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| 4/13/2003 12:00:00 AM

Aves de rapiña

Al acabarse la campaña militar en Irak empieza la pugna por el millonario botín: el petróleo y los contratos de reconstrucción, ¿Se quedará Estados Unidos con todo?

Todo parece indicar que antes de que queden eliminados los últimos focos de resistencia iraquí el país será escenario de una nueva confrontación. En efecto, desde la semana pasada comenzaron a lanzarse los primeros torpedos verbales y diplomáticos de lo que promete ser un encarnizado enfrentamiento por los millonarios negocios de la era posHussein.

La pelea más dura tendrá que ver con la explotación del petróleo de Irak, que posee la segunda reserva más grande del mundo después de Arabia Saudita. Desde la semana pasada los gobiernos de Francia y Rusia se mostraron decididos a impedir que el gobierno estadounidense se quede con todo el pastel. Ambas naciones, que se opusieron a la incursión armada sin autorización del Consejo de Seguridad, son grandes acreedoras del moribundo gobierno de Saddam y sus respectivas firmas petroleras, TotalFinalElf y Lukoil, tienen contratos de explotación que debían entrar en vigencia una vez se levantaran las sanciones económicas. Ambos países temen que sus intereses económicos se vean afectados por la caída de Bagdad y la imposición de cualquier modelo de gobierno interino (ver artículo p. 34). Tal gobierno podría ordenar la privatización del sector y otorgar los contratos a otras compañías, con seguridad estadounidenses.

Por eso el martes pasado la petrolera Lukoil advirtió que entablaría una demanda en caso de que se violara el contrato de explotación del gigantesco pozo de Kurna y que incluso pediría un embargo de los barcos petroleros iraquíes. Thierry Desmarest, gerente general de la francesa TotalFinalElf, se pronunció con la misma determinación. En caso de que los contratos fueran incumplidos Francia y Rusia podrían demandar ante la Corte de La Haya y esto podría entorpecer el negocio de explotación.

No obstante este pulso no será nada fácil. En Estados Unidos existe mucho resentimiento con Francia por su oposición a la guerra y algunos analistas prevén que sus firmas perderán las licitaciones por cuenta de ello. Varios editoriales de la prensa estadounidense se quejaban de que el país galo hubiera abandonado a Estados Unidos en el Consejo de Seguridad y que ahora quiera "ayudar": "Ahora que nuestras fuerzas están comprometidas y nuestros jóvenes hombres y mujeres han derramado sangre en la arena los franceses quieren que nos besemos y nos abracemos", decía con sarcasmo el Salina Journal. En efecto, el viernes pasado la asesora de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, hacía eco de la indignación al asegurar que: "Sólo las naciones que derramaron vidas y sangre para liberar Irak tomarán la delantera en la reconstrucción del país".

Según comentó a SEMANA Michael Renner, analista del World Watch Institute, lo más probable es que las compañías de Estados Unidos y Gran Bretaña, que llevan 31 años por fuera de Irak por cuenta de la nacionalización del petróleo de 1972, quieran tomar la mayor tajada. Renner explica que desde hacía varios años Estados Unidos se había propuesto el imperativo estratégico de no depender de terceros para su suministro petrolero, pero a pesar de las investigaciones en energías alternativas el ritmo de consumo de crudo no ha hecho más que subir. Durante los 70 y 80 Estados Unidos gastaba un tercio del petróleo consumido en el mundo. Hoy en día el porcentaje es de la mitad del consumo global y se estima que en las próximas décadas requiera de dos terceras partes. Por eso para la potencia era clave tener un gobierno amigo en Irak que le retribuyera con contratos petroleros y bajos precios el esfuerzo de "liberación". Se calcula que dentro de siete años Irak estará en capacidad de producir 10 millones de barriles diarios, que se traducirán en un poderío que le dará a Estados Unidos más fuerza de negociación con Arabia Saudita y la Opep.

Sin embargo Washington ha dicho en varias oportunidades que la guerra no tiene por objeto controlar el petróleo. La semana pasada, en una rueda de prensa conjunta el primer ministro británico Tony Blair y el presidente estadounidense George W. Bush reiteraron la promesa de que el dinero del petróleo sería para los iraquíes. "El petróleo y los recursos naturales son patrimonio del pueblo de Irak y deben ser usados en su beneficio", aseguraron. Pero esta promesa no impedirá que el petróleo sea privatizado y que firmas estadounidenses y británicas hagan buenas ganancias en el proceso de reconstrucción y ayuda al pueblo iraquí.

