igual que el presidente de Bavaria, los directores de los canales privados forman parte de la élite de Colombia. Lippert lo sabe, lo asume y actúa en consecuencia. Los directores de los canales privados deberían asumirlo públicamente también.

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