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| 10/28/2006 12:00:00 AM

África en Colombia

Traídos a la fuerza, miles de africanos llegaron a la Nueva Granada. Portaban memorias de libertad, música, y símbolos que formaron el ser colombiano.

África en Colombia África en Colombia
A comienzos de septiembre de 2006, en Cauca, un pelotón del Ejército fue herido en un campo minado. Pensé que una de las víctimas, José Lucumí Carabalí, sería de Puerto Tejada o sus alrededores. También imaginé que su familia paterna provendría de Nigeria, Benín o Togo, donde los europeos capturaron a quienes así mismo se les llama Yoruba. Los embarcaron entre 1704 y 1713, con todo y su panteón de 'Orichas', deidades de la vitalidad que moldearon los ritos y los altares fúnebres de Afrocolombia.

Por el lado materno, José Lucumí Carabalí descendería de los Igbo, capturados en grandes números entre 1704 y 1740. Lo deduzco leyendo el libro Brujería y Reconstrucción de Identidades entre los Africanos y sus descendientes en la Nueva Granada, siglo XVII, de la historiadora colombiana Adriana Maya, especializada en temas afroamericanos.

Ella enseña que para deportarlos, los europeos bautizaban a los cautivos nombrándolos con sitio de embarque, como Carabalí, que viene de Calabar, un río entre Nigeria y Camerún.

Puerto Tejada está en la zona plana del norte de Cauca, única región donde se mantienen los nombres africanos como el de la gente Zape, deportada entre 1533 y 1580, junto con la Balanta, Berbesí, Biáfara, Bran y Serere, de la franja que se extiende desde Guinea Bisseau hasta Sierra Leona.

Por esa época llegaron los Yolofo y los Mandinga de Senegal y Malí, quienes desde el siglo XII eran musulmanes, letrados, recitadores del Corán, quizás educadores de aquellos españoles analfabetos que los trajeron como parte de sus menajes domésticos.

Entonces también arribaban los Bijago, de las islas frente a Guinea Bisseau. Navegantes aguerridos, se sublevaron tan pronto descendieron de los navíos, hicieron palenques, reclutaron a otros inconformes y hasta finales del siglo XVIII libraron rebeliones que propagaron por los valles del Cauca, Magdalena y el litoral Pacífico.

Por Puerto Tejada, uno puede hallarse ante una Mercedes Angola Congo, testigo del arribo de gente Ánzico, Kongo, Manicongo y Ngola, todos miembros de la familia lingüística bantú de la cuenca del río Congo, los cautivos más numerosos de la trata. Preponderaron desde 1580 hasta 1640, cuando los españoles se valieron de sus conocimientos acerca del bosque superhúmedo para penetrar las selvas del bajo Cauca y del Pacífico. Se habían formado en el Muntu, la filosofía que teje a los humanos con la naturaleza y sus antepasados.

Esa cosmología también les perteneció a los africanos desembarcados desde 1640 hasta 1703. Los llamaban Mina y eran de Ghana y Costa de Marfil. Miembros de la familia lingüística Akán, incluidos a los Ashanti, Fanti, Baulé, Arará, Ewé y Fon, los trasladaron desde el castillo de El Mina, en Benín, hacia el Caribe insular, lo cual explica su notable influencia en San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Luego de ser reenviados a Cartagena, les dieron vida a los distritos auríferos de Barbacoas, Citará y Nóvita, gracias a los conocimientos que traían sobre la manipulación del oro.

De las memorias africanas uno piensa en la música, que dentro del Muntu es el lenguaje de la verdad y activa el vínculo de la gente con la naturaleza y el pasado. El lingüista Carlos Patiño Rosselli añade que el sentido de los idiomas de África occidental y central depende de los tonos de voz, los cuales, a su vez, se pueden traducir en toques de tambor, el aglutinador por excelencia de los africanos y sus descendientes.

Los legados bantúes y akanes aportaron a la sostenibilidad ambiental mediante las 'zoteas' chocoanas, los 'potrillos' de Nariño o las 'paliaderas' del Caribe: en canoas colocan tierra de hormiguero, yerbas medicinales y semillas pertenecientes a quienes se saben preñadas, para que planta y barriga crezcan al unísono.

Cuando esas madres alumbran, hacen como las bantúes y las akanes: cavan un hoyo y junto con la palmita que nació en la 'zotea', entierran la placenta dentro de la que venía el nene o la nenita. De ahí en adelante le enseñan a llamar "mi ombligo" a ese otro ser vegetal que se desarrolla con él o ella. Esta hermandad inhibe las agresiones contra la naturaleza.

Volviendo sobre el herido José, con el arribo de sus antepasados Lucumí y Carabalí decayó la trata por Cartagena. Popayán surgió como polo distribuidor de criollos nacidos en finquitas sobre la margen derecha del río Cauca, las cuales, desde 1780, cultivaban con el visto bueno de los amos. Los nacimientos aumentaron de tal forma, que el historiador Germán Colmenares consideró que allá los blancos habían establecido "criaderos de esclavos".

Para expertos, como Nicolás del Castillo, por el contrabando, siempre ha sido un dolor de cabeza contar a los cautivos. En la tabla vemos cómo se triplican las cifras oficiales de 1580 a 1640. Además, se ve cómo los años de las licencias dan vía a los de los asientos o contratos para que, cada año, empresas licitantes de diferentes países suministraran cantidades específicas de 'piezas de Indias'. Además del cimarronaje, aparecen otras formas de resistencia que originaron aquellas culturas 'afroneograndinas' que cimentaron la Colonia y la República y hoy le dan sentido a buena parte de nuestra identidad.

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