Por otro lado, el imperativo de reconstrucción puede ir en contravía con la necesidad de que Estados Unidos lidere el posconflicto sin ayuda extranjera. Pues es probable que las primeras ganancias del lento despegue de la golpeada industria petrolera iraquí no den para pagar a tiempo la urgente reconstrucción y la crisis humanitaria, que según la revista The Economist requeriría de 100.000 millones a 200.000 millones de dólares en el corto plazo.

Es claro que Washington necesita la ayuda financiera de otros países para la reconstrucción. De ahí puede venir el llamado hecho la semana pasada por el secretario de Estado, Colin Powell, para que la ONU desempeñe un papel en el Irak liberado. Por demás, la idea de que sea la ONU la que administre la era posHussein les suena muy bien a los países que, como Francia y Rusia, tienen intereses económicos en riesgo. Por eso el ministro de Relaciones Exteriores ruso, Igor Ivanov, declaró que "la única organización que debe dempeñar un papel central es las Naciones Unidas".

Pero el control de la ONU no le gusta tanto al secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, ni a los neoconservadores cercanos a Bush como Paul Wolfowitz, quien contradijo a Powell al declarar que no era deseable una administración larga de la ONU, como la de Kosovo, en Irak. Wolfowitz y Rumsfeld creen que el mejor plan posHussein sería una administración de exiliados títeres. Este modelo permitiría entregar los contratos mucho más rápido a las firmas de la coalición. Por ello lo más probable es que Estados Unidos limite el papel de la ONU y que la ayuda extranjera tienda a provenir de firmas de gobiernos amigos, como Gran Bretaña, Australia y España, que ya adelantaron un par de negociaciones diplomáticas con ese fin.

Para la muestra está la manera unilateral como se dieron los primeros contratos de reconstrucción a compañías estadounidenses vinculadas con altos mandos del Pentágono o del Departamento de Estado.

Así, CorpWatch denunció que, antes de que se iniciara la guerra, jugosos contratos para montar los campamentos militares en el Golfo Pérsico y para apagar los incendios de pozos petroleros alcanzados por misiles iraquíes en Kuwait fueron entregados a Kellog Brown and Root (KBR). Se trata de una filial de la firma Halliburton, cuya presidencia estuvo a cargo del vicepresidente estadounidense, Dick Cheney, hasta que renunció para lanzarse de fórmula de Bush, y de la cual él sigue recibiendo una compensación de más de un millón de dólares anuales. Las denuncias por conflicto de intereses y tráfico de influencias no se han hecho esperar ya que, además, el contrato fue entregado sin licitación y la firma está siendo investigada por malos manejos contables.

El caso de Halliburton no es el único. La semana pasada estalló un escándalo porque la Agencia Federal para el Desarrollo Internacional (Usaid) empezó a entregar los primeros ocho contratos por 1.900 millones de dólares para la reconstrucción física de Irak en una licitación secreta a la que sólo dejó entrar a un puñado de firmas estadounidenses que donaron grandes cantidades de dinero a las campañas electorales del partido republicano. Entre las firmas que compiten por administrar un paquete sólo comparable con el Plan Marshall de la Segunda Guerra Mundial figuran los nombres de gigantes como Stevedoring, que ya ganó un contrato por 4,8 millones de dólares para reconstruir el puerto de UmQsar, e International Resources Group, que obtuvo uno de siete millones de dólares para poner a funcionar un programa de asistencia humanitaria. Otras compañías que contribuyeron a la campaña presidencial de Bush que siguen compitiendo por los contratos, como Bechtel Group, Fluor Corp, Louis Berger Group y Parsons, han tenido que responder a duras acusaciones de que quieren lucrarse con los "despojos de la guerra".

Jonathan Marshall, director de relaciones mediáticas de Bechtel (empresa que en estos días tuvo que vérselas con un grupo de pacifistas encadenados a sus oficinas), explicó a SEMANA que Betchel, al igual que las otras firmas en consideración para los contratos de Usaid, tendría que reconstruir escuelas, hospitales, sistemas de irrigación e infraestructura civil. "Creemos que este trabajo es de naturaleza fundamentalmente humanitaria y debería ser bienvenido incluso por los que protestaron contra la guerra", aseguró.

Pero, aunque algunos negocios tengan un fin humanitario, hay tanto dinero en juego que lo más probable es que la siguiente batalla dentro del Consejo de Seguridad de la ONU tenga que ver con la reconstrucción y la administración petrolera de Irak. Y de nuevo, podría repetirse la historia de que al final Estados Unidos decida unilateralmente qué hacer con las riquezas.

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