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| 6/20/2006 12:00:00 AM

Un teatro con sentido

Ha montado nueve obras en Europa y ya van siete premios internacionales, desde el Premio Nacional de Dramaturgia de Colombia hasta el Max a las Nuevas Tendencias en Barcelona. Le contamos quién es Enrique Vargas, este dramaturgo exéntrico que entre el 30 de junio y el 16 de julio presentará su nueva obra, El eco de la sombra, en la ciudad de Gaudí.

Un teatro con sentido Un teatro con sentido
Escuchar
Voy en un carro blanco”, me dice su voz en el teléfono, “¿sabes manejar?”
No, no sé manejar y no sé por qué mi entrevistado me pregunta algo así. Recuerdo que en las obras de Enrique Vargas el público tiene que hacer algo: beber vino, atravesar un laberinto, navegar en un lago. Aquello del espectador participante, el público como protagonista de la experiencia creativa, es una de las bases teóricas de la Poética de los Sentidos con la que Vargas renovó la escena teatral hispana de los noventa. A mí me quiere hacer manejar su automóvil.

Si no fuera domingo, esta colina en la zona más alta de la montaña de Monjuic, en Barcelona, sería uno de esos sitios perfectos para quedarse tirada por impuntual y pedir socorro. Para mi buena o mala suerte, Vargas estaba todavía cerca de aquí cuando lo llamé y venía a buscarme a la puerta del viejo galpón del siglo xviii, ubicado en el camino llamado El Polvorín, que fue el antiguo depósito para pólvora del Castillo de Monjuic. Allí donde antes se fabricaban bombas ahora se fabrican poemas que huelen, recuerdos que se saborean, oscuridades que se tocan: el castillo ha sido a través de los años punto estratégico para la defensa de la ciudad, ex prisión y paredón de los presos políticos durante el franquismo, sede de los Juegos Olímpicos del 92 y hoy uno de sus anexos alberga el centro de operaciones del Teatro de los Sentidos, el grupo dirigido por el hombre al volante que hace su aparición dentro del diminuto automóvil que trepa con dificultad la cuesta y se detiene frente a mí.

“Hola; me temo que soy un pésimo conductor”.
Alguien que te confiesa eso cuando está a punto de llevarte, a ti y a tu feto de siete meses, hacia la otra punta de la ciudad, tiene que ser una buena persona. Hay veces en que los periodistas tenemos que conducir y otras en que no tenemos más remedio que ser los copilotos. Así que me dejo llevar. Vamos hacia su casa para hacer la entrevista. Vargas en realidad conduce correctamente pero no sabe ni cuál es la Gran Vía, la columna vertebral de esta ciudad. Al fin, cuando encontramos la avenida, se relaja y deja de hablar de calles para hablar de lo que dejamos atrás, la casa del Polvorín o, mejor dicho, en catalán, la Caixa d’ Eines, la Caja de Herramientas. El nombre es una de esas metáforas que le encantan a Vargas y alude al lugar del que sacan sus instrumentos de creación. Entre esas paredes ha dictado cursos sobre el olfato, el gusto y el sentido táctil. Su teoría es que hay que acabar con la tiranía de lo visual y dejar salir la memoria del cuerpo. Moderar la intelectualización y dar paso a lo intuitivo. Y hacer hablar al silencio. La instalación plástica y la acción escénica están siempre mediadas por un lenguaje basado en lo no dicho. He ahí sus mandamientos.

Se estaciona en reversa mientras habla de la finca cafetera en la cordillera, cerca de Manizales, donde nació; de todas las veces que ha salido y entrado a Colombia, de sus estudios de antropología teatral en Michigan, del teatro callejero en Harlem, de su experiencia al lado de Peter Schuman y de esa larga temporada recolectando mitos de la Amazonía colombiana. Hace treinta años ya había fundado en la Universidad Nacional, en Bogotá, un experimento parecido al Polvorín, donde investigaba sobre las posibilidades teatrales de la sensorialidad y donde se empezó a forjar “El hilo de Ariadna”, primera parte de la trilogía Bajo el signo del laberinto, que pudo verse hace unos años en Bogotá y que ha sido un éxito en todos los lugares donde se ha presentado, pese a que estaba hecha para un público reducido, pues a la instalación entraba una persona a la vez.

Tocar
No es raro entonces que los catalanes le tocaran la puerta, ávidos como estaban de darle a la Barcelona postolímpica un nuevo empujoncito de glamour artístico y cosmopolita. Los vieron en Italia y los invitaron de inmediato a establecerse aquí. En el 2004, el Ayuntamiento de Barcelona le cedió el galpón al grupo por un plazo de veinte años para sus investigaciones sensibles. En ese entonces eran un colectivo nómada que un día estaba en Francia y otro día en Australia. Era la primera vez que el gobierno cedía un patrimonio cultural de esa importancia y los grupos locales se sintieron heridos. Los resquemores sólo se apaciguaron cuando Vargas decidió abrir la casa a otras compañías. Ahora tanto los miembros del Teatro de los Sentidos como de grupos tan importantes como La Fura dels Baus o Els Comediants comparten este espacio de descubrimiento.
La casa se abre de adentro hacia fuera y de afuera hacia dentro. Vargas me dice que poco a poco se están incorporando los barrios populares vecinos, llenos de suramericanos y gitanos, a las actividades del Polvorín por medio de dinámicas y talleres. Vargas define el Polvorín como “un contenedor de proyectos”. Si bien cada vez hay más catalanes colaborando, el grueso del Teatro de los Sentidos es internacional. Hay hasta quince nacionalidades, entre colombianos, venezolanos, chilenos, mexicanos, brasileños e italianos. Son los encargados de fundar grupos de investigación en sus propios países y también dirigen sus proyectos individuales en Barcelona. Uno de esos proyectos es el Café fatal, una catarsis de baile y bebida en torno a la risa y la muerte, que se presentará muy pronto en un bar.

