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| 6/24/2006 12:00:00 AM

Colcha de imaginarios

Como retazos de una gran amalgama, los íconos aparecieron en la historia como productos del discurso de poder y de los ideales comunes.

Colcha de imaginarios Colcha de imaginarios
Colombia, país de regiones, país pluricultural y hasta país de países. Así dicen algunos al explicar las contrastes entre los colombianos. Diferencias unidas en una gran colcha institucionalmente llamada Colombia y en la que los símbolos cumplen el papel de hilos conectores. SEMANA quiso indagar por esos hilos del pasado que tuvieron la capacidad de trascender la difícil geografía, los escasos medios de comunicación y las múltiples culturas.

Desde esta perspectiva, los primeros en aparecer durante la conquista española fueron la cruz y la espada. La primera, como símbolo del cristianismo y llevada por un monje que quería sacar del limbo a América. Y la segunda, en manos del conquistador que pretendía ejercer dominio y poder con la rigidez del hierro. Estos se incorporaron a la fuerza en la cotidianidad indígena, quienes acoplaron las nuevas creencias impuestas con las suyas. De ahí que la luz del sol tenga su representación en los altares de las iglesias católicas y que templos bogotanos, como el de Santa Clara y La Candelaria, cuenten con murales indígenas donde se representan la naturaleza, sus frutos y sus astros, merecedores de alabanzas a la par que las figuras impuestas.

En este proceso, más de adaptación que de imposición de referentes, la Virgen María es el ícono más importante por su aceptación por parte de los indígenas, al lado de las estatuillas de diosas como Bachué, entre las que los nativos encontraban coincidencias. Prueba de esta devoción generalizada en el Reino de Nueva Granada son las estampitas, joyas y medallas marianas, que eran heredadas por los indígenas en sus testamentos. De las advocaciones de la Virgen, la que mayor aceptación tuvo fue Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá como Virgen propia de los neogranadinos, de la que se encontraron reproducciones en distantes regiones y a la que los chibchas del altiplano cundiboyacense hacían peregrinaciones similares a las romerías españolas, pero también a las que sus antecesores hacían al Templo del Sol en Sogamoso y a las casas sagradas de Bachué y su esposo en Iguaque, Boyacá.

En ese momento predominaba lo religioso, dada la influencia hispánica en plena contrarreforma. De ahí que los neogranadinos le dieran mucha importancia a la posibilidad de tener un santo propio. Así que tuvieron candidatas, como las monjas Francisca del niño Jesús y Gertrudis de Santa Inés, a quienes atribuían visiones y milagros y que tuvieron entierros simbólicos en diferentes regiones del país, según el historiador Jaime Borja.

En otros ámbitos, en la época de la Colonia, el poder y la soberanía del Rey eran representados por el símbolo del pendón real. De la misma manera, las ciudades eran reconocidas cuando el Rey les otorgaba su escudo de armas, tal como lo hizo Carlos V con Cartagena, Cali, Pamplona, etc.

La dependencia del Rey también se evidenciaba en componentes urbanos como "el rollo", que era un poste de madera o de piedra clavado en un costado de la plaza mayor, y que simbolizaba al Rey, quien derivaba su poder de Dios y debía ejercer justicia, por esto, ahí amarraban a los que serían ejecutados. Se destacan otros elementos como el campanario que, además de llamar a misa, avisaba la hora y con esto marcaba el vivir en civilización; la fuente, que habla de la naturaleza domesticada, y la traza de las ciudades con calles de 8 varas de ancho y manzanas de 100 varas, patrón que se repetía desde la ciudad de Los Ángeles, en Estados Unidos, hasta Argentina.

Todos estos símbolos se fortalecían con su respectivo ritual, como las fiestas reconocidas por el Vaticano y las relacionadas con el Rey, que cambiaban con un nuevo monarca y que hacían mención a la fecha de su cumpleaños, lutos, triunfos y derrotas.

Discurso republicano

Ningún otro momento histórico tuvo una carga simbólica tan evidente como la conformación de la República que, como afirma el historiador Fabio Zambrano, era necesaria para "dar una identidad a la nación en medio de su heterogeneidad" y que enmarcara la población bajo una misma visión, concentrada más en un futuro que un pasado ancestral. Momento en el que aparecen los símbolos patrios, las fiestas nacionales y toman fuerza las figuras de los próceres como leyendas nacionales, cuyas figuras adornan las calles en forma de estatuas que sólo eran comunes en las iglesias. De la misma manera que en la Colonia, la ciudad adopta un sentido semiótico, pues las calles llevan los nombres de las principales batallas por la independencia, de modo que al caminar una ciudad se camina también todo el mapa nacional.

Un referente importante es el ritual de siembra del árbol de la libertad que se realizó en varias ciudades, como lo destaca en su texto La Danza de los Símbolos, el historiador Jorge Echeverri González: "En los albores de nuestra Independencia, cuando el ciudadano presidente Antonio Nariño, el 29 de abril de 1813 quiso realizar la fiesta de la libertad y crear un símbolo que concitara la armonía nacional… invitó a los santafereños a sembrar el árbol de la libertad: un arrayán de cinco varas de alto". Dicho protocolo proviene de la Revolución Francesa y hacía alusión a que las ramas se extenderán sobre lo mejor del pasado, cubrirán el presente y abonarán el futuro.

Otro símbolo reconocido fue el de la india de la Libertad, con el cabello suelto, una corona de plumas y un arco, difundida principalmente en la pintura Simón Bolívar, libertador y padre de la Patria, hoy conocida como Bolívar y la alegoría de América. Que según el académico Juan Ricardo Rey Márquez, también fue representada en otras ocasiones como en un escudo provisional de Venezuela en 1811, en un sello de la provincia de Cartagena en 1812 y en la Espada del Perú, que le regaló la municipalidad de Lima a Simón Bolívar. Aunque no se ha determinado de dónde proviene la adopción de esta figura, las hipótesis apuntan a que también es un emblema prestado de Europa, pues su primera aparición se remite al libro italiano Iconología de 1593, bajo el nombre La alegoría de América, descrita como una de las cuatro esquinas del mundo. La figura de la "alegoría a la libertad" circuló en la moneda hasta 1821, pero empezó a ser reemplazada por "la efigie de una mujer europea con el cabello recogido por un ínfula con el mote 'libertad'".

Libertad que se vería cada vez más amenazada con las guerras que fortalecieron a los emergentes partidos, liberal y conservador, donde el rojo y el azul estaban presentes en cintas y banderas. En la guerra también aparecieron las figuras religiosas, las medallas del Cristo Rey en el sombrero de los conservadores y bandera de la Virgen del Perpetuo Socorro, acorde con la consigna: "matar un liberal es el camino más corto para llegar al cielo".

Mientras se decidía en la guerra el sistema de gobierno más indicado para el nuevo país, los colombianos veían en la internacionalización la mejor opción económica. Así que intentaron con el caucho, la quina y el tabaco, hasta que encontraron el café, producto que podría alcanzar el precio en el mercado internacional que justificara los elevados costos del trasporte, con una difícil geografía que en ese momento sólo podía ser desafiada por las mulas y su respectivo arriero, lo que convirtió a estos personajes en figuras del desarrollo económico que se buscaba.

Todos estos símbolos, más los presentados en esta edición especial, remiten a una Nación en formación, en búsqueda de una unidad que le diera una verdadera identidad a esta gran colcha.

* Periodista de SEMANA

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