Oler
Al llegar, Marta sale a su encuentro con una buena noticia. Ella, una autora de cuentos infantiles en catalán y en gallego, ha estado todo el día intentando ordenar el caos de objetos de su marido, que guarda cosas tan absurdas como un zorrillo de peluche agarrado a una pelota plástica que, se supone, debería moverse con pilas, pero que está dañado y sólo produce desconcierto.

—Creo que ese objeto no tiene sentido —le digo.
—Jajaja. Para que tenga sentido debe sentirse. Y para que tenga más sentido debe consentirse.
A partir de aquí, la entrevista se desarrollará en paralelo a los intentos de Vargas por reparar el zorrillo y justificar su sentido. Pero estábamos en que la buena noticia de Marta es que ha encontrado un lugar para sus esencias florales. Nos lleva hasta el falso espejo que se abre como una ventana y adentro vemos alineados decenas de frasquitos con nombres como mandarina, roble y albahaca. Los abre uno por uno y me los pone en la nariz. Con cada uno la sensación es profunda, antigua, evocadora, siempre diferente. Según Vargas, su esposa es capaz de contar una historia con la nariz. Desde que le enseñó sus esencias, ella se ha vuelto una especialista en aromaterapia y ha triplicado la colección. Me pone avellana en la muñeca y un poco de oliva en la barbilla.

—A mí me interesa poder contar la historia de una ciudad a través de sus olores —dice de pronto Vargas.
Le pregunto si recuerda a qué huele Bogotá.
—Bogotá huele a mierda, a fábrica, a humo, a pañales de bebé, a desayuno, a fiesta.
—Y entonces, ¿cómo contarías la historia de Bogotá?
—Con las flores de los entierros, con el aguardiente y el ron. Algo parecido al olor del bar La última lágrima, al lado del cementerio de la 26. Y con el olor a tierra que es el olor de la muerte pero también de la vida.
—Y de Barcelona...
—Con el Mediterráneo y las esencias de Marta.
El trabajo de Vargas y del Teatro de los Sentidos se hace casi siempre en la oscuridad. Según Marta, él puede moverse perfectamente en la penumbra como si tuviera lentes infrarrojos. Vargas está convencido de que podemos reconocernos por el olor, como los perros. “Cuando cambian nuestras emociones, cambia el olor: es diferente el olor de una persona tranquila que el de una inquieta, el olor de la alegría, el del sexo o el del miedo”.

Saborear
Ahora Vargas come un poco de arroz. La casa huele fuertemente a mariscos. Quiere que pruebe el arroz pero yo sólo acepto un jugo de piña. Ahora olemos, saboreamos y escuchamos un disco de Alci Acosta. Tocar es una forma de escuchar, oler es una forma de recordar, paladear es una forma de mirar. Otro de los proyectos que sale de la cantera del Polvorín es la “Bodega de los Sentidos”, una investigación en la dramaturgia del gusto. El experimento que se realiza en un restaurante caro de Barcelona consiste en invitar a los comensales a internarse en un laberinto de sabores construidos desde la memoria.

Otro ejemplo es la obra “La memoria del vino”, la última parte de la trilogía que invitaba a las personas a unirse a un carnaval en torno al vino, a pisar uvas como si estuvieran en una auténtica vendimia. El público se ponía una máscara y participaba activamente del bacanal. El eco de la sombra, que presentarán en julio en el Festival Grec, está basado en “La sombra”, un cuento de Hans Christian Andersen sobre la posibilidad de reconciliarnos con aquello de nosotros que nos avergüenza. Parte de la obra se hace en el agua. Se ha creado un recorrido acuático, un espacio onírico que el público deberá navegar en pequeños botes. Así como en “El hilo de Ariadna”, el espectador se convertía en Teseo y en Minotauro al mismo tiempo para llegar al fondo de sus laberintos interiores, aquí se propone un viaje detrás de nuestra propia sombra.

El recorrido sensorial que Vargas y el Teatro de los Sentidos propone en todas sus obras se parece peligrosamente a este paseo por la intimidad de su casa. Quizá me haya metido en uno de sus montajes y me está dirigiendo ahora mismo, sin darme cuenta. Ya no haré más preguntas. Las historias respiran por sus silencios. Eso dice. Me acompaña a la puerta y al despedirme le pregunto a qué huele él. Me contesta: “¿A qué hueles tú?” Y nadie responde. Antes de desaparecer me dice que tirará el zorrillo a la basura. .

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